“Los ojos de Santiago se hicieron pura presencia a nuestro
alrededor, como tema de conversación, como impulso para salir a las calles,
como grito de reclamo, como búsqueda de una verdad lejana, oculta entre sombras.”
Revista Sudestada, N°
150
"Pasear
por la calle con ojos que observan la ignominia, es importante e indespensable,
en la medida que estos ojos causan miedo. Los ojos no hablan pero miran, no
cantan tampoco. Miran el horror y causan miedo al horror."
LEO FERRÉ. 16 de Mayo de 1990
“Cuando
hay un desaparecido, no es el desaparecido el que está desaparecido sino que somos
todos nosotros.”
Sergio Blanco, dramaturgo
La intención de las siguientes líneas es pensar el caso Maldonado
desde la perspectiva del psicoanálisis. ¿Qué podemos aportar a este respecto?
Solamente una breve reflexión.
Este 1° de marzo de 2019 se cumplirá un año y siete meses de
la desaparición de Santiago Maldonado. El 17 de Marzo un año y cinco meses del “hallazgo”
de su cuerpo –entrecomillamos la expresión debido a la dudosa situación de
búsqueda y encuentro del cuerpo del joven.
Este tatuador oriundo de la localidad de 25 de Mayo, nacido
el 25 de Julio de 1989, tenía 28 años cuando desaparece y muere en
circunstancias dudosas o, quizá mejor dicho, en certera persecución brutal de
parte de la Gendarmería Nacional. Todo esto en el marco de la represión a la
comunidad mapuche en Pu Lof Cushamen.
El primer significante que aparece a la hora de abordar el
tema desde el discurso del amo es: RAM. O sea, terrorismo. Ese es el pretexto
bajo el cual se despliega una violencia sistemática hacia la comunidad mapuche.
Se trata de la clásica construcción de un enemigo
interno, en miras de avalar lo peor. La persecución, la judicialización, el
exterminio de lo que “no se adapta”, de lo que fastidia. Siempre es lo Otro, lo diferente desde el punto de
vista de la horda fálica. Los pueblos originarios en este contexto, y en
oposición a los ricos poderosos que pueblan nuestra Patagonia gracias a sus
millonadas y contactos, son el síntoma a fulminar. En ese sentido, representan «lo
femenino» como aquello a ser rechazado.
Ahí aparece un muchacho como Santiago, un “hippie” como suele
decirse irónicamente, un idealista quizá, que se involucra en una causa no
ajena –porque estos pueblos defienden nuestra misma tierra, saqueada por el
hombre colonial, el mismo de siempre- si no tal vez no tan propia, pero en
definitiva se apropia, se agencia, se
mete, se implica, se compromete. Se trata del elemento no-calculado por el
discurso del poder, representa una contingencia sorpresiva en tanto viene
alguien digamos “de afuera” (o de no-tan-adentro, es decir, un factor éxtimo). Un
joven “blanco” pero rebelde, con conciencia social, miembro de la “civilización”
no indígena pero solidario y empático con su causa. Alguien de quien se
esperarían otros comportamientos, seguramente, más educados y adaptados a la
realidad. Pero que desde su deseo, cuestiona y se cuestiona los privilegios dados al no-indio. Entonces, se mete,
porque ve. Porque desde su mirada
observa que algo, en este podrido mundo, no está bien.
El asesinato de Santiago Maldonado por parte del gobierno de
Mauricio Macri –llevado adelante intencionalmente o no por Gendarmería, bajo
las órdenes de Pablo Noceti y el conocimiento exacto de todo lo sucedido por
parte de Patricia Bullrich- marca un antes y un después en la Argentina. Señala
el regreso de la brutalidad, de la impunidad, de la ferocidad estatal. Señala
el retorno del efecto “terrorismo de Estado”, como más no sea en una dosis
ínfima. Es un anticipo de toda la salvaje represión que le siguió después. El
neoliberalismo sin represión no cierra. Tampoco sin persecución, sin enemigos internos, sin intimidación. Porque
este tipo de episodios donde nada queda claro más que el horror, lo que buscan
en definitiva es asustar a la sociedad, enclaustrarla en el silencio y la
resignación.
