sábado, 23 de mayo de 2020

Flor de empate




1

Eran aproximadamente las nueve de la mañana cuando sonó el teléfono inalámbrico por tercera vez. Decidí levantarme para ver quién era. Estaba con una resaca increíble de la noche anterior en el Bar de Antonio. Creo que estuvimos jugando al pool hasta las cuatro de la mañana, whiskies mediante, escuchando música y encarando minas sin éxito. Otra de esas noches clásicas para olvidar, como dice la canción.

“¡Al fin respondés, Julián!”, oí que me decía una voz femenina desde el otro lado del tubo. “Te estoy llamando acá porque se ve que tenés el celular apagado”. Estuve unos segundos rascándome la nariz pensando de quién se trataba. Luego me acomodé los testículos en el bóxer y me cayó la ficha. Era Samanta. Pero, ¿qué quería después de casi cinco meses sin hablar?

Mientras calentaba un poco de café, fui a correr las cortinas del departamento y la luz del día me encandiló fiero. Era una mañana espléndida, henchida de sol y movimiento, la cual se veía muy bien desde el piso 8, en especial la Plaza Sarmiento que tengo justo en frente. A todo esto, estaba escuchando atentamente –en realidad, como podía, con un sueño ebrio de pocas horas- a Samanta que había comenzado a explicarme los motivos de su comunicación. Pero antes de meternos en ese asunto, quisiera recordar un poco quién fue esta chica en mi vida.


2

Con Samanta nos conocimos hace unos años en Makena, el bar que está en Palermo Hollywood. Creo que fue la misma noche que mataron a un flaco en la puerta del lugar con un “abrecartas”. Nosotros nos enteramos al día siguiente, a raíz de un whatsapp que le llegó a ella cuando salíamos del telo. También en ese momento nos enteramos que me habían afanado el estéreo del auto, como en las viejas épocas, cosa que creí que no se hacía más. Pero como mi vehículo en ese momento era un poco viejo, se ve que aprovecharon.

La noche anterior, es decir, la noche en que nos conocimos había ido solo. Bueno, en realidad no. Habíamos quedado con Antonio ir juntos, pero él prefirió quedarse en su bar, así que nunca llegó. Si mal no recuerdo, fue un sábado en el que jugaban el clásico Banfield – Lanús. Y fui a la cancha, con lo cual hice todo el trayecto que va de zona sur hasta Palermo, fumado y en pedo (habíamos estado escabiando con los muchachos antes de entrar al estadio).

En aquella época, Samanta era un piba de veinticinco años, delgada, rubia (castaña teñida) y con una personalidad bastante jodona. Le gustaba el rock nacional, el reggae y el fernet. También los chabones como yo. Desalineados, medio bohemios, altos y silenciosos. Según me enteré después, lo que más le gustó de mí fue la remera de Banfield con el logo de La 25.

Creo que fueron ella y su amiga las que se acercaron a pedirme una seca de las flores que estaba quemando, ya con ganas de irme al carajo, porque estaba bastante cansado de haber laburado todo el día y de haber ido a ver el partido. En aquel momento, laburaba como cadete por el microcentro con el CG-150 que tenía además del auto, el cual en verdad era de mi viejo. Nos pusimos a charlar los tres. Su amiga era muy bonita también y como con las rubias siempre tuve el prejuicio de Luca Prodan, encaré para el lado de la morocha, aunque de manera infructuosa. No sólo porque era lesbiana –cosa que también me enteré después-, sino porque Samanta estaba caliente conmigo. Cuestión que descubrí ahí, en ese mismo momento, porque sin mediar palabra alguna que fuera en tal dirección, con su baile y movimiento me dijo todo.

Después de aquella noche, tardamos más o menos unos tres meses en ponernos a salir. Y un año en irnos a vivir juntos por la zona de Santos Lugares, donde quedaba una casa vacía producto del fallecimiento de su abuela materna. Las cosas fluyeron bastante bien durante dos años y siete meses. Pero el último tiempo, algo se desgastó. Nunca se termina de saber a ciencia cierta qué es lo que estropea una relación. En realidad, tampoco se sabe con exactitud qué la construye. Y así vamos, en definitiva, con más incertezas que certidumbres cabalgando al potrillo del amor. Hasta que nos caemos. Y, a veces, nos damos la cara contra el piso. Hubo algunos episodios de celos, un poco de infidelidad de parte de ambos, una pizca de maltrato y bastante descuido recíproco. En fin, lo mismo de siempre.

