1
Eran
aproximadamente las nueve de la mañana cuando sonó el teléfono inalámbrico por
tercera vez. Decidí levantarme para ver quién era. Estaba con una resaca increíble
de la noche anterior en el Bar de Antonio. Creo que estuvimos jugando al pool hasta
las cuatro de la mañana, whiskies mediante, escuchando música y encarando minas
sin éxito. Otra de esas noches clásicas
para olvidar, como dice la canción.
“¡Al
fin respondés, Julián!”, oí que me decía una voz femenina desde el otro lado
del tubo. “Te estoy llamando acá porque se ve que tenés el celular apagado”.
Estuve unos segundos rascándome la nariz pensando de quién se trataba. Luego me
acomodé los testículos en el bóxer y me cayó la ficha. Era Samanta. Pero, ¿qué
quería después de casi cinco meses sin hablar?
Mientras
calentaba un poco de café, fui a correr las cortinas del departamento y la luz
del día me encandiló fiero. Era una mañana espléndida, henchida de sol y
movimiento, la cual se veía muy bien desde el piso 8, en especial la Plaza
Sarmiento que tengo justo en frente. A todo esto, estaba escuchando atentamente
–en realidad, como podía, con un sueño ebrio de pocas horas- a Samanta que
había comenzado a explicarme los motivos de su comunicación. Pero antes de
meternos en ese asunto, quisiera recordar un poco quién fue esta chica en mi
vida.
2
Con
Samanta nos conocimos hace unos años en Makena,
el bar que está en Palermo Hollywood. Creo que fue la misma noche que mataron a
un flaco en la puerta del lugar con un “abrecartas”. Nosotros nos enteramos al
día siguiente, a raíz de un whatsapp que le llegó a ella cuando salíamos del
telo. También en ese momento nos enteramos que me habían afanado el estéreo del
auto, como en las viejas épocas, cosa que creí que no se hacía más. Pero como
mi vehículo en ese momento era un poco viejo, se ve que aprovecharon.
La
noche anterior, es decir, la noche en que nos conocimos había ido solo. Bueno,
en realidad no. Habíamos quedado con Antonio ir juntos, pero él prefirió
quedarse en su bar, así que nunca llegó. Si mal no recuerdo, fue un sábado en
el que jugaban el clásico Banfield – Lanús. Y fui a la cancha, con lo cual hice
todo el trayecto que va de zona sur hasta Palermo, fumado y en pedo (habíamos
estado escabiando con los muchachos antes de entrar al estadio).
En
aquella época, Samanta era un piba de veinticinco años, delgada, rubia (castaña
teñida) y con una personalidad bastante jodona. Le gustaba el rock nacional, el
reggae y el fernet. También los chabones como yo. Desalineados, medio bohemios,
altos y silenciosos. Según me enteré después, lo que más le gustó de mí fue la
remera de Banfield con el logo de La 25.
Creo
que fueron ella y su amiga las que se acercaron a pedirme una seca de las
flores que estaba quemando, ya con ganas de irme al carajo, porque estaba
bastante cansado de haber laburado todo el día y de haber ido a ver el partido.
En aquel momento, laburaba como cadete por el microcentro con el CG-150 que
tenía además del auto, el cual en verdad era de mi viejo. Nos pusimos a charlar
los tres. Su amiga era muy bonita también y como con las rubias siempre tuve el
prejuicio de Luca Prodan, encaré para el lado de la morocha, aunque de manera
infructuosa. No sólo porque era lesbiana –cosa que también me enteré después-, sino
porque Samanta estaba caliente conmigo. Cuestión que descubrí ahí, en ese mismo
momento, porque sin mediar palabra alguna que fuera en tal dirección, con su
baile y movimiento me dijo todo.
Después
de aquella noche, tardamos más o menos unos tres meses en ponernos a salir. Y
un año en irnos a vivir juntos por la zona de Santos Lugares, donde quedaba una
casa vacía producto del fallecimiento de su abuela materna. Las cosas fluyeron
bastante bien durante dos años y siete meses. Pero el último tiempo, algo se desgastó.
Nunca se termina de saber a ciencia cierta qué es lo que estropea una relación.
En realidad, tampoco se sabe con exactitud qué la construye. Y así vamos, en
definitiva, con más incertezas que certidumbres cabalgando al potrillo del amor.
Hasta que nos caemos. Y, a veces, nos damos la cara contra el piso. Hubo
algunos episodios de celos, un poco de infidelidad de parte de ambos, una pizca
de maltrato y bastante descuido recíproco. En fin, lo mismo de siempre.
3
Finalmente,
después de un extenso rodeo elocutivo, me terminó diciendo: “Estoy embarazada y
estoy segura de que es tuyo.” ¿Por qué esperó tanto para decírmelo? Casi corto
la comunicación, dejando caer el inalámbrico sin querer. Sinceramente, no me
esperaba tal noticia. No podía decir que fuera mala, aunque me resultaba difícil
verle el lado positivo a tener un hijo con alguien a quien ya no amaba. Samanta
me preguntó qué quería hacer. Pensé que con cinco meses de embarazo como mínimo
–ni recordaba la última vez que habíamos tenido sexo-, era prácticamente imposible
que se sometiera a una interrupción voluntaria. “¿Querés hacerte un ADN?”, me
preguntó ante tanto silencio. “No”, le dije. “Te creo”. Vacié la tasa de café
de un sorbo apresurado. Fui hasta la campera a buscar los puchos. Del otro lado
se escucha un sollozo. Fue un instante emotivo, aunque me encontraba –debo admitirlo-
un poco desencajado. Encendí el cigarro y abrí la ventana a través de la que se
veían la Plaza y la mañana. Uno no se entera todos los días de que va a ser
papá. Le dije que estaba bien, que iba a hacerme cargo del niño o de la niña
por venir. “Por ahora es un niñe”, me dijo la tarada. Eso del lenguaje
inclusivo me parecía casi tan estúpido como no usar preservativo a la hora de coger,
si no querés ser padre. Así que estábamos empatados en la boludez. Igual que aquel
clásico del sur que fui a ver el día que nos conocimos, que terminó cero a cero
y nos quedamos con las ganas de gritar un gol.




