Salir a caminar y sentir la sensación
de que la marea está alta. De que puede arrastrarte hacia cualquier lado. Una
secreta oscuridad que habita los suelos, pestilentes sonidos de corrientes
viscosas. Anguilas, perros famélicos, lombrices fluorescentes.
Marcianos, fantasmas, monstruos,
lobos, hienas, panteras. Muerte, desolación, abandono. Indolencia. Se aproximan
huracanes de malevolencia infame. Observad los zombis, observad cómo se
arrastran de manera calamitosa.
En la fila del pago fácil verás
gente queriendo pagar y otros queriendo molestar-te.
Un pelotudo sin barbijo buscará
tu compasión en el cajero automático, pretendiendo que entiendas vaya a saberse
qué circunstancia, como si vos no tuvieras la propia, como si en tu vida todo
fuese color de rosa.
La marea está en sentir que no
hacés pie, que la angustia es más fuerte porque falta la palabra y sobra la
prepotencia, que te lleva a agarrártela con el más débil, con la pobre cajera
de supermercado. Y el viejo delirante, quejándose de la osadía o burocracia
ajena, hará gala de su misoginia a la vez que irrespetará el distanciamiento
social, caminando de acá para allá como un boludo.
Por suerte, la palabra, la voz,
entremeterá entre tanta estulticia algo de desasimiento. Algo de falta, de
carencia de ser, de entusiasmo y de ganas de seguir hacia delante.
No, prefiero no entrar al mundo “de
nueve a dieciocho”. Prefiero el no saber, la apuesta, el sabor del deseo, de
una vida atravesada por el amor al arte, por la pasión de crear. Más allá de
los estancos casilleros con los que el poder disciplinario busca
permanentemente succionar nuestra energía vital.
Hay cosas que el dinero no puede
comprar. Hay momentos, situaciones, actividades, encuentros y cosas cuyo valor
es inconmensurable. No tienen precio económico. No pueden ser nominalísticamente
absorbidas por la máquina de hacer pobres. No sólo pobres de bienes, sino
pobres de espíritu, que los hay en todas las clases sociales.

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