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Vos
me tenés que contar si alguien te tocó la cola, Florencia. Soy tu mamá.
La
niña de cinco años, no contestó. Su madre sospechaba de un abuso por parte del
primo menor del ex marido dado que, cada vez que volvía de la casa de esos tíos
del papá de su hija, ésta volvía malhumorada, excesivamente caprichosa y con alguna
que otra molestia en su cuerpo. No era la primera vez que la pequeña se quejaba
de un ardor, pero sin embargo, Florencia no contaba nada que pudiera dar a
entender con exactitud que se trataba de un abuso: ningún juego fuera de lugar
con Francisco –que en esa época tenía catorce años-, ningún episodio “extraño”
o “raro” que ella pudiera manifestar. Por eso, casi siempre, Susana terminaba
preguntándose si, acaso, no veía reflejado en su pequeña (“proyección”) algo de
aquellas feas y duras noches que le tocaron vivir de chiquita junto a su
padrastro, cuando se mudaron a Tapiales, luego de que la madre decidiera volver
a formar pareja, años después de que falleciera su papá.
Al
día siguiente, todo cambió. Florencia habló. Se ve que de tanto insistir, la
niña finalmente relató una situación completamente desconocida hasta el
momento, pero no con Francisco sino con Raúl, ni más ni menos que el cura de la
Iglesia anexada al colegio religioso (y privado) al que concurrían tanto su
hijita como el hermanito mayor, Rafael. Ahí recordó inmediatamente las palabras
de su propia madre, tan ciega y ausente en otros momentos de su infancia, pero
tan lúcida para expresarse en aquella ocasión en la que sentenció, sin ton ni
son: “La primera vez que me tocaron el culo, fue el cura de la Iglesia de mi
barrio.”
Hay
momentos de la vida en que la rotación misma del planeta tierra se detiene. Las
categorías de tiempo y espacio se desarman de manera fenomenal y todo se va
verdaderamente al carajo. Es la marca siniestra de la «repetición», es el suspiro infinito que acompaña el denso pensamiento de “con
ella no, hijo de puta, con ella no”. Es la virulencia de sentir que el mundo es
una mierda y que está plagado, repleto de monstruos imposibles, de serpientes súper
viscosas, de gordas ratas malolientes.
Fue exactamente
en uno de esos poderosos y angustiantes momentos en que Susana, tratando de
disimular su indignación frente a la hija, fue directamente hacia la cocina y
eligió el cuchillo más grande. Trató de pensar con más calma y para eso se
sirvió un vaso con agua helada. Fue hasta el baño, se mojó la cara. Decidió
revisar a su nena, con la excusa de volver a bañarla. No encontró ningún tipo
de “lesión” visible, pero aún faltaba la experta pericia de los médicos.
Tampoco sabía si quería exponer a Florencia a nuevos manoseos. ¿Para qué? Si
todo se podría resolver con unas cuantas y precisas cuchilladas. ¿A cuántos
otros nenes y nenas habría tocado ese canalla? ¿Desde hacía cuánto tiempo llevaba
adelante esta perversión este tipo? ¿Cómo nadie se dio cuenta antes? ¿Cómo ella no se dio cuenta antes?
Susana evaluó
todas las alternativas, sin descartar completamente la posibilidad de asesinar
a Raúl, de la manera más violenta posible (cortarle el pene era una de las
acciones seguras del acto criminal). En el fondo de su espíritu, quería hacerlo
sufrir pero no sólo físicamente sino también psicológicamente: quería que sea
consciente de la brutalidad de su accionar y ver hasta qué punto el psicópata
es capaz de arrepentirse de su salvajismo o no. Qué le importaban a ella la
cárcel o el infierno. Antes de este día, no creía prácticamente ni en la
Justicia ni en Dios. Y, en una circunstancia como esta, mucho menos.
Pero todavía no. Pensó en llamar a Walter, el
papá de Flor. Pensó en mandar un mensaje al grupo de whatsapp de mamis del jardín. Pensó en ir a prender fuego la
Iglesia con el cerdo execrable adentro, con el nefasto sacerdote ardiendo allí.