Pero la sociedad no se amedrentó. No tanto los ojos, sino la mirada de Santiago produjo un efecto
causal terrible. Causó un deseo fenomenal de salir a reclamar por su aparición
y por el esclarecimiento del hecho. Lacan vincula la mirada con el objeto a causa del deseo. Los objetos a son esos restos, esas nadas de real
que caen como desechos en la constitución subjetiva restándose al Otro
simbólico como tesoro del significante, es decir, no son representables ni
especularizables. Son producto del recorte significante que el lenguaje traza
sobre el cuerpo viviente. La erotización del niño conlleva una parcialización de
su integridad en zonas erógenas donde estos objetos caen como restos desiderativos
elevándose poco a poco a la categoría causal y situándose en esa estructura
inconsciente que es el fantasma desde donde provocan el deseo. El objeto a es la reserva de libido que posibilita
la separación del sujeto en tanto tal, a los fines de una alienación no-toda.
La presencia de la mirada de Santiago, primero en fotografías
y después en todo tipo de pinturas, murales, remeras, etc., angustia en un
tiempo 1, pero provoca en tiempo 2. Genera movimiento, provoca al sujeto a
tomar posición la cual –como quedó demostrado en gran parte de la sociedad
argentina- puede ser también la del más absoluto rechazo. Porque este tipo de crímenes
que bordea el horror del delito de lesa humanidad despierta mecanismos
renegatorios ante el propio goce secreto. Ese goce que no se quiere ver ni
admitir, pero que se lee crudamente en los comentarios de las redes sociales. “Algo
habrá hecho…” sintetiza la encerrona trágica de una civilización mortificada y
connivente con la crueldad del Amo. Es pura lógica, puesto que se trata de la
misma parte de la sociedad que elige a un perverso y sádico como Macri para que
sea presidente.
El objeto a
presente en la mirada de Santiago Maldonado, separa, divide, escande. A cada
uno y a la sociedad misma, acentuando nuevamente esa famosa “grieta” de la que
hablan algunos. El cuerpo de Santiago en el río… algunos argentinos de un lado
y otros del otro. Al aparecer el cuerpo reaparece parte de nuestra propia
carne. Volvemos un poco más en sí. Reaparecemos como sociedad. Pero no
terminaremos de estar faltos y dolidos como no se sepa la verdad de lo sucedido
y se mantengan impunes los cobardes culpables y sus apólogos. Incluidos los
jueces que cierran o cajonean las causas.
Desde cada una de las representaciones artesanales del rostro
de este artesano platense, allí continúa Santiago mirándonos, como agradecido
por todo lo que fuimos y somos capaces de hacer desde nuestro humilde lugar por
él al no condenarlo injustamente sino a tratar de saber la verdad de su
defunción aún impune. Como agradecido por ser pensadores críticos y éticos, por
movilizarnos y seguir teniendo sensibilidad por lo que le sucede al otro. Por
haber estado ese día en la Plaza o aquel otro subiendo un video dónde decíamos
dónde estábamos nosotros y nos preguntábamos por dónde estaba él. Quienes
esperan Justicia hoy ya no es él, sino su dolida familia y también todos
nosotros, los que permanecemos del lado del Río de la verdad y no de la
negación. Todos nostrxs nos merecemos justicia y no impunidad, no más impunidad.
Tarde pero llega. Es cuestión de saber esperar.
La mirada de Santiago es una presencia hecha de una ausencia,
una nada real que angustia por la eficacia simbólica a la que se anudó en el
imaginario popular. Santiago ya no ve, pero mira. Mira el horror y causa miedo
al horror. Y mirará eternamente hasta que los culpables de su muerte paguen las
consecuencias de sus acciones y no queden impunes. Recién ahí, coincidiendo con la cicatrización
de la herida de sus dolos queridos, él podrá definitivamente cerrar sus bellos
ojos y descansar en paz.
Buenos Aires, 24-2-2019
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