lunes, 13 de junio de 2022

De cuervos y tricolores

 



El cuerpo del Negrito Miguel fue hallado muerto y empalado con una zanahoria en las inmediaciones de la Villa Carlos Gardel. Aparentemente, el guacho se había metido con el capo de la barra de Almagro y los secuaces de este acometieron la vindicta sin miramientos y con saña. Su madre reconoció al joven desfigurado en la morgue del Hospital Posadas, entre llantos desconsolados y gritos desesperados que reclamaban justicia. Sin embargo, en el barrio se sabía que, ante este tipo de situaciones, de nada servía apelar a la cana y tratar de hacer las cosas “por derecha”. Entonces, la tía de Miguel, Doña Anselma, mandó un par de mensajes de voz vía WhatsApp a Tulio, referente de la 1-11-14 en materia de venganzas, ya que era obvio que los pibes de la Charly Gardel no iban a querer meterse en quilombos con la banda del Fuerte Apache, zona picante en la que paraba Francisco alias Pancho, líder de la hinchada del club de José Ingenieros y responsable directo de la muerte de su sobrino, el Negrito.

Tulio se había sumado en el 98 a la hinchada de San Lorenzo, aunque la gente del barrio decía que hasta el 95 había sido hincha de Boca, cosa que nunca se constató. El rumor afirmaba que el tipo había visto la veta para hacer chanchullos en el Club de Boedo alojado desde mediados de los noventa en el Bajo Flores y que, entonces, fue arrimando el bochín hasta hacerse bastante conocido en la popular azulgrana, llegando a ser considerado un fiel exponente de los muchachos de la Plaza Butteler.

De rasgos norteños, intenso pelo azabache y petiso, Tulito (como le decían los de máxima confianza) era bravío y calentón. Todavía algunos se acuerdan de la noche en la que, en “El Reventón” del barrio de Once, encaró fiero hacia cinco pendejos de la Plaza José C. Paz (la barra de Huracán) que andaban de “porongas” con vestimenta del club y de cómo trompeó lindo a los guachines, haciéndolos correr hasta la mitad de la Plaza Miserere, desde donde empezaron a tirarle piedras. Tulito guarda hasta el día de hoy una campera quemera como trofeo del combate.       

La mañana que Tulio recibió los mensajes de Doña Anselma, estaba jugando al billar con los muchachos en un tugurio de malísima muerte sobre la Avenida Perito Moreno. El olor del moscato y del humo de habano de poca calidad, impregnaba al ambiente de una atmósfera turbia que, junto al ruido del cuarteto cordobés y de las bolas chocando entre sí, ofrecía al transeúnte ocasional un espectáculo decadente pero gracioso al mismo tiempo.

Justo terminaba de mear, ya se había lavado las manos y no terminaba de secárselas, cuando sonó su celular repetidas veces. “¿Y ahora qué carajos pasó?”, se preguntó en ese momento. Agarró el teléfono y vio que era la tía del Negrito Miguel. Caminó hasta su mesa y remató lo poco de moscato que había en el vaso. Tomó un pucho del paquete del Tomate Raúl y salió a la vereda. Mientras encendía el cigarrillo le dio play a los audios de Anselma.



“Muchachos, vamos a tener que hacer un laburito”, les dijo a los tres hombres que estaban en el bolichito con él, al terminar de escuchar los WhatsApp y de fumarse el cigarro. “Hay una gente de Ciudadela que se metió con alguien cercano a la familia y eso no se puede permitir”, concluyó. Los demás, que lo miraban atentamente sin decir nada, se miraron entre sí intrigados. Pero ninguno se atrevió a preguntar nada y Tomate, haciéndose el portavoz del trío, respondió con firmeza: “De una, Tulito. Como vos digas”.

