lunes, 6 de abril de 2020

"Visceral"






-          Vos me tenés que contar si alguien te tocó la cola, Florencia. Soy tu mamá.

La niña de cinco años, no contestó. Su madre sospechaba de un abuso por parte del primo menor del ex marido dado que, cada vez que volvía de la casa de esos tíos del papá de su hija, ésta volvía malhumorada, excesivamente caprichosa y con alguna que otra molestia en su cuerpo. No era la primera vez que la pequeña se quejaba de un ardor, pero sin embargo, Florencia no contaba nada que pudiera dar a entender con exactitud que se trataba de un abuso: ningún juego fuera de lugar con Francisco –que en esa época tenía catorce años-, ningún episodio “extraño” o “raro” que ella pudiera manifestar. Por eso, casi siempre, Susana terminaba preguntándose si, acaso, no veía reflejado en su pequeña (“proyección”) algo de aquellas feas y duras noches que le tocaron vivir de chiquita junto a su padrastro, cuando se mudaron a Tapiales, luego de que la madre decidiera volver a formar pareja, años después de que falleciera su papá. 
   
Al día siguiente, todo cambió. Florencia habló. Se ve que de tanto insistir, la niña finalmente relató una situación completamente desconocida hasta el momento, pero no con Francisco sino con Raúl, ni más ni menos que el cura de la Iglesia anexada al colegio religioso (y privado) al que concurrían tanto su hijita como el hermanito mayor, Rafael. Ahí recordó inmediatamente las palabras de su propia madre, tan ciega y ausente en otros momentos de su infancia, pero tan lúcida para expresarse en aquella ocasión en la que sentenció, sin ton ni son: “La primera vez que me tocaron el culo, fue el cura de la Iglesia de mi barrio.”

Hay momentos de la vida en que la rotación misma del planeta tierra se detiene. Las categorías de tiempo y espacio se desarman de manera fenomenal y todo se va verdaderamente al carajo. Es la marca siniestra de la «repetición», es el suspiro infinito que acompaña el denso pensamiento de “con ella no, hijo de puta, con ella no”. Es la virulencia de sentir que el mundo es una mierda y que está plagado, repleto de monstruos imposibles, de serpientes súper viscosas, de gordas ratas malolientes.

Fue exactamente en uno de esos poderosos y angustiantes momentos en que Susana, tratando de disimular su indignación frente a la hija, fue directamente hacia la cocina y eligió el cuchillo más grande. Trató de pensar con más calma y para eso se sirvió un vaso con agua helada. Fue hasta el baño, se mojó la cara. Decidió revisar a su nena, con la excusa de volver a bañarla. No encontró ningún tipo de “lesión” visible, pero aún faltaba la experta pericia de los médicos. Tampoco sabía si quería exponer a Florencia a nuevos manoseos. ¿Para qué? Si todo se podría resolver con unas cuantas y precisas cuchilladas. ¿A cuántos otros nenes y nenas habría tocado ese canalla? ¿Desde hacía cuánto tiempo llevaba adelante esta perversión este tipo? ¿Cómo nadie se dio cuenta antes? ¿Cómo ella no se dio cuenta antes?

Susana evaluó todas las alternativas, sin descartar completamente la posibilidad de asesinar a Raúl, de la manera más violenta posible (cortarle el pene era una de las acciones seguras del acto criminal). En el fondo de su espíritu, quería hacerlo sufrir pero no sólo físicamente sino también psicológicamente: quería que sea consciente de la brutalidad de su accionar y ver hasta qué punto el psicópata es capaz de arrepentirse de su salvajismo o no. Qué le importaban a ella la cárcel o el infierno. Antes de este día, no creía prácticamente ni en la Justicia ni en Dios. Y, en una circunstancia como esta, mucho menos. 

