domingo, 3 de mayo de 2020

"El ángel gris es una chica que baila sola"



1

 

Estaba esperando el 99 en Boyacá y Avellaneda para ir al Club Cultural Matienzo en Villa Crespo, pero estaba tardando demasiado, por lo cual empecé a dudar. Además, los últimos viernes que había caído en el lugar, sinceramente no la había pasado tan bien. Sobre todo si uno tiene en consideración que no se trata de un lugar muy económico. Obvio que las propuestas musicales y artísticas son de calidad (en particular las obras de teatro y las performances del Mantienschön), así como resulta singularmente curioso el público concurrente al lugar (extranjeros, bohemios, gente de clase alta en busca de algo alternativo, etc.).  

 

Finalmente decidí quedarme dando vueltas un rato por Flores, a pesar de que ya eran alrededor de las siete, ocho de la tarde/ noche de esa primavera de Septiembre recién empezadita. Me compré una lata de cerveza y una empanada de jamón y queso en una Pizzería de por ahí y me fui a comerla a la Plaza del Ángel Gris que queda en Donato Álvarez. Era un atardecer anaranjado y azulado y en la placita no había demasiada gente. Algunos paseadores de perros ocasionales, gente caminando alrededor y pibitos jugando a la pelota. Fue en ese momento en el que percibí, casi cuando ya estaba terminando el cigarrillo post-cena y a punto de irme a la mierda, un remolino de piernas y brazos que se estiraban singularmente en eso que se llama elongación. Quedé asombrado por la forma.

 

¿Qué carajo era todo ese manojo de curvas y rectas cuyo epicentro resultaba ser una mujercilla de rasgos increíblemente bellos, elástica y fornida a la vez? Pensé que tenía que inventar cualquier excusa para poder apreciarla sin que se sintiera incomodada. Lo que hacía me encantaba, porque evidentemente era más que solamente elongar. Había una magia estética en el movimiento que me dio a entender que se trataba claramente de una bailarina de la UNA o de algún lugar por el estilo.

 

Para acercarme, le inventé que trabajaba para una Revista de arte contemporáneo y que estábamos buscando bailarines, actores y músicos para una nueva “varieté” que llevaríamos adelante en… en algún lugar lejano del conurbano bonaerense (que es, de hecho, de donde soy) y que ella, desde luego, no podía conocer. Me sonrío y se mostró sumamente simpática, lo cual me descolocó bastante. Su nombre era Carmen y era chilena. En todo momento no dejé de sentirme un poco incómodo, dado que creí estar invadiendo su espacio vital. Pero me tranquilizó pensar que, en todo caso, eso debía decirlo ella y no yo.

 

Continuó mostrando sus habilidades acrobáticas y me contó que también hacía malabares con algunos “juguetes”, como ella le decía a las clavas. “Hacer faro” es ir a trabajar al semáforo, me enseñó. Tenía veinticinco años y efectivamente cursaba la carrera de Danza en la Universidad Nacional del Arte, allá por Once. Nos quedamos chamuyando, como dice la canción de La Renga, solamente que ni ella era la muerte ni yo era el diablo. ¿O sí?

 

Por cómo transcurrieron las cosas, después de transar y pasarnos los celulares, podríamos pensar que tal vez sí lo éramos, aunque sin saberlo. Después de aquella vez en que nos conocimos, fui su diablo en el sentido de que me puse intenso con la idea de seguir viéndonos, frustrándome ante sus complicaciones artísticas, familiares o con amigas. Ella, a su vez, fue mi muerte porque después de conocerla y de estar juntos un par de veces, como un estúpido, me enamoré. Me enamoré y me plantó. Creí haber encontrado a la mujer ideal, a la media naranja y todas esas cosas en las que uno dice no creer hasta que le pasan. Entonces, al cortarme el rostro, caí desde un décimo piso directamente contra el asfalto de la cruda realidad.

 

2

 

Semanas más tarde de aquel encuentro azaroso, he solido pensar en el puto bondi que nunca llegó. “Colectivo hijo de la gran yuta”, me he dicho a mí mismo, mirando las estrellas desde el balcón de mi departamento en Morón y balanceando un frío Campari con jugo de naranja. Por qué cornos no se apresuró y me sacó de esa posibilidad de ir hasta la maldita Plaza del Ángel Gris a encontrarme con Carmen, a deslumbrarme con su carisma espiritual y corporal, a enamorarme de ella y a terminar sufriendo como un idiota ante su desplante y frente a su evanescente ser. Pero es también ahí que he solido detenerme a pensar un poco mejor las cosas. He enarbolado explicaciones algo místicas y otras que no tanto. Es así que ha creído que algún sentido hubo de tener tal cruce en nuestras vagas y efímeras existencias. No como un mensaje de Dios o del Universo. Tampoco como esa huevada de la “sincronicidad”. Pero sí algún significado le he intentado dar. Porque “la vida es sueño”, como decía Pedro Calderón de la Barca y los sueños portan mensajes de nuestra alma o, al menos, eso leí alguna vez en Freud, aprovechando los momentos en que no hay muchos clientes en la librería en la que trabajo desde hace cuatro años, ahí, en Yerbal y Boyacá.  

 

Pues bien: ¿qué significó conocer a Carmencita, la niña bailaora? Para un mediocre conformista como lo era hasta entonces, representó enterarme de que existía un mundo paralelo al que me había inventado en mi cabeza. Y que era muy diferente de ese monótono, aburrido, repetido y triste universo en el que me había conformado meramente a “existir”. Me sirvió para entender que, a veces, perder un colectivo o un tren, en lugar de ser la peor tragedia que te puede ocurrir en el día o en la semana, es la ocasión para hacer algo diferente o distenderte. Como aquel atardecer primaveral en el que me atreví a preguntarle a Carmen qué era ese corpóreo arte tan desconocido para mi rutinario cuerpo de vendedor, casi embalsamado por las directrices de un cruel sistema que sólo exige automatismo.

 

3

 

Hoy ya no hay Carmen, ni Matienzo, ni colectivos que se demoran, excepto los que me llevan de nuevo hasta mi trabajo o hasta lo del gringo Miguel, un amigo que ahora vive en Laferrere y al que no veía desde que terminamos el colegio secundario en Haedo, allá por el año 2006. Tampoco busco ya lugares emblemáticos de Capital ni personalidades excepcionales que me hagan sentir parte de “la crema” social, de alguna inexistente elite o de la pseudo-farándula mediocre de los lugarcillos comunes en los que la noche porteña se regodea en sí misma.

 

Ahora me da lo mismo patear por Recoleta que por Merlo sur. Y si conozco alguna chica, no me importa si baila o vende facturas en la panadería del barrio, si canta o es carnicera, porque aprendí que, en esta vida, es tan valioso el último escultor de París como el repositor del chino que vino de Venezuela dejando a su hijo de apenas un añito allá, con tal de proveerle un futuro mejor. Aprendí que es tan trascendente el mejor cellista del Teatro Colón como el “trapito” de la cuadra, que se gana la moneda día a día de un modo igual de digno que cualquier otro trabajador. También saludo al encargado del edificio, cosa que antes no hacía, sin querer o a veces adrede. Y habló en el ascensor con Dorita, la vecina del 4° C, que es una viejita boliviana que siempre me sonríe a la mañana. Y yo le devuelvo la sonrisa.


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