Esa misma noche, Tulio, Raúl, El loco Pérez y Martín alias Buitre se juntaron con la parte de la barrabrava de San Lorenzo con la que había más cercanía y afinidad, ya que Tulito no le caía bien a toda la Butteler (o “La Gloriosa”, como también se la conocía). Muchos pensaban que era un simple mercenario que se había metido en la hinchada solamente para hacer negocios varios, sacar tajada y que le importaban muy poco los colores del club. Se convocaron en un Bar de Pompeya, zona quemera, pero en la que igualmente paraban muchos cuervos.

“El fin de semana que viene, Almagro juega un amistoso con Deportivo Español en la cancha de estos. Tenemos que aprovechar ya que va a haber público visitante”, empezó proponiendo Tulio al resto de los tipos que lo escuchaban en silencio. “Vos, Loco, tenés un par de conocidos ahí en el Español. Así que vas a tener que charlar con los pibes para que estén al tanto de la emboscada y pedirles, de paso, que nos brinden una mano.” Si pretendían emboscar a la barra de Almagro, por más que la hinchada de San Lorenzo fuese más grande, como estaba divida entre los que apoyaban a Tulio y los que no, iba a costar mover tanta gente.



“Disculpame, Tulio”, dijo por lo bajo el Buitre. “Pero, ¿te parece armar tanto quilombo por un problema personal tuyo? Al resto de la hinchada esto no le va a gustar un carajo y vamos a tener problemas entre nosotros”. Lo que Martín no sabía era que, en el fondo, ese el verdadero objetivo de Tulio. Dividir la hinchada para hacerse con el poder, después de correr a los que mandaban ahora. Esta movida iba a ser una muestra de aguante para el resto de la Butteler. Y también para las otras hinchadas. La Doce, Los borrachos del tablón y la Guardia imperial, entre otras, iban a ver que los “Santos de Boedo” se estaban volviendo más picantes que nunca. Esa renovada fama peligrosa, también iba a traer aparejadas nuevas encomiendas por parte, por ejemplo, de algún que otro político necesitado de matones que aprieten al que fuere o de sindicalistas que necesitaran dar pruebas de poderío dentro de su propio gremio.


(CONTINUARÁ...)   

lunes, 31 de enero de 2022

Venganza conurbana

 


DÍA 1

Mira la lluvia desde la ventana de su casa añeja. Esa que le dejaron los padres en San Martín. Es de noche y, luego de un sofocante ardor estival de varios días, por fin el agua refresca el asfalto quebradizo de un conurbano melancólico y febril.

Ve pasar los autos al ritmo de un porro de flores. De fondo suena Robben Ford que revienta a palos una SG de la hostia, roja y americana, al mejor estilo Angus Young. Piensa que aún es joven y que le quedan varias balas en la 22. En el auto todavía hay nafta y, en su pecho, altas ganas de reventar a los gatos del barrio 31. En particular, piensa en el sorete de Carlitos: el hijo de puta que violó y mató a su hermana.  

Pero sabe que la venganza es un plato que se desayuna al dente. Es decir, que se come en el momento exacto, justo unas milésimas de segundo antes de que todo hierva y explote por los cielos. Ahí, justamente ahí, es cuando se la va a dar bien dada. O sea, mejor esperar a la próxima entrega de falopa y, de paso cañazo, llevarse la merluza, cargarse al Pichi, al Juani y a toda la manga de hijos de mil putas que mataron a sus viejos.

Se levanta de la silla, va hasta el cajón de un mueble del comedor y revisa su revolver. Cuenta una pilita de dólares. Necesita comprar un par de fierros mucho mejores que la poronga que le dejó el tío Emanuel. No tiene miedo. Solamente siente un poco de tristeza por no poder contarle lo que va a hacer a su melliza. Por no poder traerle los testículos arrancados de la excrecencia humana de Carlitos. ¡Sí, precisamente Carlitos! ¡Quién iba a decir que su ex novio iba a maltratarla de ese modo tan inhumano, salvaje y bestial! ¿Por qué partirle la cara a martillazos a la mujer que dijiste amar, a la hermana de tu mejor amigo de la infancia, a la chica que te entregó su virginidad creyendo que ibas a ser el hombre de su vida y para toda su vida?

