"Algunos
autores parecen tener el don de la profecía en sus palabras. Fernando Lynch gatilla hábil en su
primer libro de poemas “Profunda
Ventana” (Tahiel, 2015), como si el título de uno de los trabajos de
Gabriel Celaya, La poesía es un arma
cargada de futuro, hubiera sido un
vaticinio. Lynch se revela como un
poeta introspectivo que, por medio de su obra, busca preguntar pero no se
preocupa por las respuestas. Bucea creando nuevas palabras, se arroja libre
sobre las estructuras poéticas y las reordena a su gusto, para regodeo de los
lectores. La poesía de Fernando tiene cierta mística que logra un efecto de
tensión emocional y abre grietas en el hermetismo del mensaje. Fernando Lynch no ahorra referencias al
psicoanálisis (a Lacan), apunta alto y dispara palabras con la irreverencia de
un poeta maduro."
"Ya sea en las familias bien constituidas, en las escuelas tristes,
en las escuelas dominicales y en las de los otros días de la
semana, o en los cenáculos de vejestorios condecorados, las
heridas de guerra ya fastidiaron bastante nuestros olvidos con
frases del estilo: “Ya lo verán, el mundo evoluciona. Principalmente
después de las guerras. Y ustedes evolucionarán con él…
Sin choques, sin violencias, todo evoluciona… El progreso…”.
Pues bien, hoy podemos imaginar ese progreso.
Después de
la guerra, y algunos años de lo que los manuales de historia
denominarán paz, la evolución marchó a pasos de gigante.
Dejemos que otros se ocupen de la tecnología (bombas ató-
micas, aviones jet, televisión, iluminación indirecta de las iglesias,
etc.) y volvámonos hacia los progresos morales, intelectuales,
culturales, sobre “el espíritu”, en resumen. Hay que confesar
que hubo una bizarra evolución. Antaño, reinaba la más
grave grosería, y toda palabra podía ser adivinada de antemano
merced a una rápida mirada al uniforme, a los guantes, a la
gorra del poseedor de la boca anunciadora.
Cuando un cura
encontraba a otro cura, se podía apostar que se contarían uno
al otro historias de curas, y cuando un militar manejaba su
pena a lo Gringoire, se podía estar seguro de que el resultado
sería un artículo sobre la necesidad de una buena y bonita guerra
que sacudiera a los jóvenes de su torpor. Hitler no escondía
su odio por los judíos y Chamberlain proclamaba en todas partes
su amor por los paraguas, mientras que el Papa no cesaba
de elogiar a su compañero Mussolini.
Candide era fascista, L’Humanité stalinista y La Croix, una
cruz. Existía incluso una derecha que estaba orgullosa de ser
derecha y de colaborar, llegado el caso, con los stalinistas para
golpear a la “izquierda” que luchaba en España.
Hoy se acabaron
las etiquetas, y si se lo busca bien no se encuentra ni siquiera
un gato que ose maullar para mostrar su naturaleza gatuna.
El viejo y amable hábito de los canas de civil prolifera. Debe ser
la guerra la que tan bien los aconsejó a todos. Comprendieron
que para llegar a algo (algo asqueroso, evidentemente) es preciso entreverar las cartas, invertir los papeles, decir lo contrario,
mezclar los tantos. Los monjes, creyendo desmentir la ridícula
“sabiduría de las naciones”, rechazan la sotana y bajo falsas
vestiduras se camuflan cuidadosamente y se colocan una máscara.
Ya no se presenta el rostro desnudo, la mentira se ha convertido
en la mejor arma de propaganda y los “falsos” siembran
la confusión, gracias a su falsedad, alcanzando, así, su
objetivo (siempre el mismo) con mucha más seguridad.
¿Los obreros? Nunca se sabe: tal vez sean curas camuflados.
