jueves, 26 de marzo de 2020

El rock latinoamericano como ética anticolonial



por MARCO ANTONIO GONZÁLEZ VILLA

El rock entrelaza diferentes notas y sonidos, voces y una lírica; es, desde su gestación, polifónico, polifacético y polisémico definitivamente. Se le puede encontrar un lado divertido, casi lúdico, caracterizado por generar ambientes eufóricos que impulsan a mover el cuerpo al compás de las melodías, repitiendo o inventando pasos, puede también impulsar a multitudes a cantar todos a un grito, o puede simplemente seducir el oído de los escuchas. Muestra, por otro lado, elementos que le confieren identidad y sentido a la vida de muchos individuos, como parte de sus rasgos personales, siendo estandarte y distintivo, uniendo a muchos en una familia en la cual no se nació; trajo consigo toda una forma nueva de vivir, de vivirse y ser en lo social, incluyendo bailes, peinados, lecturas, actitudes, estilos de hablar y de actuar: creó, así, la figura del  rockero. En los últimos años se le ha reconocido, dentro del círculo académico,  también un aspecto epistemológico (Morales, 2014), dado que forma parte del acervo cultural histórico de diferentes generaciones del cual se cuenta hoy con registros electrónicos, y profundas huellas mnémicas, y en cuya letra podemos identificar elementos lingüísticos y narrativos que posibilitan analizar un contexto sociohistórico específico, tanto espacial como temporal, que dan cuenta de los cambios sociales que se han suscitado en el tiempo. Es, por tanto, un testigo nada mudo de todo lo que acontece en el mundo. El rock dice. Nunca es callado ni pasivo, ha traído de siempre una fuerza que lo hace incontenible, sin importar el lugar ni la lengua desde la cual se enuncie, las notas hermanan a los que gustan del rock y las canciones, así, traspasan las fronteras. Y en América Latina el idioma español corre a lo largo de todo el continente, independientemente de muros o divisiones geográficas, por lo que compartimos un rasgo identitario, al igual que una historia y un origen similar entre los pueblos y las naciones, en donde han quedado marcas por haber sido conquistados, por atestiguar el intento de que fuera borrado todo vestigio de las culturas originarias y, lamentablemente, de vivir un proceso de Colonialidad (Vaca, 2017). Y es aquí donde el rock muestra una faceta pocas veces reconocida: es el rock en una faceta con un alto compromiso social. Levinas (2017) señala que el acto de significar es más pobre que el acto de percibir, lo que implica, sobre estas arenas, que habrá personas que centren, exclusivamente, su atención en la música, en la voz del cantante, en el género, el nombre del grupo, en su trayectoria, en el concepto de un disco, o en cualquiera de las distintas posibilidades, dado que perceptualmente estamos recibiendo diferentes estímulos a un mismo tiempo, sin embargo, tendemos a darle sentido y significado solamente a una parcialidad de ellos, siendo esto una de las posibles razones que pueden limitar o impedir que las letras no logren transmitir un mensaje que se puede escuchar entre líneas, no en lo subliminal, sino como crítica lanzada al compás de la música; no obstante, en muchas ocasiones, el rock logra trascender el ámbito de lo musical. Es claro que, en los siglos posteriores a la conquista, ha prevalecido una visión ilusa, imperialista, de universalizar lo que puede considerarse conocimiento, así como formas válidas de hacer arte, tratando de imponer una visión en cada rincón del planeta, de manera soberbia e independientemente de las dimensiones de tiempo y espacio; no obstante, el rock latinoamericano ha tomado su propio cauce y dirección, teniendo puntos de encuentro, en diferentes lugares y momentos, con principios de las prácticas y perspectivas decoloniales y anticoloniales. En este sentido, Zemelman (Rivas, 2005) propone un proceso de recuperación de la memoria, de la historia, de la emocionalidad, de lo económico, lo político y lo cultural que se entrecruzan en un ser concreto y en una situación concreta, pero, sobre todo, que le otorguen dignidad a un sujeto que ha sido denostado a lo largo del tiempo. De esta manera se puede cuestionar una arraigada geopolítica del conocimiento, y del ser, y se hace posible el surgimiento de epistemologías emergentes (Víctor, 2015); y aquí el rock, a través de sus letras, crea formas otras de generar saberes sobre una realidad que se vive y no ha podido erradicarse, pero que se ha vuelto insoportable e inaceptable. En la lírica de diferentes canciones encontramos palabras que cuestionan, confrontan, critican, señalan, evidencian y denuncian aspectos de lo social que revelan desigualdad y fallas en los sistemas sociopolíticos y económicos de distintos países de Latino América a lo largo del tiempo. Se ha convertido, desde una postura ética en la que se atiende a aquel que es vulnerable (Levinas, 2015), en portavoz de aquellos que aparecen en las estadísticas sólo como número, con existencias que tienden a ser negadas u ocultas y cuyas denuncias no encuentran espacios de expresión en los medios informativos, por lo que no existen registros oficiales de su presencia, salvo como simple dato o como notas de paso referidas sin darles la importancia que poseen y merecen. Pone el dedo en la llaga, pero también obliga a mirar, a reflexionar y tomar conciencia sobre aquello que en lo aparente no sucede, pero que está presente en las ciudades de cualquier país. Es un rock que hace retratos “cantados”, fotografías musicales de imágenes cada vez más cotidianas en las ciudades y en cuyas letras queda un testimonio grabado, que lo acerca a formas de trabajo parecidas a la propuesta de Rivera Cusicanqui en  Sociología de la imagen  (2015), como forma de denuncia que visibiliza y deja testimonio; es un rock con fuerza en la palabra, que se pronuncia, que parcializa su discurso pero con un fin: lo social, siempre lo social. Nadie podrá reclamarle con el tiempo que no mostró una postura, un compromiso o un pronunciamiento; su posición siempre ha sido clara. No podía ser de otra manera. Es un rock al que podemos llamar ch ́ixi, abigarrado (Rivera, 2010), en donde coexisten a un mismo tiempo culturas opuestas, sin fusión, retomando sonidos que se originan y provienen de lugares y circunstancias distintas, mezclados con los propios sonidos, con ritmos que poseen un rasgo identitario, local, que dan cuenta de grupos y culturas que persisten en la historia;  Café Tacuba  en México y los Aterciopelados  en Colombia son claros ejemplos, por referir sólo algunos. No hay síntesis en la música, pueden advertirse matices distintos; no es un rock tropicalizado como tienden a llamarlo despectivamente, tampoco híbrido o mestizo, es realmente abigarrado, un rock otro, con sonidos y con letras que evidencian a un ser con arraigo por su tierra. Rock e historia, ética anticolonial: México El rock, desde sus inicios en la segunda parte del siglo XX, fue adoptado inmediatamente por jóvenes y adolescentes, lo que les daba la posibilidad, en un mundo de adultos, de poder tener una forma de expresión para ser tomados en cuenta, no sólo como rebeldía, sino también como un medio a través tuvieran el reconocimiento de su ser; lamentablemente, esto representó la fuente y origen de su desgracia: como Dussel señala (1996), el filicidio es la alienación pedagógica por excelencia, la totalización de un ser, un hijo, que requiere ser asesinado en el vientre del pueblo por represión cultural en nombre de la libertad. Es un saber que diferentes mandatarios en América Latina han tenido claro a lo largo del tiempo y han aplicado cuando lo han creído necesario o conveniente para sus propios fines, ante lo cual, pese a lo aberrante, pocos se han atrevido a denunciar. Al rock, por el contrario, nunca le tembló la mano, ni la voz. El caso de México es un ejemplo. Nadie ignora y tampoco olvida lo que representó el año de 1968 para el mundo entero, obviamente los padres y madres de muchos jóvenes sacrificados el 2 de octubre en México nunca podrán hacerlo; el silencio de diferentes medios de
comunicación y la distorsión de los hechos de parte de otros fue no sólo vergonzoso, sino atemorizante. Para el gobierno representó un golpe de autoridad con el que mandaba un mensaje directo a la población en general, legitimando así la represión. Con ese respaldo y aún con el dolor y secuelas del 68, 1971 es también un año recordado por la aparición de los Halcones y la matanza nuevamente de estudiantes ocurrida el 10 de junio. El presidente de la República en ese entonces, Luis Echeverría Álvarez, un personaje cercano al expresidente Díaz Ordaz y al 2 de octubre de 1968, negó todo tipo de vinculación entre el gobierno federal y los hechos; sin embargo, todos reconocían las políticas de control implementadas nuevamente. Para evitarse mayores conflictos durante su gestión, el Festival de rock y ruedas de Avándaro efectuado en 1971, la mexicana versión de  Woodstock, fue, por un largo tiempo, de las últimas manifestaciones públicas multitudinarias del rock. A partir de ese momento quedó fuera de la televisión, la radio, los conciertos en lugares públicos y de todo aquello que pudiera promover su escucha. Nuevamente los medios no cuestionaron el mandato y las acciones ejercidas. La represión y el silencio, a costa de muertes y prohibiciones, logró instituirse en la sociedad mexicana.