3

Finalmente, después de un extenso rodeo elocutivo, me terminó diciendo: “Estoy embarazada y estoy segura de que es tuyo.” ¿Por qué esperó tanto para decírmelo? Casi corto la comunicación, dejando caer el inalámbrico sin querer. Sinceramente, no me esperaba tal noticia. No podía decir que fuera mala, aunque me resultaba difícil verle el lado positivo a tener un hijo con alguien a quien ya no amaba. Samanta me preguntó qué quería hacer. Pensé que con cinco meses de embarazo como mínimo –ni recordaba la última vez que habíamos tenido sexo-, era prácticamente imposible que se sometiera a una interrupción voluntaria. “¿Querés hacerte un ADN?”, me preguntó ante tanto silencio. “No”, le dije. “Te creo”. Vacié la tasa de café de un sorbo apresurado. Fui hasta la campera a buscar los puchos. Del otro lado se escucha un sollozo. Fue un instante emotivo, aunque me encontraba –debo admitirlo- un poco desencajado. Encendí el cigarro y abrí la ventana a través de la que se veían la Plaza y la mañana. Uno no se entera todos los días de que va a ser papá. Le dije que estaba bien, que iba a hacerme cargo del niño o de la niña por venir. “Por ahora es un niñe”, me dijo la tarada. Eso del lenguaje inclusivo me parecía casi tan estúpido como no usar preservativo a la hora de coger, si no querés ser padre. Así que estábamos empatados en la boludez. Igual que aquel clásico del sur que fui a ver el día que nos conocimos, que terminó cero a cero y nos quedamos con las ganas de gritar un gol.    

martes, 19 de mayo de 2020

virología de cuarentena otoñal



Traigo una Corona que infecta mi alma
Camino entre muertos con vida
Que han quedado a mitad de camino
Entre el bien y el mal

Virus deforme, parásito letal
Lo real nos conmina a despertar
Vemos la muerte cara a cara
Pensamos que nada será igual

Y entonces qué hacer de esta vida
Que empieza y que termina
Por qué tantos rodeos
Basta de dar vueltas, vivamos sin pedir permiso

Creerán que perdiste la razón
No entenderán por más que utilices
Un pizarrón y dos títeres
Dejadlos ir, que ya verán el fuego inclemente

Hombrecitos de arcilla trabajan en la construcción
De un pato de madera gigante
Pretenden con eso trazar una encomienda secreta
Para que al ser abierta en el Brasil todos revivan
Foto: Unslash/ C.C. BY 0.0

viernes, 15 de mayo de 2020

Inquiline



Estamos en el Año 2055. Donald Trump ha sido enviado en cohete a la luna donde yacerá durante 15 años para cumplir su condena luego de haberse descubierto que fueron sus secuaces y él quienes inventaron el famoso “virus chino”.

Por mi parte, soy una mujer con genitales masculinos que además toma ciertas hormonas para ser feliz –obligatorias desde la gran crisis depresiva post-guerra intercoreana. Tengo ocho chips implantados por INCUBUS UR (UNLIMITED RESPONSIBILITY), la empresa multimillonaria de Joan Gates, heredero de Bill Gates, asesinado en 2025 por el Clan Anticibernético de Praga. Un chip que mide mi temperatura, otro que indica dónde estoy, un tercero que calcula mis pasos diarios, un cuarto que cronometra los latidos de mi corazón, un quinto que se ocupa de regular mis respiración, un sexto que regula los niveles de ansiedad, un sexto que amortiza la excitación sexual cuando algorítmicamente detecta improbable la ejecución del acto sexual, un séptimo que paraliza las reacciones agresivas y, finalmente, el octavo chip o “chip de la incredulidad” que filtra las noticias reales de las fake news (o lo que INCUBUS UR pretende que consideres posverdad).   