La gran ambición de los curas es celebrar misas clandestinas
en los sanitarios: sin duda ganarán así más fácilmente el reino
de los cielos. ¿Y qué decir del camuflaje de los diarios, de las
obras de teatro, de las películas de curas? Se ven muchachas
desnudas, se leen historias pornográficas y, por su intermedio,
se llega sin dificultad a la conclusión de que –idéntico a las
imbecilidades evangélicas– se ha vuelto más digestivo. Es lo
que se llama “dorar la píldora”. Y el Papa habla libremente del
amor, da consejos sexuales, como el primer psicoanalista americano,
olvidando sus propias aventuras con muchachos cuando
todavía era aspirante al trono.
¿La derecha? No existe. ¿Ustedes conocen reaccionarios?
De Gaulle es socialista. Herriot un gran revolucionario, Truman
apóstol de la reforma social y todos hablan de la paz. Allá se
juntan con los otros “grandes sublevados”, los stalinistas, que
también trabajan por la paz, protegen las libertades individuales,
la justicia colectiva y… la creación artística. Diarios que
no pertenecen a nadie son dirigidos por los stalinistas o por
sus hermanos en la ignominia, los atlánticos, pero esos diarios
son todos libres y de tendencia izquierdista porque no pertenecen
a nadie.
¿Quién rumorea que los negros eran linchados en los Estados
Unidos de la libre América? Vienen negros a asegurarnos
que se trata de rumores malévolos. ¿Quién rumorea que en las
democracias libres del Este europeo inocentes son condenados
a muerte? Los propios acusados nos aseguran que son culpables.
¿Quién rumorea que los pueblos de España, de Grecia o
de la Argentina mueren bajo regímenes dignos de Hitler y de
Stalin? Hay documentos que nos aseguran que se trata de regí-
menes más que “democráticos”. Evolución en todos los lugares. Los falsos son estimados y
para poder expresarse, en la prensa u otras partes, se es obligado
a permanecer extraño a las ideas que se manipulan olvidando
sus propias creencias. Los excrementos fétidos de un Dalí
son desnudados porque se trata de falsos, mientras que un gran
pintor como Toyen vio cerrarse para él las puertas de una galería
porque, según le dijeron en lo substancial, “usted es un verdadero
surrealista, y sólo los falsos nos interesan”.
La cultura
evoluciona, la prensa se encarga de eso: todo lo que es verdadero,
sincero, es desterrado, todo lo que no adula a todo el mundo,
al burgués y al cura, es malo.
Incluso el amor no osa ya decir su nombre, y las asquerosas
aventuras de ricachones, putas en vestidos de noche, príncipes y
actores empolvados se convierten en el exutorio de aquellos que
deberían comenzar por amar, a fin de poder escupir sobre la descomposición
del orden. En síntesis, solamente los pederastas, y
al frente de ellos Cocteau, su prima-cocotte, serán bien vistos, no
solamente por sus cofrades, sino también por los bien-pensantes,
tipo Sartre, que, por exceso de pantomima, pisotean la libertad.
Los sublevados siguen a Camus, hablan de la revuelta, la
analizan, la disecan, y acaban por enterrarla (conscientemente
o no) bajo su escalpelo. Todos esos batracios modelan las ideas,
las palabras a su imagen y esas ideas, esas palabras en sus manos
se vuelven monstruosidades, callejones sin salida, vacíos.
Ellos esperan, así, que toda fuerza explosiva deserte de los grandes
relámpagos.
Pero no porque Camus viole la palabra “revuelta”, la revuelta
le pertenece. La revuelta somos nosotros, y la revuelta
no sufre contactos impuros, sigue siendo la revuelta. El amor
somos nosotros, y todos los Jean Cocteau del mundo no mancharán
el amor. Seguiremos amando y rebelándonos y dejaremos
que los perros ladren. Así, forjaremos corrientes que los
mantendrán sólidamente presos en sus fétidas perreras.