Es aquí donde el rock en México decide tomar otro rumbo, otra postura y no callar. Cargando ahora con un estigma de anarquía que lo condena a vivir en la marginalidad de forma permanente, subterráneo en la periferia de la creciente ciudad de México en colonias y barrios de niveles económicos ligados a la pobreza, dejando atrás los covers  y las letras ligadas al amor, las fiestas y el baile, para empezar a ganar espacios para la libertad de expresión y la denuncia desde la clandestinidad; hay por tanto una postura anticolonial asumida (Rivera, 2019), que devino en una lucha cotidiana y permanente. Surgió entonces el El Tri (cuyo nombre al principio era  three souls in my mind ), con canciones como Abuso de autoridad y Nuestros impuestos  con las que realizó una confrontación y denuncia directa contra las acciones del partido oficial y así dio pie a lo vendría en las décadas siguientes. En los ochenta y los noventa el rock empezó a recuperar espacios y aparecieron en sus letras los rostros y las vidas de aquellos que no aparecían en los informes de gobierno, personas frágiles y vulnerables socialmente de las cuales se negaba su existencia y que eran abandonadas al desamparo. Las letras, entonces, nos ofrecieron una perspectiva desde la visión del negado, de aquel que no tiene privilegios, de esa persona cuyo ser demuestra que sigue existiendo el Colonialismo Interno que denunciaba González Casanova (2003) décadas atrás. Pese a la denuncia y el señalamiento, las imágenes creadas a través de las letras reflejan una realidad omnipresente, que no cambia y no se atiende, pero que debe seguir siendo visible y cuestionada. Así pudimos escuchar a un abandonado social Niño sin amor, el Niño de la calle del Tri y Tijuana No respectivamente. Maldita Vecindad puso el dedo en la llaga al mostrar diferentes caras de la pobreza con temas como Solín, Un poco de sangre o Un gran Circo; también abordaron el tema de la migración con su canción de Mojado, al igual que lo hizo Molotov con Frijolero o Control Machete con Humanos Mexicanos: en este último tema de 1997 encontramos líneas que a la letra dicen “que vas a poner un muro, si sabemos trabajar, seguro le damos duro” que parecieran escritas en estos años recientes, a partir de la postura del actual presidente de Estado Unidos. La Castañeda, por su parte, creó la canción Confusión del albúm El Globo Negro de 1995, en la que hacía un recuento de los daños generados durante el sexenio del neoliberal Carlos Salinas de Gortari, en la que resaltaba un movimiento que permitió hermanar a diferentes cantantes latinos del continente y más allá de los litorales: nos referimos al surgimiento del EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional) quienes obligaron volver la mirada hacia las comunidades indígenas, las cuales históricamente han sufrido marginación, discriminación y una permanente condición de pobreza. El EZLN fue apoyado abiertamente por grupos mexicanos como Maldita Vecindad, Café Tacuba, Santa Sabina y Panteón Rococó, pero también contó con el apoyo de grupos como Todos tus Muertos, Mano Negra o cantantes como Manu Chao y Fito Páez, provenientes de más allá de la frontera, pero hermanados a través de la causa, de la condición latina, de la lengua...de un sentir por la historia; fue una lucha codo a codo entre hermanos, promoviendo y luchando unidos por una situación de igualdad, a lo que Dussel llama proximidad (Dussel, 1996). Obviamente, existe un número mayor de grupos y cantantes de rock que se comprometieron con las causas y con los individuos en México, aquí sólo se hizo referencia a algunos para patentizar y dar testimonio de la forma de lucha y postura ofrecida. De igual manera, este tipo de prácticas anticoloniales han podido observarse en otros países de América Latina, como Argentina y Chile, de las que podemos resaltar temas como Matador, Mal Bicho o Manuel Santillán El León de Los Fabulosos Cadillacs, Los dinosaurios de Charly García y Victoria Clara de Bersuit Vergarabat cuyas letras y videos recuerdan las atrocidades cometidas por las dictaduras militares en América del Sur, o la canción 11y 6 de Fito Paez que nos muestra una estampa de la infancia que vive en la calle y en la carencia, o el tema de Los prisioneros de Chile Tren al sur, quienes nos recuerdan que viajar hacia el sur nos conduce a la pobreza, que alude a esta permanente mirada que tiene América Latina hacia el norte, significado como sueño y progreso, y que motiva a migrar a muchos, llevándolos a vivir en el desarraigo, para buscar una vida digna que no encuentran en sus tierras saqueadas por capitalistas. De esta manera, el rock en Latinoamérica no sólo busca entretener a su público, hay también la posibilidad de generar conciencia social a través del canto y la escucha. El otro así, el que se encuentra en el desamparo y la indefensión, vive en el rock, como imperativo ético, como un acto de responsabilidad que pretende no sólo ser empáticos con su condición, sino también hacer posible sentar las condiciones para devenir en un somos, en un nosotros, latinoamericanos, en una experiencia rebelde por construir una comunidad de vida en un espacio geográfico que lleva siglos buscando su emancipación...y su reconocimiento.