Pero todavía no. Pensó en llamar a Walter, el papá de Flor. Pensó en mandar un mensaje al grupo de whatsapp de mamis del jardín. Pensó en ir a prender fuego la Iglesia con el cerdo execrable adentro, con el nefasto sacerdote ardiendo allí. No supo qué hacer hasta entrada la noche. La furia inicial devino parálisis. Miedo por las consecuencias psíquicas en la pequeña, culpa por descuidar a su nena, terror por matar y abandonarla para siempre. Quiso creer que estaba exagerando. Que “todo el mundo es inocente hasta que se demuestra lo contrario”, pero al mismo tiempo pensó que dudar del relato de Flor era abusarla por segunda vez.

Llamó a su hermano, le pidió que viniera urgente a la casa, sin decirle absolutamente nada del móvil que motivó su llamado. Lo esperó fumando y tragando café descontroladamente mientras dormía a Florencia, luego de haber cenado a las apuradas y jugado con ella un poco en la tablet.

Cuando Ignacio llegó, ya eran las diez de la noche. La notó completamente desencajada. Vio la caja de alplax en la mesa y supuso que algo estaba verdaderamente mal allí. Hasta donde recordaba, ella había descontinuado la medicación psiquiátrica una vez superado el problema de la separación con el violento y alcohólico de Walter. Todo parecía transitar en una azulada paz cotidiana en la existencia de su hermana. Esa noche, algo definitivamente estaba mal allí.

Susana le comentó sus sospechas a Ignacio. Las actitudes de Florencia, las expresiones sobre el ardor en ciertas zonas del cuerpo próximas a los genitales. También habló de los cambios de humor inexplicables de su hija y, quebrándose, le contó al hermano que al mediodía había nombrado al cura Raúl en una serie de episodios sin sentido. Él trató de calmarla, como era de prever, quiso hacerla entrar en razón y evitar que cometiera una locura. Ella pensó que un hombre jamás sería capaz de entender lo que representa y lo que significa para un alma y un cuerpo femeninos el avasallamiento masculino. Vio en el hermano un espécimen perfecto del orden de dominación general. Sus palabras racionales, sus argumentos lógicos coherentes, en lugar de tranquilizarla la ponían cada vez más nerviosa.

La cabeza de Susana estaba cada vez más ardiente, confusa, perpleja, iracunda y melancólica. No sentía que Ignacio pudiera contenerla, ni siquiera escucharla. Urgente debían hacer algo y dejar de hablar. Pensó que si su hermano no se callaba, el cuchillo que había separado para ir a matar al cura, se lo iba a estampar a él en medio del pecho. En un segundo, sintió y creyó que cualquier hombre era igual a todos los hombres. Desde el verdulero que le miraba el culo con poco disimulo todos los mediodías, pasando por el maltratador del ex, siguiendo por el tarado que la piropeó anteayer en la esquina dándosela de varonil, hasta llegar finalmente a aquella mierda del padrastro abusador de su infancia, que la tocaba un poquito todas las noches antes de irse a coger a la mamá.

-          No me importa nada. Voy a ir a matar a ese pedazo de sorete. No intentes frenarme porque también voy a tener que matarte a vos. Fue un error llamarte. Fue un error mandar a mi hija a ese colegio de curas pedófilos. Fue un error haberme cogido a Walter sin cuidarme. ¿Qué estoy diciendo? Al final, parece que la culpa de todo siempre la tuviera yo.    

Ignacio llamó inmediatamente a la policía pero no logró evitar que Susana fuera con velocidad a poner en marcha el Peugeot 206 azul de vidrios polarizados y saliera enloquecida a la casa de Raúl, dejando a Florencia durmiendo. A su vez, él se subió a su Eco Sport gris y la persiguió. Fueron diez minutos de frenesí donde pensó que su hermana estaba por cometer la peor locura de su vida. Al llegar a la casa del eclesiástico, unos pocos minutos después que ella, el espectáculo fue memorablemente triste. Un párroco prendiéndose fuego, con las manos cortadas, pateando un bidón de nafta, buscando sin ojos un pene carbonizado.
FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario

De cuervos y tricolores

  El cuerpo del Negrito Miguel fue hallado muerto y empalado con una zanahoria en las inmediaciones de la Villa Carlos Gardel. Aparentement...