(Mientras
lees este cuento, el espectro de tu bisabuela bate sangre en un pote con
pedazos de perro muerto a tus espaldas. No la puedes ver ni oír. Pero esta
noche, a mitad de la madrugada, cuando estés durmiendo boca bajo, ella te
tomará de los tobillos y largará un gritó estridente que helará todos tus
sentidos. No te podrás mover, cuando apoye su hediondo cuerpo en descomposición
sobre tu espalda. Te girarás de golpe, intentando respirar, pero ella apoyará
su concha caliente en tu rostro y de allí saldrán putrefactos gusanos que
caerán directo en tu boca.)
•
Aquella
tarde en el bosque de Cariló, con Ramiro y Federico decidimos que íbamos a
quedarnos hasta el anochecer, haríamos una fogata e intentaríamos quedarnos
toda la noche. Quisimos contar historias de terror, pero no fue necesario. Ya
entenderán ustedes por qué.
•
Caía
la noche en el bosque oscuro y frondoso. Ya prácticamente nada se veía más que
nuestros tenues rostros iluminados vagamente por linternas mediocres. Federico
era un sujeto definitivamente extraño. Una de esas personas que no te terminan
de cerrar. De hecho, era amigo de Ramiro y no mío. Creo que profesaba la
religión Umbanda. Tenía un olor asqueroso y los dientes deformes.
Mientras
tomábamos una bebida blanca bien ardiente, de golpe, en un instante de silencio
inesperado, comenzamos a escuchar un “tin tin tin”. Una especie de campanita
siniestra cuyo origen incierto nos causó gracia. Al menos, en un primer
momento. No sabíamos que ese iba a ser el comienzo del horror. Del espanto más
oscuro que puede un alma desprevenida sentir.
La
leyenda de la campanita de Cariló, dice que es el último ruido que oís antes de
la “exopsiquiasis”, una transmutación inter-espiritual entre los cuerpos
presentes en el momento de escucharla. Antiguamente, esto formaba parte del
ritual de la momia Bushra, cuyo significado en árabe es “buen augurio”. Sentido
equívoco si los hay porque la transformación inter-psíquica es de las
experiencias más horrendas que sentí.
•
Se
escuchó un horrible aullido de perro. Los tres miramos hacia donde provenía el
mismo y sentimos unos pasos humanos o, al menos, humanoides. La sombra deforme
comenzó a acercarse hacia nosotros. Había llegado la hora. El espíritu de la
momia del infierno nos miraba desde las sombras y nosotros, pálidos y
paralizados, absolutamente aterrorizados, empezamos a sentir la disgregación de
nuestra realidad psíquica en acto. El yo de Federico se impuso sobre mi ego,
capturando mi mente de manera tenaz y destronando mis criterios de pensamiento que
pasaron a verse absorbidos por idioteces descomunales que, en verdad, habitaban
la cabeza de él. Sentí cómo mi yo a la vez se dirigía al psiquismo de Ramiro, mezclándose
con el suyo.
•
Nuestros
cuerpos hicieron una fogata. La momia de las campanitas de Cariló comenzó a
desvestirse, es decir, a quitarse venda a venda. Ya no era una sombra, era una
entidad consistente, pero su cuerpo era un cadáver nauseabundo.
•
El
impulso de mi yo-Federico, es decir, la posesión en la que me convertí producto
de la “exopsiquiasis” hizo que me aproximara a la campera del cuerpo de Ramiro
y extrajera de allí un cuchillo. Quería impedirlo pero no podía. Comencé a
apuñalar al cuerpo de Federico cuya conciencia correspondía a la de Ramiro. Es
decir, era él quien en verdad moría y sentía el dolor.
•
Un
temible perro negro llegó hacia el amanecer. La fogata estaba apagada. Los tres
yacíamos tirados en el piso. Federico estaba muerto. Yo lo había matado.
Aunque, en realidad, Federico, habitándome, había matado al Ramiro psíquico. El
perro negro de ojos rojos empezó a enfurecerse y a ladrarme con rabia. De
pronto, su canino cuerpo de mastín devino la imagen misma del diablo o, tal
vez, fue una ilusión. Ya no lo sé. Lo único que recuerdo es que el Señor de las
Tinieblas era una parca rojiza, esquelética, cuya calavera tenía trozos de carne
viva y colmillos de lobo –o pantera. Sus cuernos de toro amarillentos ardían
porque provenían del mismísimo infierno. La maldad encarnada, la crueldad y el sadismo
personificados. Vestía debajo de su túnica negra, un traje de militar y tenía
una chapa de policía. La locura que vivimos ese día fue la Dictadura del 70 en miniatura,
porque él comenzó a torturarnos. Entendimos qué era el fascismo.
La destrucción de la vida, de la juventud, del amor. Del pensamiento, de la identidad. Del cuerpo. Del hombre. El retorno de la muerte. La venganza de los malnazidos.














