Estrellas procaces inundan
tu habitación Un hacinamiento de
recónditas especulaciones La marabunta mecánica
salpica viento gris Y verdes mariposas gimen
extasiadas por doquier En bucle se repite la
repetida repetición repetitiva Repetidora cancelación de
acciones y contrastes En los efluvios de una
exacción caníbal Vuelves a maravillarte de
la precocidad naciente
Médanos citadinos se
confunden con ramblas Y el cielo-mar de helicópteros
azules lanza sonidos Furiosos petardos truenan la
conciencia como una radio Que no para de sonar de
madrugada: la fiesta empezó Ahora irás nuevamente a caer
contra el techo Y a caminar de costado cual
cangrejo de río Te crees inteligente por
pensar la sombra Pero es más bien la sombra
la que te duerme
La chica desnuda de cinco piernas y tres senos
Muestra toda su aterciopelada boca de robot
NO LE TEMEMOS A LOS INFORTUNIOS
Mas, la virtud, hace tiempo que anochece lejos de aquí
Quisieras que
todo terminara o empezara
Tal vez no
eres más que un futuro inacabado
¿Por qué esperar
sentado cuando en realidad
no existe nada como el firmamento?
Ese maldito
ventilador de carne
Escupe hielo
rojizo de madera opaca
Y sigues
caminando, expectante
La última vez
que nos fuimos al bar
La candela de
alucinaciones
Nos hizo ver
cosas que…
Cosas que tú
ya sabes
Métete la
pluma en el pecho Arrógate el
derecho a callar Ni animales
ni cenizas pueden Sentir piedad
de tanta torpeza ALGO SUSPIRÓ
EN TU HOMBRO DERECHO
Sinopsis:
Secuencia de 4 escenas en donde se producen diferentes cuestiones ligadas al
sexo, al misterio, a la delincuencia.
ESCENA 1
Una
bella casa de barrio residencial con bajas luces desde afuera. Es de noche,
casi no pasan autos (Cambio de plano).
Un chico y una chica teniendo sexo con entusiasmo juvenil en el sillón de un
living. Ambos con los ojos cerrados. Suena Spinetta
de fondo. Acaban.
La
chica se prende un cigarrillo. Se levanta cubriéndose los pechos con su remera.
Abajo no tiene nada, pero la cámara la enfoca de espaldas. El chico revisa el
celular. Se muestra preocupado. Finalmente suena el teléfono. Atiende. (Frena la música).
-¿Qué
pasa, Turco? (silencio). No, yo no
tengo ningún documento. Nunca fue mía esa moto. No sé de qué carajo me estás
hablando (le corta).
La
chica aparece vestida. Se sienta al lado de él con una taza en la mano. No lo
mira, clava su mirada en la silente televisión (están dando “Peter Capusoto y sus videos”). El chico va al baño, se
oye que tira la cadena, pero la cámara continúa enfocando la mirada de la chica
sobre la tevé, al ritmo de un café. Pasa un perro pero se oye el maullido de un
gato. Un plano instantáneo sobre sus ojos. Otro plano instantáneo sobre su boca,
tomando.
Al
regresar el muchacho, inesperadamente, le da un golpe de revés en el rostro,
ella cae al piso. Esta vez pasa un gato tricolor. Fin de la escena.
ESCENA 2
Campo.
Dos jóvenes ensangrentados caminan por el borde de una ruta. Mucho sol, calor. Cada
tanto tropiezan y miran hacia atrás, en busca de algún trashumante ocasional
que se digne a recogerlos. La cámara enfoca la llanura, el cielo, realiza el
plano de un ave ocasional que se retira. Chimangos.
Finalmente
un auto frena para levantarlos, pero justo uno de los caminantes se desmaya.
-Pibe,
¿qué te pasa? – pregunta el señor del auto, al bajar. - ¿Estás bien?
Los
muchachos no responden. Tratan de subir al auto como pueden. Lo logran.
Una
vez en el auto, van en el más absoluto silencio, pese a los esfuerzos del
conductor por lograr que digan algo. No hablan. El conductor los mira por el
espejo retrovisor. Se oye que uno dice:
“Piazzola en la ruta de los anodinos.”
Sucede
algo totalmente inesperado. Se cruza un hombre disfrazado de tanguero con una
copa de vino en medio de la ruta. El chofer clava los frenos. ¿Qué hace ahí?
¿Qué sucede?
Escena 3
-No,
Turco. No sé… ¿Para qué vas a venir hasta acá? La agonía de los rechazados tiene
un exceso que regresa como tempestad.