No supo qué hacer hasta entrada la noche. La furia inicial devino parálisis. Miedo
por las consecuencias psíquicas en la pequeña, culpa por descuidar a su nena,
terror por matar y abandonarla para siempre. Quiso creer que estaba exagerando.
Que “todo el mundo es inocente hasta que se demuestra lo contrario”, pero al
mismo tiempo pensó que dudar del relato de Flor era abusarla por segunda vez.
Llamó a su
hermano, le pidió que viniera urgente a la casa, sin decirle absolutamente nada
del móvil que motivó su llamado. Lo esperó fumando y tragando café
descontroladamente mientras dormía a Florencia, luego de haber cenado a las
apuradas y jugado con ella un poco en la tablet.
Cuando Ignacio
llegó, ya eran las diez de la noche. La notó completamente desencajada. Vio la
caja de alplax en la mesa y supuso
que algo estaba verdaderamente mal allí. Hasta donde recordaba, ella había
descontinuado la medicación psiquiátrica una vez superado el problema de la
separación con el violento y alcohólico de Walter. Todo parecía transitar en
una azulada paz cotidiana en la existencia de su hermana. Esa noche, algo
definitivamente estaba mal allí.
Susana le comentó
sus sospechas a Ignacio. Las actitudes de Florencia, las expresiones sobre el
ardor en ciertas zonas del cuerpo próximas a los genitales. También habló de
los cambios de humor inexplicables de su hija y, quebrándose, le contó al
hermano que al mediodía había nombrado al cura Raúl en una serie de episodios
sin sentido. Él trató de calmarla, como era de prever, quiso hacerla entrar en
razón y evitar que cometiera una locura. Ella pensó que un hombre jamás sería
capaz de entender lo que representa y lo que significa para un alma y un cuerpo
femeninos el avasallamiento masculino. Vio en el hermano un espécimen perfecto
del orden de dominación general. Sus palabras racionales, sus argumentos
lógicos coherentes, en lugar de tranquilizarla la ponían cada vez más nerviosa.
La cabeza de
Susana estaba cada vez más ardiente, confusa, perpleja, iracunda y melancólica.
No sentía que Ignacio pudiera contenerla, ni siquiera escucharla. Urgente debían
hacer algo y dejar de hablar. Pensó que si su hermano no se callaba, el
cuchillo que había separado para ir a matar al cura, se lo iba a estampar a él
en medio del pecho. En un segundo, sintió y creyó que cualquier hombre era igual a todos
los hombres. Desde el verdulero que le miraba el culo con poco disimulo todos
los mediodías, pasando por el maltratador del ex, siguiendo por el tarado que
la piropeó anteayer en la esquina dándosela de varonil, hasta llegar finalmente
a aquella mierda del padrastro abusador de su infancia, que la tocaba un
poquito todas las noches antes de irse a coger a la mamá.
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No me importa
nada. Voy a ir a matar a ese pedazo de sorete. No intentes frenarme porque
también voy a tener que matarte a vos. Fue un error llamarte. Fue un error
mandar a mi hija a ese colegio de curas pedófilos. Fue un error haberme cogido
a Walter sin cuidarme. ¿Qué estoy diciendo? Al final, parece que la culpa de
todo siempre la tuviera yo.
Ignacio
llamó inmediatamente a la policía pero no logró evitar que Susana fuera con
velocidad a poner en marcha el Peugeot 206 azul de vidrios polarizados y
saliera enloquecida a la casa de Raúl, dejando a Florencia durmiendo. A su vez,
él se subió a su Eco Sport gris y la persiguió. Fueron diez minutos de frenesí
donde pensó que su hermana estaba por cometer la peor locura de su vida. Al
llegar a la casa del eclesiástico, unos pocos minutos después que ella, el
espectáculo fue memorablemente triste. Un párroco prendiéndose fuego, con las
manos cortadas, pateando un bidón de nafta, buscando sin ojos un pene
carbonizado.
FIN

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