Epílogo

“Podrás quemar toda mi historia//Podrás quitarme la razón//Podrás esconderme la memoria // Pero jamás mi corazón”

Saúl Hernández, Fuerte

La historia de cualquier país se puede recuperar a partir de un bagaje de conocimientos construidos por sí mismos como son la creación de dibujos, de letras, de la tradición hablada a través de las voces entre generaciones, de las fotografías, de la música, elementos todos ellos implícitos en la cultura del rock, que gracias a la tecnología de hoy se puede contar con respaldos en grabaciones de video o audio para incrementar su acervo; es aquí donde el rock contribuye, con su lenguaje, con su ritmo, con sus imágenes y en su  peculiar estilo, a dejar su huella y aportación en una forma diferente de hacer historia: en una voz no oficial que narra su vivencia de los hechos, como analogía de la  Visión de los vencidos. Cuenta una historia no oficial, pero que es más fiel y cercana a la circunstancia de la mayoría de los latinos. La música y sus líricas siempre han tenido la posibilidad de llevarnos y transportarnos a lugares y momentos en los que no estamos, pero que nos permite, a través de imágenes delineadas por cada una de las letras, conocer y conectar con las diferentes realidades de aquellos que tienen una vida marginal, cumpliendo así con un compromiso social y una responsabilidad al ser figuras públicas con un micrófono en la mano; el rock es práctica, no sólo discurso, anticolonial en tanto elemento contracultural, pero es sobre todo ético, dada su labor social de visibilizar al desvalido y promover un pensamiento crítico intra e interindividualmente.






miércoles, 25 de marzo de 2020

"¡Al diablo con el jefe!"



No se sabe con exactitud qué día comenzaron los actos de vandalismo. Solamente comenzaron a suceder. Primero en una Farmacia, luego en un Banco, más tarde en una Panadería, después en un Geriátrico y, finalmente, por todos lados. En esa época, la Ciudad no estaba plagada de cámaras de seguridad como hoy en día, que existen tanto privadas como municipales. Tampoco eran habituales las garitas, ni los serenos. Apenas la propia policía merodeaba cansinamente las calles del barrio, con una patrulla destartalada manejada por un gordo suboficial apellidado Salvatierra.

