viernes, 24 de abril de 2020

DENUEVEADIECIOCHO




Salir a caminar y sentir la sensación de que la marea está alta. De que puede arrastrarte hacia cualquier lado. Una secreta oscuridad que habita los suelos, pestilentes sonidos de corrientes viscosas. Anguilas, perros famélicos, lombrices fluorescentes.

Marcianos, fantasmas, monstruos, lobos, hienas, panteras. Muerte, desolación, abandono. Indolencia. Se aproximan huracanes de malevolencia infame. Observad los zombis, observad cómo se arrastran de manera calamitosa.

En la fila del pago fácil verás gente queriendo pagar y otros queriendo molestar-te.

Un pelotudo sin barbijo buscará tu compasión en el cajero automático, pretendiendo que entiendas vaya a saberse qué circunstancia, como si vos no tuvieras la propia, como si en tu vida todo fuese color de rosa.

La marea está en sentir que no hacés pie, que la angustia es más fuerte porque falta la palabra y sobra la prepotencia, que te lleva a agarrártela con el más débil, con la pobre cajera de supermercado. Y el viejo delirante, quejándose de la osadía o burocracia ajena, hará gala de su misoginia a la vez que irrespetará el distanciamiento social, caminando de acá para allá como un boludo.

Por suerte, la palabra, la voz, entremeterá entre tanta estulticia algo de desasimiento. Algo de falta, de carencia de ser, de entusiasmo y de ganas de seguir hacia delante.

No, prefiero no entrar al mundo “de nueve a dieciocho”. Prefiero el no saber, la apuesta, el sabor del deseo, de una vida atravesada por el amor al arte, por la pasión de crear. Más allá de los estancos casilleros con los que el poder disciplinario busca permanentemente succionar nuestra energía vital.

Hay cosas que el dinero no puede comprar. Hay momentos, situaciones, actividades, encuentros y cosas cuyo valor es inconmensurable. No tienen precio económico. No pueden ser nominalísticamente absorbidas por la máquina de hacer pobres. No sólo pobres de bienes, sino pobres de espíritu, que los hay en todas las clases sociales.   

lunes, 20 de abril de 2020

"El verdadero significado cósmico del coronavirus"



(DAR CLICK AL VIDEO ANTES DE COMENZAR LA LECTURA)

En las más antiguas regiones del sudeste asiático, un muchacho llamado Lkhagvasüren Temur Khan, descendiente lejano del antiguo emperador mongol Toghan Temur Khan, decidió escapar una madrugada de su poderosa familia de origen y de las infinitas promesas de felicidad que le deparaba su encumbrado origen, para ir en búsqueda de la Princesa Changping, ni más ni menos que la hija del famosísimo emperador Chongzhen, el último emperador de la dinastía Ming.

Aquella noche, un sueño le develó que era él quien debía cuidar durante cinco días a la susodicha princesa Ming, una vez que esta fuera herida de muerte por su propio padre, quien le amputaría el brazo izquierdo ante el advenimiento del ejército rebelde comandado por Li Zicheng. En el mensaje onírico, según el Monje Tibetano Manjari, Lkhagvasüren debería convertirse en una magnolia de Huangshan luego de beber varios litros de kumis, también llamado airag, tsegee o simplemente cosmos.

Del amor y el desengaño entre Changping y Lkhagvasüren nacerían, según el mensaje del sueño del Monje Tibetano Manjari, los diez murciélagos de la Era del Olvido: el robo, la violencia, el asesinato, la mentira, el lenguaje inapropiado, el adulterio, la charlatanería, la mala voluntad, la codicia y la lujuria. Según ese mismo sueño, cada quinientos años, la humanidad comería del murciélago prohibido que traería pestes, horror, muerte, desidia y también egoísmo, odio y persecución. Solamente la comunión de las culturales mundiales, orientadas por una nueva fe en el ser humano, podría detener, una vez desatada la maldad, el castigo de las fuerzas reveladas y refrenar la infección espiritual del planeta. Pero para ello, el sueño de Lkhagvasüren  también dijo que la humanidad debería aprender a sacrificar, cada vez y cada vez, el brazo de la Princesa del momento histórico del que se trate. Ya sea ella la Política, la Economía o la Guerra.      