El
muchacho camina de aquí para allá, cabizbajo. Saca un arma de un cajón, chequea
que esté cargada. Se sienta en la cama. Mira para todos lados. La música marca
un descenso, rítmico, sufriente. Es lo que se dice música contemporánea. Es una
escena oscura, casi imposible de ser vista. Hay sonidos raros, antinaturales. Murmullos.
Suena
el teléfono, una vez más. El muchacho duda si atender o no. Es el Turco, quien
deja un mensaje en el contestador:
“Mirá pendejo. O te dejás de joder y me traés
los documentos, o sos boleta. Las cosas se están poniendo cada vez más pesadas
para vos. La piba te mandó al frente. El cuervo es el 1. El ciervo es el 3. Vos…
sos el CERO.”
Silencio absoluto.
Regresa
la música al cortometraje. Esta vez, suena Ac/
Dc.El muchacho enfurecido pone su
pistola en la cintura. La cámara lo enfoca desde afuera, saliendo del caserón. Es
el anaranjado atardecer de un barrio como Haedo. Pájaros volando
desordenadamente. ¿Hacia dónde van? ¿De qué se trata todo esto?
Escena 4
Los
muchachos de la ruta manejan el auto. El chofer yace muerto en el asiento de
atrás. En el asiento del acompañante va el tanguero, que ahora fuma una pipa. Persiguen
una moto donde va el protagonista, que escapa. Mucho juego de luces ciudadanas.
Por momento aparece el rostro del Turco, desde un plano mucho más cercano y
onírico. Su cara es demoníaca.
El
cortometraje finaliza con un accidente de tránsito donde el muchacho de la moto
se ha estrellado contra un árbol.
La
última imagen es la chica desnuda en una cama semi-tapada con sábanas blancas y
un ventanal de cortinas claras que se balancean al ritmo de una suave brisa. Luz
tenue. Un piano sutil adorna la situación. La cámara la enfoca desde dos
ángulos. El segundo enfoque, en movimiento, recorre su cuerpo entero.
“La primera vez
que me tocaron el culo, dice la señora de la Heladería, fue un cura a los trece
años cuando me confesaba”
Ramos Mejía, Ramón
gemía de goce pedófilo, colegios parroquiales donde el vampirismo intelectual converge con la más impúdica sed de masturbación
Ascetismos diversos
de garcas hijos de puta, que solo buscan el éxito de su basura fortuita
Van buscando
cuerpos donde eyacular sus ideas de congelamiento, para que no renazcas,
pregonan que no hay más que una realidad y que ésta es aquella en la que todos
debemos caer
Toda alternativa
es un desvarío, un delirio, una locura. Hay que matar-encerrar-violar-torturar
lo diferente, lo que no cierra, lo que no encaja, al varón sin auto, a la mina
sin tetas, al hombre sin razón, a la vieja sin dinero, al enfermo del pulmón,
al rengo tuerto muerto, a los niños cadavéricos que piden moneditas y que
oxidados caminan cabizbajos, ninguneados por la tropa del Head and shouders y de la Prestobarba excel
“Niñes
rubiecitos de la manito con otros rubiecitos van juntitos al colegio high”,
desde donde aprenden a someter plebeyos, lacayos, donde se les enseñará que
ellos son LOS AMOS DEL FUTURO, que nacieron para mandar, que TODO EN ESTE PAÍS
DESDE SUBORDINARSEa sus demandas,
caprichos y satisfacción narcisista.
Cuál es su
tropa?
Sus soldaditos
son el kioskero gusano que ama Europa, el cerrajero torturador que te mata por
$200 y el hijo que maneja como mucho tres neuronas, y que van de la mano con el
peluquero nazi que si te descuidas te corta las bolas porque él atiende
solamente a gente de bien, con la administradora a la que el portero le soba
bien el orto y que va malcogida por el mundo llevándose por delante cuanta
escoria se le cruce en el camino de su goce egocéntrico… porque ella siente que
es una versión barrial de Susana Giménez y que se merece el trato de una diva
total.
Dónde circulan
las energías del terror?
En panaderías deluxe donde juntarse a tomar el te y
tragar lechita, para que luego de salir del BASTARD FUCKS o Starbucks, ir todos
juntos al Murder King o Burger King para
que nos piquen el seso, y pasar por DIM -que en ingles significa oscuro- y que es
un centro que negocia, bolsillea, transa con tu Salud, imbécil,
te verás caer desde el
precipicio de la zona negra, entregándole el culo a los tarifazos…
porque en el mundo del
neoliberalismo macrista atroz, todos somos hormigas a ser aplastadas
“Los ojos de Santiago se hicieron pura presencia a nuestro
alrededor, como tema de conversación, como impulso para salir a las calles,
como grito de reclamo, como búsqueda de una verdad lejana, oculta entre sombras.”
