por MARCO ANTONIO GONZÁLEZ VILLA
El rock entrelaza diferentes notas y sonidos, voces
y una lírica; es, desde su gestación, polifónico, polifacético y polisémico
definitivamente. Se le puede encontrar un lado divertido, casi lúdico,
caracterizado por generar ambientes eufóricos que impulsan a mover el cuerpo al
compás de las melodías, repitiendo o inventando pasos, puede también impulsar a
multitudes a cantar todos a un grito, o puede simplemente seducir el oído de
los escuchas. Muestra, por otro lado, elementos que le confieren identidad y
sentido a la vida de muchos individuos, como parte de sus rasgos personales,
siendo estandarte y distintivo, uniendo a muchos en una familia en la cual no
se nació; trajo consigo toda una forma nueva de vivir, de vivirse y ser en lo
social, incluyendo bailes, peinados, lecturas, actitudes, estilos de hablar y
de actuar: creó, así, la figura del rockero.
En los últimos años se le ha reconocido, dentro del círculo académico, también un aspecto epistemológico (Morales,
2014), dado que forma parte del acervo cultural histórico de diferentes
generaciones del cual se cuenta hoy con registros electrónicos, y profundas huellas
mnémicas, y en cuya letra podemos identificar elementos lingüísticos y
narrativos que posibilitan analizar un contexto sociohistórico específico,
tanto espacial como temporal, que dan cuenta de los cambios sociales que se han
suscitado en el tiempo. Es, por tanto, un testigo nada mudo de todo lo que
acontece en el mundo. El rock dice. Nunca es callado ni pasivo, ha traído de
siempre una fuerza que lo hace incontenible, sin importar el lugar ni la lengua
desde la cual se enuncie, las notas hermanan a los que gustan del rock y las canciones,
así, traspasan las fronteras. Y en América Latina el idioma español corre a lo largo
de todo el continente, independientemente de muros o divisiones geográficas,
por lo que compartimos un rasgo identitario, al igual que una historia y un
origen similar entre los pueblos y las naciones, en donde han quedado marcas
por haber sido conquistados, por atestiguar el intento de que fuera borrado
todo vestigio de las culturas originarias y, lamentablemente, de vivir un
proceso de Colonialidad (Vaca, 2017). Y es aquí donde el rock muestra una
faceta pocas veces reconocida: es el rock en una faceta con un alto compromiso
social. Levinas (2017) señala que el acto de significar es más pobre que el
acto de percibir, lo que implica, sobre estas arenas, que habrá personas que
centren, exclusivamente, su atención en la música, en la voz del cantante, en
el género, el nombre del grupo, en su trayectoria, en el concepto de un disco,
o en cualquiera de las distintas posibilidades, dado que perceptualmente
estamos recibiendo diferentes estímulos a un mismo tiempo, sin embargo,
tendemos a darle sentido y significado solamente a una parcialidad de ellos,
siendo esto una de las posibles razones que pueden limitar o impedir que las
letras no logren transmitir un mensaje que se puede escuchar entre líneas, no
en lo subliminal, sino como crítica lanzada al compás de la música; no
obstante, en muchas ocasiones, el rock logra trascender el ámbito de lo
musical. Es claro que, en los siglos posteriores a la conquista, ha prevalecido
una visión ilusa, imperialista, de universalizar lo que puede considerarse
conocimiento, así como formas válidas de hacer arte, tratando de imponer una
visión en cada rincón del planeta, de manera soberbia e independientemente de
las dimensiones de tiempo y espacio; no obstante, el rock latinoamericano ha
tomado su propio cauce y dirección, teniendo puntos de encuentro, en diferentes
lugares y momentos, con principios de las prácticas y perspectivas decoloniales
y anticoloniales. En este sentido, Zemelman (Rivas, 2005) propone un proceso de
recuperación de la memoria, de la historia, de la emocionalidad, de lo
económico, lo político y lo cultural que se entrecruzan en un ser concreto y en
una situación concreta, pero, sobre todo, que le otorguen dignidad a un sujeto
que ha sido denostado a lo largo del tiempo. De esta manera se puede cuestionar
una arraigada geopolítica del conocimiento, y del ser, y se hace posible el
surgimiento de epistemologías emergentes (Víctor, 2015); y aquí el rock, a través
de sus letras, crea formas otras de generar saberes sobre una realidad que se
vive y no ha podido erradicarse, pero que se ha vuelto insoportable e
inaceptable. En la lírica de diferentes canciones encontramos palabras que
cuestionan, confrontan, critican, señalan, evidencian y denuncian aspectos de
lo social que revelan desigualdad y fallas en los sistemas sociopolíticos y