Se preguntarán cómo vivo. Las inmobiliarias no han desaparecido. Por ejemplo, desde hace unos años, la pelea por las locaciones ha sido tan salvaje y disparatada, que en este momento alquilo el living a una inmobiliaria, la habitación a una segunda, el baño a una tercera y el lavadero a una cuarta. Las expensas se pagan según lo que detectan los sensores instalados por la Red Única de Consorcios Terráqueos. A mayor uso de los espacios comunes (escaleras, palier, sum, ascensores, etc.) mayor costo. Como se ve, se ha producido una mega-monopolización en ciertos aspectos y una multi-diversificación en otros.  

¿La identidad? ¿Qué es eso? No, queridos amigos. En esta etapa de la humanidad definida como “capritalismo” o Whimodernity (en alusión al capricho individual que parece comandarlo todo), cada cual puede ser quien quiere ser y dejar de serlo en cualquier momento para pasar a ser otro diferente –otro, otra, otre u otrerix (devenir enteramente máquina, disponibilidad habilitada por la Empresa de Drones y Robots Termosensoriales de Mississippi).  

En cuanto a la alimentación, desde hace siete años y gracias al proyecto “Hannibal Lecter” (aprobado por primera vez en 2034 en Chicago y posteriormente en Bruselas, Tokio, Estocolmo y París hasta llegar a ser prácticamente legislación obligatoria universal), se ha permitido la ingesta de carne humana. Sé que esto para ustedes que son seres del pasado -atrasadísimos en múltiples aspectos culturales, espirituales y tecnológicos-, puede resultar fuerte o hasta asqueroso. A nosotros nos resulta hoy en día desagradable comer animales, cosas que ustedes continuaran haciendo y así les irá en cuanto a virus y pandemias (como la mega-pandemia de 2029 provocada por una explosión de casos de Hepatitis F, casi desconocida hasta entonces).

El transporte público se prohibió en 2024. Todxs nos manejamos con Uber o con Cabify.

domingo, 10 de mayo de 2020

Topología de la celebridad (El día que Perón se analizó con Lacan)




En 1918 el Club San Lorenzo de Almagro goleaba por primera vez en el Viejo Gasómetro (4 a 0 a Estudiantes de La Plata) mientras Sigmund Freud exponía en un Congreso de Budapest una ponencia acerca del porvenir de la terapia psicoanalítica. Esta vinculación inusitada, nos sirve para pensar que cuando suceden cosas en un punto del globo terráqueo, también están sucediendo otras en otra parte, que nos suelen ser desconocidas, porque nos enfocamos únicamente en aquellas que nos importan. Sin embargo, a veces también se producen conexiones inesperadas, entre eventos o personas que uno creía que jamás se iban a cruzar –ya sea por su distancia espacial o por su lejanía temporal. Acá nos vamos a referir a uno de esos encuentros sorpresivos.

Para ese año mencionado, el dieciocho, Juan Domingo Perón (“Pocho” para sus seres queridos) y el prestigioso psicoanalista parisino Jacques-Marie Émile Lacan, aún no se habían encontrado, cosa que sucedería más tarde -según lo narran ciertos testigos que han preferido permanecer en el anonimato.

En 1920 Lacan comienza a estudiar Medicina, especializándose en Psiquiatría entre 1927 y 1931. En los años posteriores se forma en filosofía y en 1932 se empieza a analizar con un psicoanalista polaco-francés-estadounidense (¿?), además de mantener amistad con la gente del surrealismo, hasta convertirse en uno de los más excéntricos y vanguardistas analistas de su generación. Por su lado, Perón había comenzado a tomar postura política más o menos para 1916, confrontándose con los sectores oligárquicos y conservadores de la Argentina y acercándose a los militares nacionalistas así llamados legalistas. Para esa época ya era Teniente 1° y en 1924 asciende a Capitán. El Capitán Perón.

