Salir a caminar y sentir la sensación
de que la marea está alta. De que puede arrastrarte hacia cualquier lado. Una
secreta oscuridad que habita los suelos, pestilentes sonidos de corrientes
viscosas. Anguilas, perros famélicos, lombrices fluorescentes.
Marcianos, fantasmas, monstruos,
lobos, hienas, panteras. Muerte, desolación, abandono. Indolencia. Se aproximan
huracanes de malevolencia infame. Observad los zombis, observad cómo se
arrastran de manera calamitosa.
En la fila del pago fácil verás
gente queriendo pagar y otros queriendo molestar-te.
Un pelotudo sin barbijo buscará
tu compasión en el cajero automático, pretendiendo que entiendas vaya a saberse
qué circunstancia, como si vos no tuvieras la propia, como si en tu vida todo
fuese color de rosa.
La marea está en sentir que no
hacés pie, que la angustia es más fuerte porque falta la palabra y sobra la
prepotencia, que te lleva a agarrártela con el más débil, con la pobre cajera
de supermercado. Y el viejo delirante, quejándose de la osadía o burocracia
ajena, hará gala de su misoginia a la vez que irrespetará el distanciamiento
social, caminando de acá para allá como unboludo.
Por suerte, la palabra, la voz,
entremeterá entre tanta estulticia algo de desasimiento. Algo de falta, de
carencia de ser, de entusiasmo y de ganas de seguir hacia delante.
No, prefiero no entrar al mundo “de
nueve a dieciocho”. Prefiero el no saber, la apuesta, el sabor del deseo, de
una vida atravesada por el amor al arte, por la pasión de crear. Más allá de
los estancos casilleros con los que el poder disciplinario busca
permanentemente succionar nuestra energía vital.
Hay cosas que el dinero no puede
comprar. Hay momentos, situaciones, actividades, encuentros y cosas cuyo valor
es inconmensurable. No tienen precio económico. No pueden ser nominalísticamente
absorbidas por la máquina de hacer pobres. No sólo pobres de bienes, sino
pobres de espíritu, que los hay en todas las clases sociales.
En
las más antiguas regiones del sudeste asiático, un muchacho llamado Lkhagvasüren Temur Khan, descendiente lejano
del antiguo emperador mongol Toghan Temur Khan,
decidió escapar una madrugada de su poderosa familia de origen y de las
infinitas promesas de felicidad que le deparaba su encumbrado origen, para ir en
búsqueda de la Princesa Changping, ni más ni menos que la hija del famosísimo
emperador Chongzhen, el último emperador de la dinastía Ming.
Aquella
noche, un sueño le develó que era él quien debía cuidar durante cinco días a la
susodicha princesa Ming, una vez que esta fuera herida de muerte por su propio
padre, quien le amputaría el brazo izquierdo ante el advenimiento del ejército
rebelde comandado por Li Zicheng. En el mensaje onírico, según el Monje
Tibetano Manjari, Lkhagvasüren debería
convertirse en una magnolia de
Huangshan luego de beber varios litros de kumis, también llamado airag, tsegee o simplemente cosmos.
Del amor y el desengaño entre Changping y Lkhagvasüren nacerían, según el mensaje del
sueño del Monje Tibetano Manjari, los diez murciélagos de la Era del Olvido: el robo, la violencia,
el asesinato, la mentira, el lenguaje inapropiado, el adulterio, la charlatanería,
la mala voluntad, la codicia y la lujuria. Según ese mismo sueño, cada
quinientos años, la humanidad comería del murciélago prohibido que traería
pestes, horror, muerte, desidia y también egoísmo, odio y persecución. Solamente
la comunión de las culturales mundiales, orientadas por una nueva fe en el ser
humano, podría detener, una vez desatada la maldad, el castigo de las fuerzas reveladas
y refrenar la infección espiritual del planeta. Pero para ello, el sueño de Lkhagvasürentambién dijo que la humanidad debería
aprender a sacrificar, cada vez y cada vez, el brazo de la Princesa del momento
histórico del que se trate. Ya sea ella la Política, la Economía o la Guerra.