Revista Sudestada, N°
150
"Pasear
por la calle con ojos que observan la ignominia, es importante e indespensable,
en la medida que estos ojos causan miedo. Los ojos no hablan pero miran, no
cantan tampoco. Miran el horror y causan miedo al horror."
LEO FERRÉ. 16 de Mayo de 1990
“Cuando
hay un desaparecido, no es el desaparecido el que está desaparecido sino que somos
todos nosotros.”
Sergio Blanco, dramaturgo
La intención de las siguientes líneas es pensar el caso Maldonado
desde la perspectiva del psicoanálisis. ¿Qué podemos aportar a este respecto?
Solamente una breve reflexión.
Este 1° de marzo de 2019 se cumplirá un año y siete meses de
la desaparición de Santiago Maldonado. El 17 de Marzo un año y cinco meses del “hallazgo”
de su cuerpo –entrecomillamos la expresión debido a la dudosa situación de
búsqueda y encuentro del cuerpo del joven.
Este tatuador oriundo de la localidad de 25 de Mayo, nacido
el 25 de Julio de 1989, tenía 28 años cuando desaparece y muere en
circunstancias dudosas o, quizá mejor dicho, en certera persecución brutal de
parte de la Gendarmería Nacional. Todo esto en el marco de la represión a la
comunidad mapuche en Pu Lof Cushamen.
El primer significante que aparece a la hora de abordar el
tema desde el discurso del amo es: RAM. O sea, terrorismo. Ese es el pretexto
bajo el cual se despliega una violencia sistemática hacia la comunidad mapuche.
Se trata de la clásica construcción de un enemigo
interno, en miras de avalar lo peor. La persecución, la judicialización, el
exterminio de lo que “no se adapta”, de lo que fastidia. Siempre es lo Otro, lo diferente desde el punto de
vista de la horda fálica. Los pueblos originarios en este contexto, y en
oposición a los ricos poderosos que pueblan nuestra Patagonia gracias a sus
millonadas y contactos, son el síntoma a fulminar. En ese sentido, representan «lo
femenino» como aquello a ser rechazado.
Ahí aparece un muchacho como Santiago, un “hippie” como suele
decirse irónicamente, un idealista quizá, que se involucra en una causa no
ajena –porque estos pueblos defienden nuestra misma tierra, saqueada por el
hombre colonial, el mismo de siempre- si no tal vez no tan propia, pero en
definitiva se apropia, se agencia, se
mete, se implica, se compromete. Se trata del elemento no-calculado por el
discurso del poder, representa una contingencia sorpresiva en tanto viene
alguien digamos “de afuera” (o de no-tan-adentro, es decir, un factor éxtimo). Un
joven “blanco” pero rebelde, con conciencia social, miembro de la “civilización”
no indígena pero solidario y empático con su causa. Alguien de quien se
esperarían otros comportamientos, seguramente, más educados y adaptados a la
realidad. Pero que desde su deseo, cuestiona y se cuestiona los privilegios dados al no-indio. Entonces, se mete,
porque ve. Porque desde su mirada
observa que algo, en este podrido mundo, no está bien.
El asesinato de Santiago Maldonado por parte del gobierno de
Mauricio Macri –llevado adelante intencionalmente o no por Gendarmería, bajo
las órdenes de Pablo Noceti y el conocimiento exacto de todo lo sucedido por
parte de Patricia Bullrich- marca un antes y un después en la Argentina. Señala
el regreso de la brutalidad, de la impunidad, de la ferocidad estatal. Señala
el retorno del efecto “terrorismo de Estado”, como más no sea en una dosis
ínfima. Es un anticipo de toda la salvaje represión que le siguió después. El
neoliberalismo sin represión no cierra. Tampoco sin persecución, sinenemigos internos, sin intimidación. Porque
este tipo de episodios donde nada queda claro más que el horror, lo que buscan
en definitiva es asustar a la sociedad, enclaustrarla en el silencio y la
resignación.