“Pitufo” Giménez era el Comisario de la zona de Villa Estridencia. Manejaba todos los negocios paralelos que le son dados a un señor en su rol: prostíbulos, narcotráfico, trapitos, bolicheros, casas de cambio ilegales, etc. Hacía dos meses que se había recuperado milagrosamente de un cáncer de testículos que lo tuvo cagado hasta las patas y a maltraer un año y medio. Pero ahora, este vandalismo imprevisto -estos piromaníacos disidentes, estas lauchas criminales irracionales- era el nuevo tumor de la sociedad. Y el Intendente Mariano Valverde no paraba de hacérselo saber. Tanto él como el Gobernador de la Provincia de Quimeras y su respectivo Ministro de Seguridad quienes, a su vez, recibían presiones directas de la mismísima Presidenta de la República Occidental de la Conformidad.

-          ¡Cómo carajo puede ser que en un pueblucho de mala muerte como el nuestro se esté armando tanto alboroto y no podamos apagar este incendio!  
-          Estamos trabajando en eso, Marianito. Quedate tranquilo que en cuestión de días ya vamos a tener identificados a estos peleles y, muerto el perro, se acabó la rabia.
-          ¿Pero vos sos pelotudo? ¡Horas, no días! Resolvé esto ya, Giménez o te prometo que no te salva ni la madre tierra...  
-          Quédese tranquilito, don Mariano. Yo estuve en la guerra del 66, allá en el Sur, y le juro que estos pendejos no saben con quién se metieron. No me gané este puesto jugando al truco y comiendo medialunas. Ya mismo voy a armar una brigada anti-vandalismo especial, una elite de gente preparadísima para la victoria. Inteligentes hombres de logística y acción.

Esa tarde, Giménez salió del despacho del Intendente con más desorientación y julepe que con ideas claras. Lo de la brigada era todo chamuyo. Le faltaba poquito para jubilarse. No quería que lo rajaran antes de hora. Además, su carrera había sido impecable. Flor de botón. Participó activamente en todas las dictaduras, estuvo metido en atentados terroristas, con lo cual no podía ser que existiera alguien a quien tenerle más miedo que a sí mismo. Él era el Hombre a temer en el condado, pero con estos episodios subversivos e inexplicables, estaba quedando como un tremendo logi.   
***
Los grafiteros y skaters de antes, ahora se habían convertido en free stylers que se juntaban a batallar como gallitos en el medio de cualquier placita. La Plaza Serpiente Negra era la favorita de Mauro “El canario” Ortiz y de Marcelito “El narigón” Ojeda, no sólo para rapear y tomar cerveza barata, sino también para fumar y vender sus flores.

-          Dale, guacha, empezá vos ahora- agitaba el negrito Paulo.
-          Bueno, ahí va- respondió la rusita Belén.- Esta es para vos, gil…

Negrito, pito virgen, cabeza de chocolate
A ver si te diriges directo hacia el remate
No te olvides que los blancos no se bancan a los niggas
Y vos para esta paloma sos como un cacho de miga

Y a eso, respondía Paulo:
Mirá, blanquita loca, vos no te hagas la pro-aborto
Te vimos el otro día sacudiendo bien el orto
Ahora con los pibes vos te haces la distraída
Pero yo sé que en el fondo querés “salvar las dos vidas”

Al terminar cada lúcido o mediocre recitado, el resto de los allí concurrentes –habituales u ocasionales- aplaudía y ovacionaba más a alguno de los dos, según lo que su preferencia le dictara.