Eran
las seis o siete de la mañana cuando me llamó Jeremías. Me despertó. Lo primero
que pensé fue que se había olvidado algo la noche anterior, que nos juntamos en
casa. A las dos de la mañana, luego de unas cervezas y un par de fasos, ya se
había ido. Por lo tanto, su llamado me sorprendió.
“No
sé dónde estoy, negro”, fue lo primero que me dijo. Le pregunté dónde estaba, desoyendo
su aclaración. Al darme cuenta que mi pregunta era estúpida, le pedí
referencias: algún comercio, una avenida, una plaza. Lo que fuere para poder
empezar a orientarnos. Se produjo un silencio. Jeremías empezó a nombrar cosas
que veía a su alrededor: lámparas de varios colores, humo, un oso gris del
tamaño de un perro, la careta del presidente Donald Trump puesta en una muñeca
inflable junto a la cama en la que yacía atado por diez sogas y tres cadenas
que recorrían su cuerpo sin impedirle utilizar la mano izquierda, que fue con la
que me llamó. “¿Dónde carajo te metiste, pelotudo?”, me salió impulsivamente
decirle. De fondo, comencé a escuchar una música misteriosa que aumentaba
mientras más crecía la angustia de los dos.
Intentamos
romper con la perplejidad de tan ridícula situación, comenzando a reordenar la
secuencia de la noche, desde que se fue de mi casa de campo en North Ville. Jeremías,
que a esa altura ya había empezado a llorar, se disculpó por haberme elegido a
mí en su pedido de socorro y no haber llamado directamente al 911. “No importa,
Jere”, le dije. “Ahora, decime ya cómo recordás que fueron los hechos.”
Entonces
Jeremías tomó la palabra nuevamente. “Estaba por subirme a la moto cuando el Hombre de Traje Escarlata elevó frente a
mí el símbolo de la decadencia más absoluta. En ese momento, mi cuerpo se
estremeció y la lluvia resonó como nunca antes en mis oídos. Después de sentir
un escozor que recorrió todo mi cuerpo,
me desvanecí al instante y desperté aquí donde yazco ahora. Nada de esto tiene
sentido, ¿no estaré soñando? ¿No estaremos soñando los dos?”.
“No,
Jeremías. No estás ni estamos soñando.”, sentencié compungido pero firme. “La
vida es una lágrima en el Valle de los
Ocasos Seniles. Si los astros dicen verdades, esta noche habrás de morir
por tus peores pecados en esta tierra.” Acto seguido, quise cortar el teléfono
pero no pude. Empecé a asustarme tanto como cuando de niño me cruzaba algún
gitano. Nunca antes había sentido tanto terror desde aquellos años infantiles
en Haedo, cuando en el barrio caminaba una mujer a la que llamaban la loca por el puro y simple hecho de ser
linyera. Supuestamente, si la jodías, la vieja te mostraba debajo de su pollera
los genitales, ya que no llevaba ropa interior. “¿Y si rezamos, Jere?” Mi amigo
no contestó.
Bajé
corriendo las escaleras, después de poner el teléfono en manos libres. “Por
favor, decime que estás ahí”. Nuevamente el silencio, la música de misterio
colmaba la comunicación y oí pasos. También un maullido gatuno. Me subí al
coche y salí desesperado hasta lo de Ramón. Si los espectros habían vuelto a
North Ville, íbamos a tener que lanzar la cacería, como hacía doscientos años
atrás, cuando destruimos a todos los leprosos, los vampiros, los
hombres-linterna, las cucarachas pinchudas, los lagartos que comen zapatillas y
las ranas de fuego iridiscente que señalan con la lengua la presencia del
Terror.
Mi
Torino ZX modelo 81 rugía como un tigre infernal y relucía mi Smith & Wesson SW1911 calibre 45. Por las dudas, llevé también mi revolver 648. Las balas de unicornio, ardían. Mi pecho temblaba como nunca. Ramón era el curandero del barrio. La sanación empezaría esta mismísima noche. Los cuerpos y los espíritus cabalgarían eternamente en busca de la Sabiduría perdida.