Ya no hay tiempo para más preguntas. Mañana es la movida de la coca y él esperó este momento mucho tiempo. O, quizá, no fue tanto tiempo pero para él resultó interminable. Qué importa ya si fueron años, meses, semanas o días. Tal vez, inclusive, puede que no hayan pasado más que algunas horas o, por qué no, hasta es probable que la sangre y los cuerpos de su mamá, de su papá y de su hermana todavía estén frescos y calentitos, desparramados en el piso de ese mismo comedor, descuartizados o no, con caras de agonía o no. Hasta puede que Carlitos jamás haya existido y no sea más que el producto de una imaginación enferma que encubrió delirantemente, alucinatoriamente el crimen más furibundo e infernal que el barrio haya visto en años, cuando no en siglos.

Eso quisiera creer, a veces, que es un psicótico que todo lo soñó, que en verdad quien mató y violó y volvió a matar fue él, en un rapto demencial de locura infinita. Pero no. Él jamás les haría semejante daño a las personas que más amó en su vida, después de Anabella.

¿Por qué pensar en su ex justo ahora? Mal momento para traerla a colación. Mejor pensar en todo el odio, en toda la rabia, en toda la furia que va a ser necesario tener cuando su destino marque que la hora de vengarse ha llegado. Ya para entonces, tendrá encima un par de litros de alcohol, algo de faso paraguayo y, quizá, una escopeta recortada.

Abel sacude su cabeza luego de mojarla en la ducha cinco minutos. Maquina un plan, piensa en llamar al Cabezón pero cree que sería un error meterlo en todo esto. Maldice el día en que eligió hacerse chorro unos meses para salir de caño con los malculiados del barrio 31. Maldice el puto día en que dejó tirado a Pepe, el primo de Carlitos, y lo reventó la yuta de un par de cuetazos en el pecho. Recontra putea el ortiva día y el jodido minuto en que decidió quedarse con toda la torta y que los demás la vieran en figuritas.

Echa de menos el tiempo en que se la pasaba culeando con Anabella al ritmo de Los piojos en Ituzaingó. Extraña sus chupadas de pija, su entregarle el orto sin miramientos. Chuparle la concha y acariciarle las tetas hasta hacerla terminar en una banda de placer. Echa de menos ese laburo de mierda en el cíber de Liniers que le consiguió su amigo Tito. Por lo menos, no había riesgo de muerte, solamente morir de embole. Pero eso es una metáfora. Acá, en la calle de caño re zarpado se muere posta. No es para imbéciles. Ni para tibios. O matás o morís. Y si no te mata la poli, te mejicanean algunos giles y la cagaste.

No tiene miedo pero siente adrenalina o algo parecido. Quizá sea angustia. El vértigo nauseabundo del inminente asesino que, corrompido por la viciosa plaga de la vindicta, acude al fatal encuentro con su objetivo existencial. Ese del que se retorna heroicamente nuevo y satisfecho… o moralmente destruido y con las patas pa´ adelante.          

 

 


DÍA 2

El barro de las calles matanceras le llega casi hasta la rodilla. Intenta ocultarse tras unos árboles medio caídos por la tormenta. Observa desde lejos a la banda de criminales a quienes se las tiene jurada. Están por hacer un negocio de drogas con una gente de Virrey del Pino. En realidad, son unos narcos de Mataderos pero que salen de Capital Federal para manejarse más sueltamente. En CABA los tienen muy junados y de hacer este tipo de transacciones allá, deberían dejarle un 30% al comisario de la 42a.

Finalmente, en lo de Ignacio Raspanti consiguió dos pistolas automáticas de las mejores: 9mm, livianas, limadas e impecables. También rescató un chaleco antibalas y unas gafas anti-esquirlas bien chetas. Por último, una granada de mano por si algún disparo no diera en el blanco.