Una de esas reiteradas y monótonas tardecillas hiphoperas, Canario y Narigón secretearon largo rato bajo el sauce del linyera. Se reían a lo lejos, se ponían serios. Hacían gestos rarísimos con las manos y ponían caras misteriosas. Mucho enigma en esos desposeídos, en esos atorrantes bohemios que habían abandonado el secundario sin terminarlo y que yiraban como perros callejeros el día entero en busca de un hueso amigo. Melisa observaba todo, detrás de sus anteojos rojos que combinaban con las lágrimas del mismo color tatuadas en su carita de ángel maldito. Ella tenía diecisiete años, pero no era ninguna gila. No sólo porque se la pasaba tomando pastillas de cualquier índole con tal de flashear, sino además porque provenía de una familia de militantes de centroizquierda. Sus abuelos, sus tíos, sus viejos eran gente de convicciones fuertes y de una ideología prominente, trabajadora, popular y nacional. Detrás de su aspecto hípster, habitaba una subjetividad mucho menos conformista y careta. La gentrificación de Villa Estridencia hizo que se tuviera que ir a vivir con su familia al barrio de al lado, San Receloso, pero eso nunca impidió que durante las tardes volviera a Plaza Serpiente Negra para verse con sus amigos y con sus ex compañeros del colegio.       
  
-          ¿Qué traman?
-          Tomatelá, amiga. Vos no tenés que saber nada de todo esto.
-          Dale, pelotudo. No soy ninguna idiota. ¡Zum Teufel mit dem Chef!
-          Uff…

Mauro “El canario” Ortiz y Marcelito “El narigón” Ojeda, luego de pensar un rato largo y de hacerse los interesantes con el asunto, decidieron contarle el plan que tenían en mente a Melisa.

-          Bueno, mirá. Estamos planificando ir haciendo mierda todo poco a poco. ¿Entendés? Ya empezamos por algunos lugares, como habrás visto, con ayuda de otres pibas y pibes. Pero ahora queremos pudrirla del todo. Estamos podridos del capitalismo, del femicidio y de la colonización. No queremos vivir más en Conformidad. Queremos desatar la hecatombe. No creemos más en nadie ni en nada. Llegamos a un punto ultimísimo de hartazgo. Esto se termina acá. Sin embargo, no queremos que la destrucción deje de ser un hecho artístico. 

miércoles, 4 de marzo de 2020

Hydrophiinae (serpiente marina)




Las calles de Floresta se habían inundado, así que aunque suene medio raro, me puse a nadar. Nadé como quince minutos. Fui desde Francisco de Bilbao al 3500 todo derechito por Mariano Acosta hasta Rivadavia. No conocía esa zona, así que entre manotazo y bocanada, pispié. Vi que vendían mucho inodoro nuevo. “Deben cagar varias veces al día estos porteños” pensé en mis adentros. Esquivando anguilas y pejerreyes, choqué con tremenda estructura metálica que parecía submarino. Se trataba de Pelamis, la máquina portuguesa que tiene forma de enorme serpiente colorada y que genera electricidad a partir de los oleajes. Me resultó exagerado eso en una Capital inundada. Es cosa que uno más bien podría ver en océano, no en barrio porteño.

El tren estaba descontrolado intentando aparearse con la serpiente. Miraba todo ya, a esta altura, desde un balcón vacío en el que luego iba a aparecer señora vecina, cuarentona sexy de caderas ardientes. En realidad, el Sarmiento había descarrilado y era esa la sensación: que se quería coger a la serpiente. Tanto como yo a la vecinita. Terminé de instalarle internet en la terraza (de eso trabajo) y volví a la inundación callejera. Cuerpos lodo, cuerpos arena, cuerpos y más cuerpos como células de un organismo anónimo. Surfeadores vespertinos de mierda y loza. Nadadores de lo profundo del Bajo Flores. Conectando gente para desconectar personas, iba. Por eso me pagan. Llego al lugar, enciendo el módem y desenchufo al sujeto que pasa a ser tragado por una vorágine de imágenes aturdidoras que ya no lo dejarán ni pensar.               

“No sirvo para manejarme en la tierra” pensé. Lo mío es lo acuoso, me di cuenta. En tiempos líquidos donde por dos mangos te liquidan (todo menos el sueldo), quizá no esté tan mal ser una mojarrita, un pez gordo no, en todo caso, una serpiente marina. Dicen que tiene la cola como un remo. Y que tiene un veneno muy poderoso. De mí no sé qué dice, ni tampoco me interesa.