     

lunes, 13 de abril de 2020

Paganos de otrora, regresan en sueños...



(ANTES DE LEER, DA CLICK EN LA IMAGEN)

Eran las seis o siete de la mañana cuando me llamó Jeremías. Me despertó. Lo primero que pensé fue que se había olvidado algo la noche anterior, que nos juntamos en casa. A las dos de la mañana, luego de unas cervezas y un par de fasos, ya se había ido. Por lo tanto, su llamado me sorprendió.

“No sé dónde estoy, negro”, fue lo primero que me dijo. Le pregunté dónde estaba, desoyendo su aclaración. Al darme cuenta que mi pregunta era estúpida, le pedí referencias: algún comercio, una avenida, una plaza. Lo que fuere para poder empezar a orientarnos. Se produjo un silencio. Jeremías empezó a nombrar cosas que veía a su alrededor: lámparas de varios colores, humo, un oso gris del tamaño de un perro, la careta del presidente Donald Trump puesta en una muñeca inflable junto a la cama en la que yacía atado por diez sogas y tres cadenas que recorrían su cuerpo sin impedirle utilizar la mano izquierda, que fue con la que me llamó. “¿Dónde carajo te metiste, pelotudo?”, me salió impulsivamente decirle. De fondo, comencé a escuchar una música misteriosa que aumentaba mientras más crecía la angustia de los dos.

Intentamos romper con la perplejidad de tan ridícula situación, comenzando a reordenar la secuencia de la noche, desde que se fue de mi casa de campo en North Ville. Jeremías, que a esa altura ya había empezado a llorar, se disculpó por haberme elegido a mí en su pedido de socorro y no haber llamado directamente al 911. “No importa, Jere”, le dije. “Ahora, decime ya cómo recordás que fueron los hechos.”

Entonces Jeremías tomó la palabra nuevamente. “Estaba por subirme a la moto cuando el Hombre de Traje Escarlata elevó frente a mí el símbolo de la decadencia más absoluta. En ese momento, mi cuerpo se estremeció y la lluvia resonó como nunca antes en mis oídos. Después de sentir un escozor  que recorrió todo mi cuerpo, me desvanecí al instante y desperté aquí donde yazco ahora. Nada de esto tiene sentido, ¿no estaré soñando? ¿No estaremos soñando los dos?”.

“No, Jeremías. No estás ni estamos soñando.”, sentencié compungido pero firme. “La vida es una lágrima en el Valle de los Ocasos Seniles. Si los astros dicen verdades, esta noche habrás de morir por tus peores pecados en esta tierra.” Acto seguido, quise cortar el teléfono pero no pude. Empecé a asustarme tanto como cuando de niño me cruzaba algún gitano. Nunca antes había sentido tanto terror desde aquellos años infantiles en Haedo, cuando en el barrio caminaba una mujer a la que llamaban la loca por el puro y simple hecho de ser linyera. Supuestamente, si la jodías, la vieja te mostraba debajo de su pollera los genitales, ya que no llevaba ropa interior. “¿Y si rezamos, Jere?” Mi amigo no contestó.

Bajé corriendo las escaleras, después de poner el teléfono en manos libres. “Por favor, decime que estás ahí”. Nuevamente el silencio, la música de misterio colmaba la comunicación y oí pasos. También un maullido gatuno. Me subí al coche y salí desesperado hasta lo de Ramón. Si los espectros habían vuelto a North Ville, íbamos a tener que lanzar la cacería, como hacía doscientos años atrás, cuando destruimos a todos los leprosos, los vampiros, los hombres-linterna, las cucarachas pinchudas, los lagartos que comen zapatillas y las ranas de fuego iridiscente que señalan con la lengua la presencia del Terror.

Mi Torino ZX modelo 81 rugía como un tigre infernal y relucía mi Smith & Wesson SW1911 calibre 45. Por las dudas, llevé también mi revolver 648. Las balas de unicornio, ardían. Mi pecho temblaba como nunca. Ramón era el curandero del barrio. La sanación empezaría esta mismísima noche. Los cuerpos y los espíritus cabalgarían eternamente en busca de la Sabiduría perdida. 