Son aproximadamente las ocho PM. Hay pocos coches en la calle. Se cortó la luz en un par de cuadras de la zona pero no donde se hará la transa. Se siente confiado. Cree que es una síntesis de Arnold Schwarzenegger con Sylvester Stallone. Recuerda esas películas de los noventa en las que caían solamente “los malos” y en donde “los buenos” no recibían ni un rasguño. Sabe que esto no será así pero está dispuesto a perder una mano o una pierna con tal de ver concretada su Justicia terrenal personal amasijando a estas lacras inmundas.

Ve llegar una camioneta negra con una gigantesca calcomanía en el vidrio de atrás que entremezcla una “L” gótica con una “P” cursiva mayúsculas. Es el símbolo de “La Parroquia” como se conocía en aquella época a la banda de Carlitos. Les quedó ese nombre porque se juntaban de pendejos en una iglesia de Retiro.

Siente su propia respiración y algunas gotas de sudor. El corazón bombea. Le tiemblan las rodillas y eso lo enoja. No se puede cagar ahora. Un retorcijón lo hace recular. Cagaría toda La Matanza si no fuera porque eso pondría en peligro su plan mortal. Atina a pelar la verga y echarse un meo, “total, ya se hizo de noche” piensa. Pero la guarda. Salieron más rápido de lo que supuso. Un error de cálculo en una secuencia así es echar todo a perder hasta vaya a saberse cuándo. Esta es su ocasión. Sabe que no la puede desperdiciar.

Entonces, antes de que la camioneta se ponga en marcha, avanza por la calle a pasos acelerados pero firmes desde atrás, con la imponencia sanguinaria de quien vino a quedarse con la presa. Se coloca a la izquierda del vehículo y alza ambas 9mm apuntando a las ventanas polarizadas. Dispara. Vacía los cartuchos y escucha que las puertas del lado derecho se abren. Retrocede, ve que se asoma una mano con una 45 y, entonces, se agacha. Tantea el bolsillo de la camperita buscando la granada. Quita la espoleta y la lanza hacia la mano sangrienta que se esfuma tras una cortina de fuego y humo atronador.

Algo aturdido (no tomó la distancia necesaria), con su pequeña 22 en la mano se aproxima hacia lo que queda de chatarra, huesos y tripas. Murieron Juani, el Pichi y el gordo Leo. Carlitos agoniza con la mitad de la cara destruida, sin dientes, con un ojo y una oreja menos. Oye que intenta decirle algo pero no se comprende nada. Son los balbuceos salivosos y ensangrentados de un muerto por llegar. Le quedarán, como mucho, cinco minutos de vida. Tiempo suficiente para bajarse los pantalones y llenarle la moribunda cara de mierda. De paso lo mea. Lo patea en el estómago cuatro o cinco veces. Introduce su pistola en el agujero del ojo faltante. Los gritos de dolor de Carlitos son terribles pero no lo hacen frenar ni detenerse. Al contrario: lo excitan. Apura una paja y le acaba en la boca. Con largas gotas de semen en los labios, Carlitos muere.

Ahora sí puede irse. En la esquina lo espera el Cabezón en un Falcón hecho mierda de la década del 70. Si no fuera porque reventó a una manga de mafiosos violadores y asesinos, se sentiría un milico torturador hijo de yuta. Torturó, mató y se subió a un Ford Falcón. Pero no. No es un militar cagándose en los derechos humanos. Puede que sea un canalla, lo desconoce. Pero lo suyo responde a otras coordenadas. A otra lógica. Esto que había hecho no había sido el mal por el mal en sí. Era hacer el mal para que reine el bien. O, al menos, así lo pensaba.    

De cuervos y tricolores

  El cuerpo del Negrito Miguel fue hallado muerto y empalado con una zanahoria en las inmediaciones de la Villa Carlos Gardel. Aparentement...