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Eran
las seis o siete de la mañana cuando me llamó Jeremías. Me despertó. Lo primero
que pensé fue que se había olvidado algo la noche anterior, que nos juntamos en
casa. A las dos de la mañana, luego de unas cervezas y un par de fasos, ya se
había ido. Por lo tanto, su llamado me sorprendió.
“No
sé dónde estoy, negro”, fue lo primero que me dijo. Le pregunté dónde estaba, desoyendo
su aclaración. Al darme cuenta que mi pregunta era estúpida, le pedí
referencias: algún comercio, una avenida, una plaza. Lo que fuere para poder
empezar a orientarnos. Se produjo un silencio. Jeremías empezó a nombrar cosas
que veía a su alrededor: lámparas de varios colores, humo, un oso gris del
tamaño de un perro, la careta del presidente Donald Trump puesta en una muñeca
inflable junto a la cama en la que yacía atado por diez sogas y tres cadenas
que recorrían su cuerpo sin impedirle utilizar la mano izquierda, que fue con la
que me llamó. “¿Dónde carajo te metiste, pelotudo?”, me salió impulsivamente
decirle. De fondo, comencé a escuchar una música misteriosa que aumentaba
mientras más crecía la angustia de los dos.
Intentamos
romper con la perplejidad de tan ridícula situación, comenzando a reordenar la
secuencia de la noche, desde que se fue de mi casa de campo en North Ville. Jeremías,
que a esa altura ya había empezado a llorar, se disculpó por haberme elegido a
mí en su pedido de socorro y no haber llamado directamente al 911. “No importa,
Jere”, le dije. “Ahora, decime ya cómo recordás que fueron los hechos.”
Entonces
Jeremías tomó la palabra nuevamente. “Estaba por subirme a la moto cuando el Hombre de Traje Escarlata elevó frente a
mí el símbolo de la decadencia más absoluta. En ese momento, mi cuerpo se
estremeció y la lluvia resonó como nunca antes en mis oídos. Después de sentir
un escozor que recorrió todo mi cuerpo,
me desvanecí al instante y desperté aquí donde yazco ahora. Nada de esto tiene
sentido, ¿no estaré soñando? ¿No estaremos soñando los dos?”.
“No,
Jeremías. No estás ni estamos soñando.”, sentencié compungido pero firme. “La
vida es una lágrima en el Valle de los
Ocasos Seniles. Si los astros dicen verdades, esta noche habrás de morir
por tus peores pecados en esta tierra.” Acto seguido, quise cortar el teléfono
pero no pude. Empecé a asustarme tanto como cuando de niño me cruzaba algún
gitano. Nunca antes había sentido tanto terror desde aquellos años infantiles
en Haedo, cuando en el barrio caminaba una mujer a la que llamaban la loca por el puro y simple hecho de ser
linyera. Supuestamente, si la jodías, la vieja te mostraba debajo de su pollera
los genitales, ya que no llevaba ropa interior. “¿Y si rezamos, Jere?” Mi amigo
no contestó.
Bajé
corriendo las escaleras, después de poner el teléfono en manos libres. “Por
favor, decime que estás ahí”. Nuevamente el silencio, la música de misterio
colmaba la comunicación y oí pasos. También un maullido gatuno. Me subí al
coche y salí desesperado hasta lo de Ramón. Si los espectros habían vuelto a
North Ville, íbamos a tener que lanzar la cacería, como hacía doscientos años
atrás, cuando destruimos a todos los leprosos, los vampiros, los
hombres-linterna, las cucarachas pinchudas, los lagartos que comen zapatillas y
las ranas de fuego iridiscente que señalan con la lengua la presencia del
Terror.
Mi
Torino ZX modelo 81 rugía como un tigre infernal y relucía mi Smith & Wesson SW1911 calibre 45. Por las dudas, llevé también mi revolver 648. Las balas de unicornio, ardían. Mi pecho temblaba como nunca. Ramón era el curandero del barrio. La sanación empezaría esta mismísima noche. Los cuerpos y los espíritus cabalgarían eternamente en busca de la Sabiduría perdida.
"Creo que el Jeremías que vino a visitarme anoche, fue una tulpa. Algo creado por mi propia mente, pero esta vez de manera involuntaria y no como cuando practiqué budismo", le dije a Ramón. Se rió. Preparó unos brebajes y agarró sus cuchillos de madera, que simbolizan el pasaje de una dimensión psíquica a otra. Atravesamos la puerta de los grandísimos misterios. Él vestido de rojo y yo con la tradicional Wayuushein (Manta Guajira), que si bien es de mujer, me hace juego con el gorro.
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