En 1929 Perón se casa con Aurelia Gabriela Tizón, gran amiga de una literata austríaca llamada Luca Lanzer, prima lejana de Ernst Lanzer, fallecido en 1914, quien había sido paciente del mismísimo Doctor Sigmund Freud de Viena. Ante las primeras crisis depresivas de Perón, luego de su designación como profesor suplente de Historia Militar en la Escuela Superior de Guerra, Aurelia se contactó con Luca para solicitarle el contacto del Profesor Freud pero este nunca respondió a sus misivas. El análisis de Perón con Freud quedó trunco, y en Argentina todavía no existían analistas plenamente formados para tratar a semejante personalidad, razón por la cual se buscó otro analista igual de prestigioso que el padre del psicoanálisis. Es así que aparece Lacan en la vida de Perón.

Pero esto sucederá recién luego del fallecimiento de Tizón en el treinta y ocho. Hacía seis años que Lacan había publicado sus gran tesis de doctorado y es justamente en este año (1938) que interrumpe su análisis con Loewestein y es nombrado titular de la Sociedad Psicoanalítica de París. Ya no era un pichi. Perón tampoco, pues ya tenía publicada su Toponimia patagónica de etimología araucana en una publicación periódica del Ministerio de Agricultura y era Mayor del Ejército, además de ser agregado militar en la embajada argentina en Chile desde hacía dos años.

En principio, ambos se interesaban por diversas cuestiones, siendo una de ellas el estudio del lenguaje o más bien de la lengua. El encuentro sucederá, según cuentan los testigos anónimos, a consecuencia de las crisis maníacas de Perón posteriores a su etapa melancólica. En 1939, Pocho viaja a Europa y donde durante dos años recorre países como Alemania, España, Hungría, Yugoslavia, Albania y la propia URSS. También pasa por Francia, que es donde conoce a Jacques Lacan, buscando un psicoanalista como recomendación pretérita de su difunta esposa Aurelia. Lacan ya había tenido a sus hijos Caroline y Thibaut con Marie Louise Blondin. Nadie sabe exactamente cómo Perón se contacta con Lacan –o, al menos, ninguno de los testigos consultados se ha atrevido a decirlo hasta el momento-, pero lo cierto es que pactan una primera entrevista de análisis en el servicio de neuropsiquiatría del Hospital Militar Val-de-Grâce en París, donde Lacan ejercía como médico auxiliar a razón  de la ocupación alemana y a partir de la primavera de 1940 mantendrán algunas breves sesiones en el Hospital de los franciscanos de Pau.

Así comienza el psicoanálisis sostenido por Juan Domingo Perón y Jacques Lacan entre 1939 y 1940, viéndose interrumpida la cura del militar debido a su forzoso regreso a la Argentina el 8 de Enero de 1941, fecha en la que es destinado a una unidad de la Provincia de Mendoza donde luego será ascendido a Coronel. Lo que sigue, son las anotaciones traducidas de las sesiones que mantuvieran ambos personajes célebres según consta en papeletas raídas de las susodichas instituciones de Salud Pública así llamadas “historia clínica” y que fueron usurpadas por espías argentinos y franceses luego de terminada la Segunda Guerra Mundial a los fines de que nunca se sepa el tratamiento que el General Perón tuvo con el mismísimo Doctor Lacan.


Sesión del 18 de Mayo de 1939

Doctor Lacan: Entonces usted cree que está destinado a conocer a una gran mujer…
General Perón: Pienso que sí, doctor. Me gustaría casarme con una actriz joven, idealista, bonita. Usted sabe… Siento que me está haciendo falta eso para pegar el salto a la gloria.
Doctor Lacan: Bueno, en ese caso, debería actuar conforme a su deseo, aunque la oligarquía de su país lo defenestre al elegir una chica popular.
General Perón: Es que ya me cansé de las mujeres conservadoras. Si bien pertenezco al mundo militar, tengo profundas convicciones obreras, no se olvide.
Doctor Lacan: ¿A qué se refiere con “profundas convicciones obreras”, Juan Domingo?
General Perón: No me chicanee, doctor. Sé que en el fondo usted tampoco es un burgués, aunque sus honorarios digan lo contrario.