"Creo que el Jeremías que vino a visitarme anoche, fue una tulpa. Algo creado por mi propia mente, pero esta vez de manera involuntaria y no como cuando practiqué budismo", le dije a Ramón. Se rió. Preparó unos brebajes y agarró sus cuchillos de madera, que simbolizan el pasaje de una dimensión psíquica a otra. Atravesamos la puerta de los grandísimos misterios. Él vestido de rojo y yo con la tradicional Wayuushein (Manta Guajira), que si bien es de mujer, me hace juego con el gorro.

lunes, 6 de abril de 2020

"Visceral"






-          Vos me tenés que contar si alguien te tocó la cola, Florencia. Soy tu mamá.

La niña de cinco años, no contestó. Su madre sospechaba de un abuso por parte del primo menor del ex marido dado que, cada vez que volvía de la casa de esos tíos del papá de su hija, ésta volvía malhumorada, excesivamente caprichosa y con alguna que otra molestia en su cuerpo. No era la primera vez que la pequeña se quejaba de un ardor, pero sin embargo, Florencia no contaba nada que pudiera dar a entender con exactitud que se trataba de un abuso: ningún juego fuera de lugar con Francisco –que en esa época tenía catorce años-, ningún episodio “extraño” o “raro” que ella pudiera manifestar. Por eso, casi siempre, Susana terminaba preguntándose si, acaso, no veía reflejado en su pequeña (“proyección”) algo de aquellas feas y duras noches que le tocaron vivir de chiquita junto a su padrastro, cuando se mudaron a Tapiales, luego de que la madre decidiera volver a formar pareja, años después de que falleciera su papá. 
   
Al día siguiente, todo cambió. Florencia habló. Se ve que de tanto insistir, la niña finalmente relató una situación completamente desconocida hasta el momento, pero no con Francisco sino con Raúl, ni más ni menos que el cura de la Iglesia anexada al colegio religioso (y privado) al que concurrían tanto su hijita como el hermanito mayor, Rafael. Ahí recordó inmediatamente las palabras de su propia madre, tan ciega y ausente en otros momentos de su infancia, pero tan lúcida para expresarse en aquella ocasión en la que sentenció, sin ton ni son: “La primera vez que me tocaron el culo, fue el cura de la Iglesia de mi barrio.”

Hay momentos de la vida en que la rotación misma del planeta tierra se detiene. Las categorías de tiempo y espacio se desarman de manera fenomenal y todo se va verdaderamente al carajo. Es la marca siniestra de la «repetición», es el suspiro infinito que acompaña el denso pensamiento de “con ella no, hijo de puta, con ella no”. Es la virulencia de sentir que el mundo es una mierda y que está plagado, repleto de monstruos imposibles, de serpientes súper viscosas, de gordas ratas malolientes.

Fue exactamente en uno de esos poderosos y angustiantes momentos en que Susana, tratando de disimular su indignación frente a la hija, fue directamente hacia la cocina y eligió el cuchillo más grande. Trató de pensar con más calma y para eso se sirvió un vaso con agua helada. Fue hasta el baño, se mojó la cara. Decidió revisar a su nena, con la excusa de volver a bañarla. No encontró ningún tipo de “lesión” visible, pero aún faltaba la experta pericia de los médicos. Tampoco sabía si quería exponer a Florencia a nuevos manoseos. ¿Para qué? Si todo se podría resolver con unas cuantas y precisas cuchilladas. ¿A cuántos otros nenes y nenas habría tocado ese canalla? ¿Desde hacía cuánto tiempo llevaba adelante esta perversión este tipo? ¿Cómo nadie se dio cuenta antes? ¿Cómo ella no se dio cuenta antes?

Susana evaluó todas las alternativas, sin descartar completamente la posibilidad de asesinar a Raúl, de la manera más violenta posible (cortarle el pene era una de las acciones seguras del acto criminal). En el fondo de su espíritu, quería hacerlo sufrir pero no sólo físicamente sino también psicológicamente: quería que sea consciente de la brutalidad de su accionar y ver hasta qué punto el psicópata es capaz de arrepentirse de su salvajismo o no. Qué le importaban a ella la cárcel o el infierno. Antes de este día, no creía prácticamente ni en la Justicia ni en Dios. Y, en una circunstancia como esta, mucho menos. 