"Creo que el Jeremías que vino a visitarme anoche, fue una tulpa. Algo creado por mi propia mente, pero esta vez de manera involuntaria y no como cuando practiqué budismo", le dije a Ramón. Se rió. Preparó unos brebajes y agarró sus cuchillos de madera, que simbolizan el pasaje de una dimensión psíquica a otra. Atravesamos la puerta de los grandísimos misterios. Él vestido de rojo y yo con la tradicional Wayuushein (Manta Guajira), que si bien es de mujer, me hace juego con el gorro.
-Vos
me tenés que contar si alguien te tocó la cola, Florencia. Soy tu mamá.
La
niña de cinco años, no contestó. Su madre sospechaba de un abuso por parte del
primo menor del ex marido dado que, cada vez que volvía de la casa de esos tíos
del papá de su hija, ésta volvía malhumorada, excesivamente caprichosa y con alguna
que otra molestia en su cuerpo. No era la primera vez que la pequeña se quejaba
de un ardor, pero sin embargo, Florencia no contaba nada que pudiera dar a
entender con exactitud que se trataba de un abuso: ningún juego fuera de lugar
con Francisco –que en esa época tenía catorce años-, ningún episodio “extraño”
o “raro” que ella pudiera manifestar. Por eso, casi siempre, Susana terminaba
preguntándose si, acaso, no veía reflejado en su pequeña (“proyección”) algo de
aquellas feas y duras noches que le tocaron vivir de chiquita junto a su
padrastro, cuando se mudaron a Tapiales, luego de que la madre decidiera volver
a formar pareja, años después de que falleciera su papá.
Al
día siguiente, todo cambió. Florencia habló. Se ve que de tanto insistir, la
niña finalmente relató una situación completamente desconocida hasta el
momento, pero no con Francisco sino con Raúl, ni más ni menos que el cura de la
Iglesia anexada al colegio religioso (y privado) al que concurrían tanto su
hijita como el hermanito mayor, Rafael. Ahí recordó inmediatamente las palabras
de su propia madre, tan ciega y ausente en otros momentos de su infancia, pero
tan lúcida para expresarse en aquella ocasión en la que sentenció, sin ton ni
son: “La primera vez que me tocaron el culo, fue el cura de la Iglesia de mi
barrio.”
Hay
momentos de la vida en que la rotación misma del planeta tierra se detiene. Las
categorías de tiempo y espacio se desarman de manera fenomenal y todo se va
verdaderamente al carajo. Es la marca siniestra de la «repetición», es el suspiro infinito que acompaña el denso pensamiento de “con
ella no, hijo de puta, con ella no”. Es la virulencia de sentir que el mundo es
una mierda y que está plagado, repleto de monstruos imposibles, de serpientes súper
viscosas, de gordas ratas malolientes.
Fue exactamente
en uno de esos poderosos y angustiantes momentos en que Susana, tratando de
disimular su indignación frente a la hija, fue directamente hacia la cocina y
eligió el cuchillo más grande. Trató de pensar con más calma y para eso se
sirvió un vaso con agua helada. Fue hasta el baño, se mojó la cara. Decidió
revisar a su nena, con la excusa de volver a bañarla. No encontró ningún tipo
de “lesión” visible, pero aún faltaba la experta pericia de los médicos.
Tampoco sabía si quería exponer a Florencia a nuevos manoseos. ¿Para qué? Si
todo se podría resolver con unas cuantas y precisas cuchilladas. ¿A cuántos
otros nenes y nenas habría tocado ese canalla? ¿Desde hacía cuánto tiempo llevaba
adelante esta perversión este tipo? ¿Cómo nadie se dio cuenta antes? ¿Cómo ella no se dio cuenta antes?
Susana evaluó
todas las alternativas, sin descartar completamente la posibilidad de asesinar
a Raúl, de la manera más violenta posible (cortarle el pene era una de las
acciones seguras del acto criminal). En el fondo de su espíritu, quería hacerlo
sufrir pero no sólo físicamente sino también psicológicamente: quería que sea
consciente de la brutalidad de su accionar y ver hasta qué punto el psicópata
es capaz de arrepentirse de su salvajismo o no. Qué le importaban a ella la
cárcel o el infierno. Antes de este día, no creía prácticamente ni en la
Justicia ni en Dios. Y, en una circunstancia como esta, mucho menos.