(CORTE DE SESIÓN)

Sesión del 17 de Junio de 1939

General Perón: ¿Sabe usted cuál es el avión Lockheed P-38 Lightning? Ha volado en siete horas de California a Nueva York. Increíble. Estos malditos norteamericanos, son verdaderamente peligrosos.
Doctor Lacan: No puedo menos que estar de acuerdo con Ud. Han convertido al psicoanálisis en una terapia conductual.
General Perón: ¿Qué opina usted de la decapitación de Weidmann de esta tarde? Seguramente puedan decir mucho ustedes los analistas con todo ese tema de la castración, ¿no?
Doctor Lacan: No creo que vuelvan a realizarse más decapitaciones públicas, dada la reacción histérica que ha provocado este acontecimiento en la sociedad.
General Perón: ¿El morbo?
Doctor Lacan: La satisfacción sádica de la sociedad… Quizá con los años desarrolle algún concepto para hacer referencia a esa sensación de placer en la crueldad. A ese sentimiento de gozo en el sufrir.
General Perón: ¿Y por qué no lo llama así: goce? Tal vez ese término le sirva para diferenciarlo del placer…
(CORTE DE SESIÓN)

27 de Agosto de 1939

General Perón: Ahora han sido los alemanes quienes dieron un batacazo. Han logrado volar un avión pilotado sin élice. Un Heinkel 178.
Doctor Lacan: ¿Pero entonces usted al final siente mucha admiración por los nacional-socialistas?
General Perón: No, doctor. Me siento un hombre porveniristas. Creo en el desarrollo, en el progreso, en el avance de la humanidad.
Doctor Lacan: ¿Podemos volver sobre su sueño? El sueño de la chica…. ¿cómo se llamaba? ¿Eva?
General Perón: Ah, cierto. Sí. Desde hace años que sueño que soy Adán y que junto a Eva, cometemos ciertos pecados que a la cúpula de la sociedad no les gusta nada. ¿Usted cree que estoy destinado a ser un líder popular?
Doctor Lacan: El psicoanálisis no cree en el destino, pero tampoco desconoce el poder oracular del lenguaje. La palabra no es signo sino nudo de significación. Cuando usted dijo que siempre “evita” confrontar con la autoridad, tal vez, sin saberlo, estaba nombrando algo mucho más profundo relativo a su deseo inconsciente. En estos tiempos de autoritarismo, ¿qué tiene de malo saber agachar un poco la cabeza? Según me cuenta ha llegado muy lejos evitando confrontaciones estériles con lo real. Quizá la cuestión sea, no retroceder ante aquella voluntad más secreta que comanda sus acciones…
General Perón: Es cierto lo que usted dice, querido psiquiatra. El asunto es que gobernar es fácil, lo difícil es conducir…
(CORTE DE SESIÓN)

22 de Diciembre de 1940

General Perón: He estado meditando mucho este tiempo. Tengo que volver a la Argentina. He llegado a la conclusión de que la verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo. Pero bueno, las revoluciones se hacen con tiempo… o con sangre.
Doctor Lacan: Usted es un león que, gracias al psicoanálisis, se ha vuelto herbívoro.
General Perón: Es cierto. Y se lo agradezco. Tanta “pulsión de muerte”, como dicen, me ha producido acidez. Dejaré ya de guiarme por mis fantasías destructivas, narcisistas y omnipotentes. Creo que la única verdad es la realidad.
Doctor Lacan: Tengo mis miramientos respecto de esa doctrina, Juan Domingo. No existe una sola realidad, ¿no lo hemos probado acaso analizando sus sueños? En todo caso, la única verdad es la verdad de la ficción.
General Perón: Ha llegado el momento de despedirnos, doctor. Me alegra no estar de acuerdo en todo con usted. En nuestro análisis, no ha habido complicidad…
Doctor Lacan: Querrá decir, en su análisis…
General Perón: ¡Qué puntilloso es usted con las palabras! Me hace acordar a ese escritor que pusieron hace dos años como auxiliar en la Biblioteca Municipal Miguel Cané… ¿cómo era que se llamaba? ¡Borges! ¡Jorge Luis Borges! En una época era populista, pero con los años se pasó de bando. Comparte su tesis de la realidad como ficción. Le recomiendo su lectura.
Doctor Lacan: Le agradezco, lo tendré en cuenta.
General Perón: No hay peor cosa que un bruto con inquietudes…
Doctor Lacan: Sí la hay: un analista sin analizarse. Los mejores días, siempre serán aquellos que pasamos por un diván. No puede haber nada mejor para un psicoanalista… que otro psicoanalista.  
General Perón: Me gustó esa frase. La voy a considerar para el día de mañana.