económicos de distintos países de Latino América a lo largo del tiempo. Se ha
convertido, desde una postura ética en la que se atiende a aquel que es
vulnerable (Levinas, 2015), en portavoz de aquellos que aparecen en las
estadísticas sólo como número, con existencias que tienden a ser negadas u
ocultas y cuyas denuncias no encuentran espacios de expresión en los medios
informativos, por lo que no existen registros oficiales de su presencia, salvo
como simple dato o como notas de paso referidas sin darles la importancia que
poseen y merecen. Pone el dedo en la llaga, pero también obliga a mirar, a
reflexionar y tomar conciencia sobre aquello que en lo aparente no sucede, pero
que está presente en las ciudades de cualquier país. Es un rock que hace
retratos “cantados”, fotografías musicales de imágenes cada vez más cotidianas
en las ciudades y en cuyas letras queda un testimonio grabado, que lo acerca a formas
de trabajo parecidas a la propuesta de Rivera Cusicanqui en Sociología de la imagen (2015), como forma de denuncia que visibiliza
y deja testimonio; es un rock con fuerza en la palabra, que se pronuncia, que
parcializa su discurso pero con un fin: lo social, siempre lo social. Nadie
podrá reclamarle con el tiempo que no mostró una postura, un compromiso o un
pronunciamiento; su posición siempre ha sido clara. No podía ser de otra
manera. Es un rock al que podemos llamar ch ́ixi, abigarrado (Rivera, 2010), en
donde coexisten a un mismo tiempo culturas opuestas, sin fusión, retomando sonidos
que se originan y provienen de lugares y circunstancias distintas, mezclados
con los propios sonidos, con ritmos que poseen un rasgo identitario, local, que
dan cuenta de grupos y culturas que persisten en la historia; Café Tacuba en México y los Aterciopelados en Colombia son claros ejemplos, por referir
sólo algunos. No hay síntesis en la música, pueden advertirse matices
distintos; no es un rock tropicalizado como tienden a llamarlo despectivamente,
tampoco híbrido o mestizo, es realmente abigarrado, un rock otro, con sonidos y
con letras que evidencian a un ser con arraigo por su tierra. Rock e historia,
ética anticolonial: México El rock, desde sus inicios en la segunda parte del
siglo XX, fue adoptado inmediatamente por jóvenes y adolescentes, lo que les
daba la posibilidad, en un mundo de adultos, de poder tener una forma de
expresión para ser tomados en cuenta, no sólo como rebeldía, sino también como
un medio a través tuvieran el reconocimiento de su ser; lamentablemente, esto
representó la fuente y origen de su desgracia: como Dussel señala (1996), el
filicidio es la alienación pedagógica por excelencia, la totalización de un
ser, un hijo, que requiere ser asesinado en el vientre del pueblo por represión
cultural en nombre de la libertad. Es un saber que diferentes mandatarios en
América Latina han tenido claro a lo largo del tiempo y han aplicado cuando lo
han creído necesario o conveniente para sus propios fines, ante lo cual, pese a
lo aberrante, pocos se han atrevido a denunciar. Al rock, por el contrario,
nunca le tembló la mano, ni la voz. El caso de México es un ejemplo. Nadie
ignora y tampoco olvida lo que representó el año de 1968 para el mundo entero,
obviamente los padres y madres de muchos jóvenes sacrificados el 2 de octubre
en México nunca podrán hacerlo; el silencio de diferentes medios de
comunicación y la distorsión de los hechos de parte
de otros fue no sólo vergonzoso, sino atemorizante. Para el gobierno representó
un golpe de autoridad con el que mandaba un mensaje directo a la población en
general, legitimando así la represión. Con ese respaldo y aún con el dolor y
secuelas del 68, 1971 es también un año recordado por la aparición de los Halcones
y la matanza nuevamente de estudiantes ocurrida el 10 de junio. El presidente
de la República en ese entonces, Luis Echeverría Álvarez, un personaje cercano
al expresidente Díaz Ordaz y al 2 de octubre de 1968, negó todo tipo de
vinculación entre el gobierno federal y los hechos; sin embargo, todos
reconocían las políticas de control implementadas nuevamente. Para evitarse
mayores conflictos durante su gestión, el Festival de rock y ruedas de Avándaro
efectuado en 1971, la mexicana versión de Woodstock, fue, por un largo tiempo, de las
últimas manifestaciones públicas multitudinarias del rock. A partir de ese momento
quedó fuera de la televisión, la radio, los conciertos en lugares públicos y de
todo aquello que pudiera promover su escucha. Nuevamente los medios no
cuestionaron el mandato y las acciones ejercidas. La represión y el silencio, a
costa de muertes y prohibiciones, logró instituirse en la sociedad mexicana.