Y siempre sabremos reconocer a un padre y a un militar y a
un político y a un falso pintor y a un falso pacifista, cualquiera
sea el aspecto bajo el que se presente. Destruiremos su camuflaje
y le diremos: te abofeteo porque soy libertario, porque soy
surrealista, porque soy libre. Y clamaremos lo que somos sin
escondernos detrás de manos transparentes.Y les diremos lo mismo a los profesores escrofulosos y declararemos
las profecías de los vejestorios buenas para los animales
domésticos, y su evolución se desinflará como un globo,
con el ruido de un pedo liberador."
"Estar bien es leer Dostoievski
echado en la cama en un departamento bien alto de cuyo balcón francés ingresa
el sonar de la bocina de una locomotora de tren. El aroma a café que inunda el
ambiente, migajas de galletas sobre la mesa, un ventilador suave que aligera el
aire. No hace calor ni frío, templadamente transita la tarde. Estar bien es
poder escribir estas líneas que escribo diciendo esto que digo. Porque
significa que lo puedo ver y sentir, tomar y apreciar. Y esto último es estar
bien.
Estar bien es conversar con
unos amigos y tener un plan. Para estar bien hace falta gestar un plan. No debe
ser la gran cosa tampoco. Pero sí un plan, algo contingente y liviano, abierto
a una posible transformación. Juntarse a comer un asado, ver una pelea de boxeo
(tanto mejor si alguien de alguna manera conoce al peleador personalmente),
charlar. Tener un plan y, luego, vivirlo. Ponerle el cuerpo al plan. Disfrutar
la carne y sentir el vino. Preocuparse, entusiasmarse o entristecerse por la
pelea de box, según sea el caso. Algunos fumarán cigarros, otros tomarán café.
Luego saldremos a caminar por alguna zona donde haya desconocidos.
Estar bien es que el plan
contenga deseo sexual. No hay ningún buen plan que no contenga como más no sea
indirectamente algo de esto. Coronar un buen plan implica aceptar que no todo
plan está completo. Que hay cosas que no están en el plan. Y allí entra lo
femenino. Lo femenino no está en el plan sino como el suplemento del plan. Es
íntimo y ajeno al plan. Es “éxtimo” al plan mismo. Estar bien es ir a algún
confín donde haya varias señoritas con planes y deseos suplementarios.
Estar bien y estar allí,
rodeado de muchachitas bellas, graciosas, alegres, contentas. Y estar contento,
alegre, bello, gracioso uno también. Estar bien es tomar la palabra y romper la
distancia metiéndonos de lleno en lo que del plan era misterio. Estar bien es
saborear ese error de existir. Puede que los hombres no seamos más que un error
de los Dioses.
Estar bien es disfrutar del
ritmo, del agite, de la marea mundana, del roce, del ajetreo. Estar bien es que
eso cese dando lugar a un tiempo nuevo, de calma, de no agitación ni frenesí. Transcender
el éxtasis exige cierto éxtasis. Las orillas no serían tales sin la tempestad
violenta que nos arrebató cuando navegábamos. Nada sería ese fino rayo de sol
blanco que acaricia nuestro rostro sin los negros nubarrones que amenazaron con
comerse para siempre al celeste mar de las alturas. Estar bien es respetar esta
tensión polar de los tiempos que se alternan.
Estar bien es elegir no oír el
tembladeral de pensamientos que se amontonan en nuestra psique cuando estamos -
para decirlo llanamente - al pedo. No dejarse llevar por esa montaña de estiércol
insensata que nos pretende su esclavo, que nos seduce con acciones que de
realizarse nos traerían felicidad. Los budistas hablaban de cerrar los ojos un
poco y de abandonar el deseo, ese vil rastrero que nos balancea estultos de
zanahoria en zanahoria. Ellos hablaban del despertar. Quizá despertar a otro
orden del deseo, a un orden deseante no regido por la voracidad infernal de la
ambición impúdica que no nos deja estar bien. Despertar a que el deseo yace en
acto allí donde la locomotora nos saluda, donde el café nos acompaña, donde
escribir es estar bien. Ambición impúdica es querer entramparse yendo en pos de
lo irreal que no está aquí junto a nosotros en nuestro estar en el mundo.