(CORTE DE SESIÓN)

domingo, 3 de mayo de 2020

"El ángel gris es una chica que baila sola"



1

 

Estaba esperando el 99 en Boyacá y Avellaneda para ir al Club Cultural Matienzo en Villa Crespo, pero estaba tardando demasiado, por lo cual empecé a dudar. Además, los últimos viernes que había caído en el lugar, sinceramente no la había pasado tan bien. Sobre todo si uno tiene en consideración que no se trata de un lugar muy económico. Obvio que las propuestas musicales y artísticas son de calidad (en particular las obras de teatro y las performances del Mantienschön), así como resulta singularmente curioso el público concurrente al lugar (extranjeros, bohemios, gente de clase alta en busca de algo alternativo, etc.).  

 

Finalmente decidí quedarme dando vueltas un rato por Flores, a pesar de que ya eran alrededor de las siete, ocho de la tarde/ noche de esa primavera de Septiembre recién empezadita. Me compré una lata de cerveza y una empanada de jamón y queso en una Pizzería de por ahí y me fui a comerla a la Plaza del Ángel Gris que queda en Donato Álvarez. Era un atardecer anaranjado y azulado y en la placita no había demasiada gente. Algunos paseadores de perros ocasionales, gente caminando alrededor y pibitos jugando a la pelota. Fue en ese momento en el que percibí, casi cuando ya estaba terminando el cigarrillo post-cena y a punto de irme a la mierda, un remolino de piernas y brazos que se estiraban singularmente en eso que se llama elongación. Quedé asombrado por la forma.

 

¿Qué carajo era todo ese manojo de curvas y rectas cuyo epicentro resultaba ser una mujercilla de rasgos increíblemente bellos, elástica y fornida a la vez? Pensé que tenía que inventar cualquier excusa para poder apreciarla sin que se sintiera incomodada. Lo que hacía me encantaba, porque evidentemente era más que solamente elongar. Había una magia estética en el movimiento que me dio a entender que se trataba claramente de una bailarina de la UNA o de algún lugar por el estilo.

 

Para acercarme, le inventé que trabajaba para una Revista de arte contemporáneo y que estábamos buscando bailarines, actores y músicos para una nueva “varieté” que llevaríamos adelante en… en algún lugar lejano del conurbano bonaerense (que es, de hecho, de donde soy) y que ella, desde luego, no podía conocer. Me sonrío y se mostró sumamente simpática, lo cual me descolocó bastante. Su nombre era Carmen y era chilena. En todo momento no dejé de sentirme un poco incómodo, dado que creí estar invadiendo su espacio vital. Pero me tranquilizó pensar que, en todo caso, eso debía decirlo ella y no yo.

 

Continuó mostrando sus habilidades acrobáticas y me contó que también hacía malabares con algunos “juguetes”, como ella le decía a las clavas. “Hacer faro” es ir a trabajar al semáforo, me enseñó. Tenía veinticinco años y efectivamente cursaba la carrera de Danza en la Universidad Nacional del Arte, allá por Once. Nos quedamos chamuyando, como dice la canción de La Renga, solamente que ni ella era la muerte ni yo era el diablo. ¿O sí?

 

Por cómo transcurrieron las cosas, después de transar y pasarnos los celulares, podríamos pensar que tal vez sí lo éramos, aunque sin saberlo. Después de aquella vez en que nos conocimos, fui su diablo en el sentido de que me puse intenso con la idea de seguir viéndonos, frustrándome ante sus complicaciones artísticas, familiares o con amigas. Ella, a su vez, fue mi muerte porque después de conocerla y de estar juntos un par de veces, como un estúpido, me enamoré. Me enamoré y me plantó. Creí haber encontrado a la mujer ideal, a la media naranja y todas esas cosas en las que uno dice no creer hasta que le pasan. Entonces, al cortarme el rostro, caí desde un décimo piso directamente contra el asfalto de la cruda realidad.