Pero la sociedad no se amedrentó. No tanto los ojos, sino la mirada de Santiago produjo un efecto
causal terrible. Causó un deseo fenomenal de salir a reclamar por su aparición
y por el esclarecimiento del hecho. Lacan vincula la mirada con el objeto a causa del deseo. Los objetos a son esos restos, esas nadas de real
que caen como desechos en la constitución subjetiva restándose al Otro
simbólico como tesoro del significante, es decir, no son representables ni
especularizables. Son producto del recorte significante que el lenguaje traza
sobre el cuerpo viviente. La erotización del niño conlleva una parcialización de
su integridad en zonas erógenas donde estos objetos caen como restos desiderativos
elevándose poco a poco a la categoría causal y situándose en esa estructura
inconsciente que es el fantasma desde donde provocan el deseo. El objeto a es la reserva de libido que posibilita
la separación del sujeto en tanto tal, a los fines de una alienación no-toda.
La presencia de la mirada de Santiago, primero en fotografías
y después en todo tipo de pinturas, murales, remeras, etc., angustia en un
tiempo 1, pero provoca en tiempo 2. Genera movimiento, provoca al sujeto a
tomar posición la cual –como quedó demostrado en gran parte de la sociedad
argentina- puede ser también la del más absoluto rechazo. Porque este tipo de crímenes
que bordea el horror del delito de lesa humanidad despierta mecanismos
renegatorios ante el propio goce secreto. Ese goce que no se quiere ver ni
admitir, pero que se lee crudamente en los comentarios de las redes sociales. “Algo
habrá hecho…” sintetiza la encerrona trágica de una civilización mortificada y
connivente con la crueldad del Amo. Es pura lógica, puesto que se trata de la
misma parte de la sociedad que elige a un perverso y sádico como Macri para que
sea presidente.
El objeto a
presente en la mirada de Santiago Maldonado, separa, divide, escande. A cada
uno y a la sociedad misma, acentuando nuevamente esa famosa “grieta” de la que
hablan algunos. El cuerpo de Santiago en el río… algunos argentinos de un lado
y otros del otro. Al aparecer el cuerpo reaparece parte de nuestra propia
carne. Volvemos un poco más en sí. Reaparecemos como sociedad. Pero no
terminaremos de estar faltos y dolidos como no se sepa la verdad de lo sucedido
y se mantengan impunes los cobardes culpables y sus apólogos. Incluidos los
jueces que cierran o cajonean las causas.
Desde cada una de las representaciones artesanales del rostro
de este artesano platense, allí continúa Santiago mirándonos, como agradecido
por todo lo que fuimos y somos capaces de hacer desde nuestro humilde lugar por
él al no condenarlo injustamente sino a tratar de saber la verdad de su
defunción aún impune. Como agradecido por ser pensadores críticos y éticos, por
movilizarnos y seguir teniendo sensibilidad por lo que le sucede al otro. Por
haber estado ese día en la Plaza o aquel otro subiendo un video dónde decíamos
dónde estábamos nosotros y nos preguntábamos por dónde estaba él. Quienes
esperan Justicia hoy ya no es él, sino su dolida familia y también todos
nosotros, los que permanecemos del lado del Río de la verdad y no de la
negación. Todos nostrxs nos merecemos justicia y no impunidad, no más impunidad.
Tarde pero llega. Es cuestión de saber esperar.
La mirada de Santiago es una presencia hecha de una ausencia,
una nada real que angustia por la eficacia simbólica a la que se anudó en el
imaginario popular. Santiago ya no ve, pero mira. Mira el horror y causa miedo
al horror. Y mirará eternamente hasta que los culpables de su muerte paguen las
consecuencias de sus acciones y no queden impunes. Recién ahí, coincidiendo con la cicatrización
de la herida de sus dolos queridos, él podrá definitivamente cerrar sus bellos
ojos y descansar en paz.
A
Emanuel nunca le había gustado encasillarse en una tribu. Por eso, más allá de
sus intereses estéticos, desde el punto de vista de su aspecto, no llamaba
especialmente la atención ni portaba elementos o vestimentas que dieran cuenta
de los mismos. Sus pensamientos se encontraban especialmente escondidos y sólo
a determinadas personas les contaba lo que realmente opinaba o sentía.
Emanuel
se decía satanista por haber comprado la “Biblia Negra” de Szandor LaVey en la
galería Bond Street. A esta lectura,
sumaba música oscura como ciertas bandas de black metal del estilo de Dark
Funeral. Este joven de veinte años del barrio de Merlo, estudiaba Filosofía en
la UBA (en realidad, estaba haciendo el CBC en Puán).
Era
época de primeros parciales. Tenía que rendir la materia Filosofía propiamente
dicha, lo cual se suponía que era una evaluación obvia y sencilla para los
alumnos de la carrera. Si bien no estudiaba mucho, puesto que se encontraba abocado
a lecturas esotéricas y espiritistas, de todas maneras, era un muchacho
inteligente, con cierta capacidad de argumentación y recursos lingüísticos por
encima de la media.