Pero todavía no. Pensó en llamar a Walter, el papá de Flor. Pensó en mandar un mensaje al grupo de whatsapp de mamis del jardín. Pensó en ir a prender fuego la Iglesia con el cerdo execrable adentro, con el nefasto sacerdote ardiendo allí. No supo qué hacer hasta entrada la noche. La furia inicial devino parálisis. Miedo por las consecuencias psíquicas en la pequeña, culpa por descuidar a su nena, terror por matar y abandonarla para siempre. Quiso creer que estaba exagerando. Que “todo el mundo es inocente hasta que se demuestra lo contrario”, pero al mismo tiempo pensó que dudar del relato de Flor era abusarla por segunda vez.

Llamó a su hermano, le pidió que viniera urgente a la casa, sin decirle absolutamente nada del móvil que motivó su llamado. Lo esperó fumando y tragando café descontroladamente mientras dormía a Florencia, luego de haber cenado a las apuradas y jugado con ella un poco en la tablet.

Cuando Ignacio llegó, ya eran las diez de la noche. La notó completamente desencajada. Vio la caja de alplax en la mesa y supuso que algo estaba verdaderamente mal allí. Hasta donde recordaba, ella había descontinuado la medicación psiquiátrica una vez superado el problema de la separación con el violento y alcohólico de Walter. Todo parecía transitar en una azulada paz cotidiana en la existencia de su hermana. Esa noche, algo definitivamente estaba mal allí.

Susana le comentó sus sospechas a Ignacio. Las actitudes de Florencia, las expresiones sobre el ardor en ciertas zonas del cuerpo próximas a los genitales. También habló de los cambios de humor inexplicables de su hija y, quebrándose, le contó al hermano que al mediodía había nombrado al cura Raúl en una serie de episodios sin sentido. Él trató de calmarla, como era de prever, quiso hacerla entrar en razón y evitar que cometiera una locura. Ella pensó que un hombre jamás sería capaz de entender lo que representa y lo que significa para un alma y un cuerpo femeninos el avasallamiento masculino. Vio en el hermano un espécimen perfecto del orden de dominación general. Sus palabras racionales, sus argumentos lógicos coherentes, en lugar de tranquilizarla la ponían cada vez más nerviosa.

La cabeza de Susana estaba cada vez más ardiente, confusa, perpleja, iracunda y melancólica. No sentía que Ignacio pudiera contenerla, ni siquiera escucharla. Urgente debían hacer algo y dejar de hablar. Pensó que si su hermano no se callaba, el cuchillo que había separado para ir a matar al cura, se lo iba a estampar a él en medio del pecho. En un segundo, sintió y creyó que cualquier hombre era igual a todos los hombres. Desde el verdulero que le miraba el culo con poco disimulo todos los mediodías, pasando por el maltratador del ex, siguiendo por el tarado que la piropeó anteayer en la esquina dándosela de varonil, hasta llegar finalmente a aquella mierda del padrastro abusador de su infancia, que la tocaba un poquito todas las noches antes de irse a coger a la mamá.

-          No me importa nada. Voy a ir a matar a ese pedazo de sorete. No intentes frenarme porque también voy a tener que matarte a vos. Fue un error llamarte. Fue un error mandar a mi hija a ese colegio de curas pedófilos. Fue un error haberme cogido a Walter sin cuidarme. ¿Qué estoy diciendo? Al final, parece que la culpa de todo siempre la tuviera yo.    

Ignacio llamó inmediatamente a la policía pero no logró evitar que Susana fuera con velocidad a poner en marcha el Peugeot 206 azul de vidrios polarizados y saliera enloquecida a la casa de Raúl, dejando a Florencia durmiendo. A su vez, él se subió a su Eco Sport gris y la persiguió. Fueron diez minutos de frenesí donde pensó que su hermana estaba por cometer la peor locura de su vida. Al llegar a la casa del eclesiástico, unos pocos minutos después que ella, el espectáculo fue memorablemente triste. Un párroco prendiéndose fuego, con las manos cortadas, pateando un bidón de nafta, buscando sin ojos un pene carbonizado.
FIN

De cuervos y tricolores

  El cuerpo del Negrito Miguel fue hallado muerto y empalado con una zanahoria en las inmediaciones de la Villa Carlos Gardel. Aparentement...