 

2

 

Semanas más tarde de aquel encuentro azaroso, he solido pensar en el puto bondi que nunca llegó. “Colectivo hijo de la gran yuta”, me he dicho a mí mismo, mirando las estrellas desde el balcón de mi departamento en Morón y balanceando un frío Campari con jugo de naranja. Por qué cornos no se apresuró y me sacó de esa posibilidad de ir hasta la maldita Plaza del Ángel Gris a encontrarme con Carmen, a deslumbrarme con su carisma espiritual y corporal, a enamorarme de ella y a terminar sufriendo como un idiota ante su desplante y frente a su evanescente ser. Pero es también ahí que he solido detenerme a pensar un poco mejor las cosas. He enarbolado explicaciones algo místicas y otras que no tanto. Es así que ha creído que algún sentido hubo de tener tal cruce en nuestras vagas y efímeras existencias. No como un mensaje de Dios o del Universo. Tampoco como esa huevada de la “sincronicidad”. Pero sí algún significado le he intentado dar. Porque “la vida es sueño”, como decía Pedro Calderón de la Barca y los sueños portan mensajes de nuestra alma o, al menos, eso leí alguna vez en Freud, aprovechando los momentos en que no hay muchos clientes en la librería en la que trabajo desde hace cuatro años, ahí, en Yerbal y Boyacá.  

 

Pues bien: ¿qué significó conocer a Carmencita, la niña bailaora? Para un mediocre conformista como lo era hasta entonces, representó enterarme de que existía un mundo paralelo al que me había inventado en mi cabeza. Y que era muy diferente de ese monótono, aburrido, repetido y triste universo en el que me había conformado meramente a “existir”. Me sirvió para entender que, a veces, perder un colectivo o un tren, en lugar de ser la peor tragedia que te puede ocurrir en el día o en la semana, es la ocasión para hacer algo diferente o distenderte. Como aquel atardecer primaveral en el que me atreví a preguntarle a Carmen qué era ese corpóreo arte tan desconocido para mi rutinario cuerpo de vendedor, casi embalsamado por las directrices de un cruel sistema que sólo exige automatismo.

 

3

 

Hoy ya no hay Carmen, ni Matienzo, ni colectivos que se demoran, excepto los que me llevan de nuevo hasta mi trabajo o hasta lo del gringo Miguel, un amigo que ahora vive en Laferrere y al que no veía desde que terminamos el colegio secundario en Haedo, allá por el año 2006. Tampoco busco ya lugares emblemáticos de Capital ni personalidades excepcionales que me hagan sentir parte de “la crema” social, de alguna inexistente elite o de la pseudo-farándula mediocre de los lugarcillos comunes en los que la noche porteña se regodea en sí misma.

 

Ahora me da lo mismo patear por Recoleta que por Merlo sur. Y si conozco alguna chica, no me importa si baila o vende facturas en la panadería del barrio, si canta o es carnicera, porque aprendí que, en esta vida, es tan valioso el último escultor de París como el repositor del chino que vino de Venezuela dejando a su hijo de apenas un añito allá, con tal de proveerle un futuro mejor. Aprendí que es tan trascendente el mejor cellista del Teatro Colón como el “trapito” de la cuadra, que se gana la moneda día a día de un modo igual de digno que cualquier otro trabajador. También saludo al encargado del edificio, cosa que antes no hacía, sin querer o a veces adrede. Y habló en el ascensor con Dorita, la vecina del 4° C, que es una viejita boliviana que siempre me sonríe a la mañana. Y yo le devuelvo la sonrisa.


De cuervos y tricolores

  El cuerpo del Negrito Miguel fue hallado muerto y empalado con una zanahoria en las inmediaciones de la Villa Carlos Gardel. Aparentement...