El cuerpo del Negrito Miguel fue hallado muerto y
empalado con una zanahoria en las inmediaciones de la Villa Carlos Gardel.
Aparentemente, el guacho se había metido con el capo de la barra de Almagro y
los secuaces de este acometieron la vindicta sin miramientos y con saña. Su
madre reconoció al joven desfigurado en la morgue del Hospital Posadas, entre
llantos desconsolados y gritos desesperados que reclamaban justicia. Sin
embargo, en el barrio se sabía que, ante este tipo de situaciones, de nada
servía apelar a la cana y tratar de hacer las cosas “por derecha”. Entonces, la
tía de Miguel, Doña Anselma, mandó un par de mensajes de voz vía WhatsApp a Tulio, referente de la
1-11-14 en materia de venganzas, ya que era obvio que los pibes de la Charly Gardel no iban a querer meterse
en quilombos con la banda del Fuerte Apache, zona picante en la que paraba Francisco
alias Pancho, líder de la hinchada del
club de José Ingenieros y responsable directo de la muerte de su sobrino, el Negrito.
Tulio se había sumado
en el 98 a la hinchada de San Lorenzo, aunque la gente del barrio decía que
hasta el 95 había sido hincha de Boca, cosa que nunca se constató. El rumor
afirmaba que el tipo había visto la veta para hacer chanchullos en el Club de
Boedo alojado desde mediados de los noventa en el Bajo Flores y que, entonces, fue
arrimando el bochín hasta hacerse bastante conocido en la popular azulgrana,
llegando a ser considerado un fiel exponente de los muchachos de la Plaza
Butteler.
De rasgos norteños,
intenso pelo azabache y petiso, Tulito
(como le decían los de máxima confianza) era bravío y calentón. Todavía algunos
se acuerdan de la noche en la que, en “El Reventón” del barrio de Once, encaró fiero
hacia cinco pendejos de la Plaza José C. Paz (la barra de Huracán) que andaban
de “porongas” con vestimenta del club y de cómo trompeó lindo a los guachines,
haciéndolos correr hasta la mitad de la Plaza Miserere, desde donde empezaron a
tirarle piedras. Tulito guarda hasta
el día de hoy una campera quemera como trofeo del combate.
La mañana que Tulio
recibió los mensajes de Doña Anselma, estaba jugando al billar con los
muchachos en un tugurio de malísima muerte sobre la Avenida Perito Moreno. El
olor del moscato y del humo de habano de poca calidad, impregnaba al ambiente de
una atmósfera turbia que, junto al ruido del cuarteto cordobés y de las bolas
chocando entre sí, ofrecía al transeúnte ocasional un espectáculo decadente
pero gracioso al mismo tiempo.
Justo terminaba de
mear, ya se había lavado las manos y no terminaba de secárselas, cuando sonó su
celular repetidas veces. “¿Y ahora qué carajos pasó?”, se preguntó en ese
momento. Agarró el teléfono y vio que era la tía del Negrito Miguel. Caminó hasta su mesa y remató lo poco de moscato que
había en el vaso. Tomó un pucho del paquete del Tomate Raúl y salió a la vereda. Mientras encendía el cigarrillo le
dio play a los audios de Anselma.
“Muchachos, vamos a
tener que hacer un laburito”, les dijo a los tres hombres que estaban en el
bolichito con él, al terminar de escuchar los WhatsApp y de fumarse el cigarro. “Hay una gente de Ciudadela que
se metió con alguien cercano a la familia y eso no se puede permitir”,
concluyó. Los demás, que lo miraban atentamente sin decir nada, se miraron entre
sí intrigados. Pero ninguno se atrevió a preguntar nada y Tomate, haciéndose el portavoz del trío, respondió con firmeza: “De
una, Tulito. Como vos digas”.
Esa misma noche, Tulio,
Raúl, El loco Pérez y Martín alias Buitre se juntaron con la parte de la
barrabrava de San Lorenzo con la que había más cercanía y afinidad, ya que Tulito no le caía bien a toda la
Butteler (o “La Gloriosa”, como también se la conocía). Muchos pensaban que era
un simple mercenario que se había metido en la hinchada solamente para hacer
negocios varios, sacar tajada y que le importaban muy poco los colores del
club. Se convocaron en un Bar de Pompeya, zona quemera, pero en la que igualmente
paraban muchos cuervos.
“El fin de semana que
viene, Almagro juega un amistoso con Deportivo Español en la cancha de estos.
Tenemos que aprovechar ya que va a haber público visitante”, empezó proponiendo
Tulio al resto de los tipos que lo escuchaban en silencio. “Vos, Loco, tenés un par de conocidos ahí en el
Español. Así que vas a tener que charlar con los pibes para que estén al tanto
de la emboscada y pedirles, de paso, que nos brinden una mano.” Si pretendían
emboscar a la barra de Almagro, por más que la hinchada de San Lorenzo fuese
más grande, como estaba divida entre los que apoyaban a Tulio y los que no, iba
a costar mover tanta gente.
“Disculpame, Tulio”, dijo por lo bajo el Buitre. “Pero, ¿te parece armar tanto quilombo por un problema personal tuyo? Al resto de la hinchada esto no le va a gustar un carajo y vamos a tener problemas entre nosotros”. Lo que Martín no sabía era que, en el fondo, ese el verdadero objetivo de Tulio. Dividir la hinchada para hacerse con el poder, después de correr a los que mandaban ahora. Esta movida iba a ser una muestra de aguante para el resto de la Butteler. Y también para las otras hinchadas. La Doce, Los borrachos del tablón y la Guardia imperial, entre otras, iban a ver que los “Santos de Boedo” se estaban volviendo más picantes que nunca. Esa renovada fama peligrosa, también iba a traer aparejadas nuevas encomiendas por parte, por ejemplo, de algún que otro político necesitado de matones que aprieten al que fuere o de sindicalistas que necesitaran dar pruebas de poderío dentro de su propio gremio.
(CONTINUARÁ...)
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