Pero todavía no. Pensó en llamar a Walter, el
papá de Flor. Pensó en mandar un mensaje al grupo de whatsapp de mamis del jardín. Pensó en ir a prender fuego la
Iglesia con el cerdo execrable adentro, con el nefasto sacerdote ardiendo allí.
No supo qué hacer hasta entrada la noche. La furia inicial devino parálisis. Miedo
por las consecuencias psíquicas en la pequeña, culpa por descuidar a su nena,
terror por matar y abandonarla para siempre. Quiso creer que estaba exagerando.
Que “todo el mundo es inocente hasta que se demuestra lo contrario”, pero al
mismo tiempo pensó que dudar del relato de Flor era abusarla por segunda vez.
Llamó a su
hermano, le pidió que viniera urgente a la casa, sin decirle absolutamente nada
del móvil que motivó su llamado. Lo esperó fumando y tragando café
descontroladamente mientras dormía a Florencia, luego de haber cenado a las
apuradas y jugado con ella un poco en la tablet.
Cuando Ignacio
llegó, ya eran las diez de la noche. La notó completamente desencajada. Vio la
caja de alplax en la mesa y supuso
que algo estaba verdaderamente mal allí. Hasta donde recordaba, ella había
descontinuado la medicación psiquiátrica una vez superado el problema de la
separación con el violento y alcohólico de Walter. Todo parecía transitar en
una azulada paz cotidiana en la existencia de su hermana. Esa noche, algo
definitivamente estaba mal allí.
Susana le comentó
sus sospechas a Ignacio. Las actitudes de Florencia, las expresiones sobre el
ardor en ciertas zonas del cuerpo próximas a los genitales. También habló de
los cambios de humor inexplicables de su hija y, quebrándose, le contó al
hermano que al mediodía había nombrado al cura Raúl en una serie de episodios
sin sentido. Él trató de calmarla, como era de prever, quiso hacerla entrar en
razón y evitar que cometiera una locura. Ella pensó que un hombre jamás sería
capaz de entender lo que representa y lo que significa para un alma y un cuerpo
femeninos el avasallamiento masculino. Vio en el hermano un espécimen perfecto
del orden de dominación general. Sus palabras racionales, sus argumentos
lógicos coherentes, en lugar de tranquilizarla la ponían cada vez más nerviosa.
La cabeza de
Susana estaba cada vez más ardiente, confusa, perpleja, iracunda y melancólica.
No sentía que Ignacio pudiera contenerla, ni siquiera escucharla. Urgente debían
hacer algo y dejar de hablar. Pensó que si su hermano no se callaba, el
cuchillo que había separado para ir a matar al cura, se lo iba a estampar a él
en medio del pecho. En un segundo, sintió y creyó que cualquier hombre era igual a todos
los hombres. Desde el verdulero que le miraba el culo con poco disimulo todos
los mediodías, pasando por el maltratador del ex, siguiendo por el tarado que
la piropeó anteayer en la esquina dándosela de varonil, hasta llegar finalmente
a aquella mierda del padrastro abusador de su infancia, que la tocaba un
poquito todas las noches antes de irse a coger a la mamá.
-No me importa
nada. Voy a ir a matar a ese pedazo de sorete. No intentes frenarme porque
también voy a tener que matarte a vos. Fue un error llamarte. Fue un error
mandar a mi hija a ese colegio de curas pedófilos. Fue un error haberme cogido
a Walter sin cuidarme. ¿Qué estoy diciendo? Al final, parece que la culpa de
todo siempre la tuviera yo.
Ignacio
llamó inmediatamente a la policía pero no logró evitar que Susana fuera con
velocidad a poner en marcha el Peugeot 206 azul de vidrios polarizados y
saliera enloquecida a la casa de Raúl, dejando a Florencia durmiendo. A su vez,
él se subió a su Eco Sport gris y la persiguió. Fueron diez minutos de frenesí
donde pensó que su hermana estaba por cometer la peor locura de su vida. Al
llegar a la casa del eclesiástico, unos pocos minutos después que ella, el
espectáculo fue memorablemente triste. Un párroco prendiéndose fuego, con las
manos cortadas, pateando un bidón de nafta, buscando sin ojos un pene
carbonizado.