Es aquí donde el rock en México decide tomar otro
rumbo, otra postura y no callar. Cargando ahora con un estigma de anarquía que
lo condena a vivir en la marginalidad de forma permanente, subterráneo en la
periferia de la creciente ciudad de México en colonias y barrios de niveles
económicos ligados a la pobreza, dejando atrás los covers y las letras ligadas al amor, las fiestas y el
baile, para empezar a ganar espacios para la libertad de expresión y la
denuncia desde la clandestinidad; hay por tanto una postura anticolonial asumida
(Rivera, 2019), que devino en una lucha cotidiana y permanente. Surgió entonces
el El Tri (cuyo nombre al principio era three
souls in my mind ), con canciones como Abuso de autoridad y Nuestros impuestos con las que realizó una confrontación y
denuncia directa contra las acciones del partido oficial y así dio pie a lo
vendría en las décadas siguientes. En los ochenta y los noventa el rock empezó
a recuperar espacios y aparecieron en sus letras los rostros y las vidas de
aquellos que no aparecían en los informes de gobierno, personas frágiles y
vulnerables socialmente de las cuales se negaba su existencia y que eran abandonadas
al desamparo. Las letras, entonces, nos ofrecieron una perspectiva desde la visión
del negado, de aquel que no tiene privilegios, de esa persona cuyo ser
demuestra que sigue existiendo el Colonialismo Interno que denunciaba González
Casanova (2003) décadas atrás. Pese a la denuncia y el señalamiento, las
imágenes creadas a través de las letras reflejan una realidad omnipresente, que
no cambia y no se atiende, pero que debe seguir siendo visible y cuestionada.
Así pudimos escuchar a un abandonado social Niño sin amor, el Niño de la calle
del Tri y Tijuana No respectivamente. Maldita Vecindad puso el dedo en la llaga
al mostrar diferentes caras de la pobreza con temas como Solín, Un poco de
sangre o Un gran Circo; también abordaron el tema de la migración con su
canción de Mojado, al igual que lo hizo Molotov con Frijolero o Control Machete
con Humanos Mexicanos: en este último tema de 1997 encontramos líneas que a la
letra dicen “que vas a poner un muro, si sabemos trabajar, seguro le damos duro”
que parecieran escritas en estos años recientes, a partir de la postura del
actual presidente de Estado Unidos. La Castañeda, por su parte, creó la canción
Confusión del albúm El Globo Negro de 1995, en la que hacía un recuento de los
daños generados durante el sexenio del neoliberal Carlos Salinas de Gortari, en
la que resaltaba un movimiento que permitió hermanar a diferentes cantantes
latinos del continente y más allá de los litorales: nos referimos al
surgimiento del EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional) quienes
obligaron volver la mirada hacia las comunidades indígenas, las cuales
históricamente han sufrido marginación, discriminación y una permanente
condición de pobreza. El EZLN fue apoyado abiertamente por grupos mexicanos
como Maldita Vecindad, Café Tacuba, Santa Sabina y Panteón Rococó, pero también
contó con el apoyo de grupos como Todos tus Muertos, Mano Negra o cantantes como
Manu Chao y Fito Páez, provenientes de más allá de la frontera, pero hermanados
a través de la causa, de la condición latina, de la lengua...de un sentir por
la historia; fue una lucha codo a codo entre hermanos, promoviendo y luchando
unidos por una situación de igualdad, a lo que Dussel llama proximidad (Dussel,
1996). Obviamente, existe un número mayor de grupos y cantantes de rock que se
comprometieron con las causas y con los individuos en México, aquí sólo se hizo
referencia a algunos para patentizar y dar testimonio de la forma de lucha y
postura ofrecida. De igual manera, este tipo de prácticas anticoloniales han
podido observarse en otros países de América Latina, como Argentina y Chile, de
las que podemos resaltar temas como Matador, Mal Bicho o Manuel Santillán El
León de Los Fabulosos Cadillacs, Los dinosaurios de Charly García y Victoria
Clara de Bersuit Vergarabat cuyas letras y videos recuerdan las atrocidades cometidas
por las dictaduras militares en América del Sur, o la canción 11y 6 de Fito
Paez que nos muestra una estampa de la infancia que vive en la calle y en la
carencia, o el tema de Los prisioneros de Chile Tren al sur, quienes nos
recuerdan que viajar hacia el sur nos conduce a la pobreza, que alude a esta
permanente mirada que tiene América Latina hacia el norte, significado como
sueño y progreso, y que motiva a migrar a muchos, llevándolos a vivir en el
desarraigo, para buscar una vida digna que no encuentran en sus tierras saqueadas
por capitalistas. De esta manera, el rock en Latinoamérica no sólo busca
entretener a su público, hay también la posibilidad de generar conciencia
social a través del canto y la escucha. El otro así, el que se encuentra en el
desamparo y la indefensión, vive en el rock, como imperativo ético, como un
acto de responsabilidad que pretende no sólo ser empáticos con su condición,
sino también hacer posible sentar las condiciones para devenir en un somos, en un
nosotros, latinoamericanos, en una experiencia rebelde por construir una
comunidad de vida en un espacio geográfico que lleva siglos buscando su
emancipación...y su reconocimiento.
Epílogo
“Podrás quemar toda mi
historia//Podrás quitarme la razón//Podrás esconderme la memoria // Pero jamás
mi corazón”
Saúl
Hernández, Fuerte