Estar bien es bostezar relajados,
como aceptando cierto límite. Decidir no tener que ir hasta allí, cuando
sinceramente nuestro cuerpo yace aquí sano, plácido, bienaventurado. Estar bien
es silenciar esa tonta sensación de estar perdiéndose de algo mucho más
importante. Es aceptar que se está donde se está, que se es quien se es.
"Es la guitarra el instrumento que acompaña al Tango desde sus orígenes; una vez que los poemas arrabaleros empieza a pedir acompañamiento, la guitarra aparece como la primer compañera. El tipo de guitarra que se usaba es la "Guitarra acústica" llamada localmente "guitarra criolla", pero el famoso músico argentino Astor Piazzolla fue el primero en introducir la guitarra eléctrica para tocar tango.
Está entre los primeros integrantes de las orquestas, aunque con el tiempo fue perdiendo su lugar en ellas debido a las incorporaciones del piano y el bandoneón. "Guitarra, guitarra mía" de Carlos Le Pera y "Barrio Pobre" de García Jiménez son algunos de los tangos que hablan sobre la guitarra.
Brevísima historia de la guitarra en el tango: El antecedente Argentino de los guitarristas en el tango son los payadores, que eran cantores que improvisaban lo que iban cantando y se acompañaban con la guitarra. A fines del siglo 19 las payadas pierden popularidad y con el nacimiento del tango los guitarristas payadores se dedicaron a cantar tango o acompañar a pequeñas orquestas formadas además por flauta y violín. (Como se comenta en la sección "flauta" ésta fue luego apartada por casi 50 años). También la guitarra fue desplazada por el contrabajo, por lo cual en la historia del tango podemos encontrar a muchos famosos guitarristas que se pasaron a éste último instrumento.
Los payadores que tocaban la guitarra en tríos de tango lo hacían "de oído", por eso se los llamaba en forma cariñosa "orejeros" El recordado maestro Anibal Arias decía: " dentro de los orejeros podemos recordar a el “ciego” Aspiazú, Luciano Ríos, el “negro” Lorenzo, el “pardo” Canaveri, Apolinario Aldana, “vizcacha” Herrera, los hermanos Manuel y Fermín Ruiz, Gabino Gardizábal, Gabino Navas, Santiago Robles, Pancho Romero, etc., todos ellos de la primera época..."
Acompañantes de “cantores nacionales” hubo muchos y muy buenos, si nos referimos al conocimiento del género, pudiendo añadir que en oportunidades se conformaron dúos, tríos y aún cuartetos de guitarristas, que fueron famosos en su momento y que fueron repetidamente requeridos por los cantores, dado que el auge del tango en esa faceta fue cada vez más importante. Podemos mencionar, entre otros a: José Ricardo, Guillermo Barbieri, José Aguilar, Horacio Pettorossi, Armando Páges, Domingo Riverol, Rosendo Pesoa, Manuel Parada, Enrique Maciel, Rafael Iriarte, Vicente Spina, los Hnos. Cúcaro, los Hnos. Toto, Avena, Demasi, Enrique Maciel (h), Esteban Basile, Alberto Ortiz, Eduardo Arana, Héctor Osuna, etc. etc. (El maestro Arias "olvidó" humildemente incluirse en esta lista) Del que no nos podemos olvidar es del maestro Roberto Grela (la guitarra mayor de Buenos Aires) ya que antes de Grela la guitarra se usaba como acompañamiento rítmico usando la 4°, 5° y 6°. Grela, en cambio generalizó uso de las tres cuerdas cantoras: la 1º, la 2º y la 3º en los punteos y adornos, creando de éste modo un estilo bien definido, que fue seguido por numerosos instrumentistas. La época de oro de la guitarra en el tango ha sido aproximadamente desde 1910 a 1960, cuando las orquestas tipicas de tango dejaron de funcionar por razones económicas grupos instrumentales, que intentaron cubrir el vacío dejado por las grandes formaciones."