Aquel
lunes del mes de Mayo, bajó del tren Sarmiento en la estación de Caballito
alrededor de las 12:30hs, es decir, apenas pasado el mediodía. Era un día
soleado, con pocas nubes y se sentía una brisa suave que acariciaba el rostro
de manera sutil. Emanuel iba con su mp3 a todo volumen y no vio el auto que, a
toda velocidad, pasó a escasos centímetros de su pie izquierdo allí, en la
calle Yerbal.
“Qué
boludo” pensó. Exactamente lo mismo que le grito el conductor del palio rojo,
modelo 99, patente LSD 666.
Siguió
caminando y encendió uno de esos cigarrillos armados que tanto le agradaba
disfrutar. Este en especial, estaba mezclado con marihuana. Al llegar a
Rivadavia, y justo luego de pasar por debajo de una escalera, un gato negro se
cruzó en frente suyo. Maulló, le echó un vistazo y desapareció de su vista casi
como un roedor, más que como un felino. En ningún momento nada de todo esto
llamó su atención. Ni siquiera el hecho de que al terminar de cruzar la
avenida, casi mágica e imprevisiblemente comenzará a llover.
No
alcanzarían las palabras para relatar todo lo que fue sucediendo entre el
trayecto de la estación de tren y la Universidad, más exactamente, la sede de Filosofía y letras en Puán 480,
Caballito. Desde el suicida del quinto piso del edificio de la Avenida Alberdi
hasta la vieja ladrona de frutas en la verdulería por la que siempre pasaba y
que entró en conflicto con un policía de la Federal. Nada lograba llamar
verdaderamente su atención. Tampoco los motochorros del CG 125 azul que
portaban una careta terrorífica y gritaban cosas inentendibles. Ni toda la
marcha sindical que transitaba por Pedro Goyena, a las puteadas.
Llegando
a la facu, un hippie de los que venden libros en la vereda, casi cansado de la
distracción en la que transitaba este pibe, lo tomó de la remera y lo sacudió hablándole
en alemán. Tenía los ojos rojos y furiosos como los de Satán. Le enterró un
sahumerio en el oído derecho y se quedó pasmado viendo como el humo le salía
por la nariz. Chicas estudiantes lo desnudaron y algunas mearon su cabeza. Removieron
el cuerpo hasta el patio y seguía lloviendo. Su alma fue hasta el aula del
piano y a todo esto el día se había vuelto noche. La Facultad era como su
Secundario y los compañeros eran a la vez parte de una cofradía secreta. Su
padre-cabra leyó frases en voz alta desde un ascensor que flotaba sobre el
famoso árbol de Puán. Se hizo viernes festivo, quemaban apuntes, comían
profesores, todo era una orgía de saberes universales. Las llamas del infierno
ardían en Puán. Todo era muy Puán. Demasiado Puán. Zaratustra escabiaba con
Hegel, Don Juan y Castaneda fumaban un “nevado” en el pasillo del segundo piso.
Regresaba su alma de tocar el piano y él subía sonámbulo (¿cuándo se durmió?)
hasta una terraza que para los demás no existe.
El
examen fue bastante fácil. Lo internaron a los meses en un Psiquiátrico de la
Av. Warnes, por la zona de Agronomía. Se hace llamar EL ÁGUILA AUTOGENERADA POTENCIALMENTE
SAGAZ. Parece que se hizo filósofo antes de tiempo...
Juan Pedro creía que las cosas
eran solamente de dos maneras: buenas o malas. Sufría mucho por eso. Varias
personas le habían sugerido, amablemente, que comenzara a registrar los
matices. Que la vida no es ni color de rosa, ni oscura. Al menos no sólo. Y no
siempre.
Ya sus amigos estaban lejos, sus
chicas eran parte del pasado y, el presente, se reducía a contactos virtuales con
“contactos” a los ni siquiera conocía. Se preguntaba en qué se había convertido
su vida si hacía apenas unos años todo en su rutina era salir con este o con
aquel, transar con la de más acá y coger con la de más allá. También se
acordaba de su amiga Celeste, con quien compartía largar charlas de cine o de
libros. La echaba de menos, desde que ella tuvo que irse a vivir a Pinamar.
Una tarde de verano decidió salir
a caminar. Al mejor estilo flâneur bonaerense. La otra opción
era el enclaustramiento, quejarse y deprimirse. Agarró los cigarrillos y salió
al mundo en busca de sí mismo.