Esperé largo rato en un techo ajeno, creo que era el barrio de Boedo y en un momento ya no esperé más. Volví a retomar Rivadavia a nado: un poco de crol, un poco de espalda y finalmente mariposa. Más o menos a la altura de Caballito frené un drone de la empresa Übermensch que fabrica celulares invisibles, autos a control remoto de un tamaño para adultos, plomeros de goma espuma, amas de casa robot y prostitutas a pila. Ah, cierto. Y también drones. Son un tipo especial de aparato volátil que te engancha por la espalda con un garfio de goma dura que no se rompe con nada. A esa hora ya tenía que ir a la casa del pibito que juega con el diábolo. El diablo de dos palos y no de dos cuernos (a este último no lo vimos más desde aquella vez en Cromañón). 

Habré sobrevolado la Capital inundada hasta llegar al oeste muerto donde ya no quedan ni las ratas después del conflicto civil entre distintas facciones que se disputaban en poder, allá por 2044. El poder de la vida, desde que se descubrió en San Justo la máquina de hacer pendejos. Una cosa rarísima la que inventó Don Rafael, queriendo discutir con las feministas sobre el aborto un día dijo: “Ah, con que quieren interrumpir el embarazo. Entonces yo me pongo a continuar la especie.” Y armó algo así como una cosa de hacer clones. Pero en realidad no son del todo clones, son humanos nuevos. No tienen exactamente el mismo ADN que otros ya existentes. Hace como una fertilización, qué carajo sé yo de todo eso.       

Cuando llegué a Castelar, el Tito ya estaba comiendo gelatina canábica hacía un rato largo. Se legalizó en 2030, lector. Usted sí que no sabe nada. Y el aborto se legalizó en 2022. El día que fusilaron a Macri en Plaza de Mayo, ¿no lo recuerda? Pfff cómo alguien se puede olvidar de esas cosas… Si hasta recuerdo el olor a choripán ingresando lentamente en mis orificios nasales, al ritmo de la marcha peronista y el grito de la multitud diciendo: “¡Muerte al traidor, muerte al gato!”. Su fortuna se utilizó para indemnizar a las familias que peor la pasaron en la crisis que fomentó adrede su nefasto gobierno.

Tito era famoso en el barrio, por quemar el locutorio de mierda para el que trabajó de manera capitalista y explotadora una década y media. Desde ese día, el Socialismo Punk del Oeste lo respetaba como un tipo con el que no se jode. Lo hicieron pasar al frente en aquella X Jornada de Anarco-jóvenes por un Antifuturo nacional y popular y le pidieron que dijera algunas palabras, en especial para los más jóvenes, les chiquilles de 12 o 13 años que ya empezaban con su pañuelo verde cubriéndoles la mitad del rostro a empuñar la AK-47 con una destreza presta para la lucha de liberación psíquica contra el Imperio Anodino de Domingos Eternos Frente al Rey Netflix.

No fue fácil conversar aquella tarde con Tito porque tenía colchón nuevo. Y cuando cambia el colchón se pone en modo pelotudo. Salta, lo huele, duerme, coge con cualquiera, se engolosina. Está bien, lector, es cierto. Los colchones de la empresa Manaos (que quebró haciendo gaseosas porque saltó la ficha que eran de pis de rata) son una exquisitez. En el caso de que usted sea un varón cis o una hembra les (?), puede adquirir el modelo Vaginatis 22MPSS que viene con una imitación de la vagina femenina en el centro, para las noches de ardor solitario. Hay otros modelos que vienen con lenguas, rectos para ser penetrados y penes de distintos tamaños. El colchón Hermafroditis 7000 es uno de sus favoritos. Pero no le dio la guita, así que se compró un hetero de una plaza y media…

De cuervos y tricolores

  El cuerpo del Negrito Miguel fue hallado muerto y empalado con una zanahoria en las inmediaciones de la Villa Carlos Gardel. Aparentement...