domingo, 24 de febrero de 2019

LA MIRADA DE SANTIAGO




“Los ojos de Santiago se hicieron pura presencia a nuestro alrededor, como tema de conversación, como impulso para salir a las calles, como grito de reclamo, como búsqueda de una verdad lejana, oculta entre sombras.”

Revista Sudestada, N° 150

"Pasear por la calle con ojos que observan la ignominia, es importante e indespensable, en la medida que estos ojos causan miedo. Los ojos no hablan pero miran, no cantan tampoco. Miran el horror y causan miedo al horror."

LEO FERRÉ. 16 de Mayo de 1990

“Cuando hay un desaparecido, no es el desaparecido el que está desaparecido sino que somos todos nosotros.”

Sergio Blanco, dramaturgo

La intención de las siguientes líneas es pensar el caso Maldonado desde la perspectiva del psicoanálisis. ¿Qué podemos aportar a este respecto? Solamente una breve reflexión.  

Este 1° de marzo de 2019 se cumplirá un año y siete meses de la desaparición de Santiago Maldonado. El 17 de Marzo un año y cinco meses del “hallazgo” de su cuerpo –entrecomillamos la expresión debido a la dudosa situación de búsqueda y encuentro del cuerpo del joven.

Este tatuador oriundo de la localidad de 25 de Mayo, nacido el 25 de Julio de 1989, tenía 28 años cuando desaparece y muere en circunstancias dudosas o, quizá mejor dicho, en certera persecución brutal de parte de la Gendarmería Nacional. Todo esto en el marco de la represión a la comunidad mapuche en Pu Lof Cushamen.  

El primer significante que aparece a la hora de abordar el tema desde el discurso del amo es: RAM. O sea, terrorismo. Ese es el pretexto bajo el cual se despliega una violencia sistemática hacia la comunidad mapuche. Se trata de la clásica construcción de un enemigo interno, en miras de avalar lo peor. La persecución, la judicialización, el exterminio de lo que “no se adapta”, de lo que fastidia. Siempre es lo Otro, lo diferente desde el punto de vista de la horda fálica. Los pueblos originarios en este contexto, y en oposición a los ricos poderosos que pueblan nuestra Patagonia gracias a sus millonadas y contactos, son el síntoma a fulminar. En ese sentido, representan «lo femenino» como aquello a ser rechazado.   

Ahí aparece un muchacho como Santiago, un “hippie” como suele decirse irónicamente, un idealista quizá, que se involucra en una causa no ajena –porque estos pueblos defienden nuestra misma tierra, saqueada por el hombre colonial, el mismo de siempre- si no tal vez no tan propia, pero en definitiva se apropia, se agencia, se mete, se implica, se compromete. Se trata del elemento no-calculado por el discurso del poder, representa una contingencia sorpresiva en tanto viene alguien digamos “de afuera” (o de no-tan-adentro, es decir, un factor éxtimo). Un joven “blanco” pero rebelde, con conciencia social, miembro de la “civilización” no indígena pero solidario y empático con su causa. Alguien de quien se esperarían otros comportamientos, seguramente, más educados y adaptados a la realidad. Pero que desde su deseo, cuestiona y se cuestiona los privilegios dados al no-indio. Entonces, se mete, porque ve. Porque desde su mirada observa que algo, en este podrido mundo, no está bien.

El asesinato de Santiago Maldonado por parte del gobierno de Mauricio Macri –llevado adelante intencionalmente o no por Gendarmería, bajo las órdenes de Pablo Noceti y el conocimiento exacto de todo lo sucedido por parte de Patricia Bullrich- marca un antes y un después en la Argentina. Señala el regreso de la brutalidad, de la impunidad, de la ferocidad estatal. Señala el retorno del efecto “terrorismo de Estado”, como más no sea en una dosis ínfima. Es un anticipo de toda la salvaje represión que le siguió después. El neoliberalismo sin represión no cierra. Tampoco sin persecución, sin  enemigos internos, sin intimidación. Porque este tipo de episodios donde nada queda claro más que el horror, lo que buscan en definitiva es asustar a la sociedad, enclaustrarla en el silencio y la resignación.      

Pero la sociedad no se amedrentó. No tanto los ojos, sino la mirada de Santiago produjo un efecto causal terrible. Causó un deseo fenomenal de salir a reclamar por su aparición y por el esclarecimiento del hecho. Lacan vincula la mirada con el objeto a causa del deseo. Los objetos a son esos restos, esas nadas de real que caen como desechos en la constitución subjetiva restándose al Otro simbólico como tesoro del significante, es decir, no son representables ni especularizables. Son producto del recorte significante que el lenguaje traza sobre el cuerpo viviente. La erotización del niño conlleva una parcialización de su integridad en zonas erógenas donde estos objetos caen como restos desiderativos elevándose poco a poco a la categoría causal y situándose en esa estructura inconsciente que es el fantasma desde donde provocan el deseo. El objeto a es la reserva de libido que posibilita la separación del sujeto en tanto tal, a los fines de una alienación no-toda.

La presencia de la mirada de Santiago, primero en fotografías y después en todo tipo de pinturas, murales, remeras, etc., angustia en un tiempo 1, pero provoca en tiempo 2. Genera movimiento, provoca al sujeto a tomar posición la cual –como quedó demostrado en gran parte de la sociedad argentina- puede ser también la del más absoluto rechazo. Porque este tipo de crímenes que bordea el horror del delito de lesa humanidad despierta mecanismos renegatorios ante el propio goce secreto. Ese goce que no se quiere ver ni admitir, pero que se lee crudamente en los comentarios de las redes sociales. “Algo habrá hecho…” sintetiza la encerrona trágica de una civilización mortificada y connivente con la crueldad del Amo. Es pura lógica, puesto que se trata de la misma parte de la sociedad que elige a un perverso y sádico como Macri para que sea presidente.

El objeto a presente en la mirada de Santiago Maldonado, separa, divide, escande. A cada uno y a la sociedad misma, acentuando nuevamente esa famosa “grieta” de la que hablan algunos. El cuerpo de Santiago en el río… algunos argentinos de un lado y otros del otro. Al aparecer el cuerpo reaparece parte de nuestra propia carne. Volvemos un poco más en sí. Reaparecemos como sociedad. Pero no terminaremos de estar faltos y dolidos como no se sepa la verdad de lo sucedido y se mantengan impunes los cobardes culpables y sus apólogos. Incluidos los jueces que cierran o cajonean las causas.

Desde cada una de las representaciones artesanales del rostro de este artesano platense, allí continúa Santiago mirándonos, como agradecido por todo lo que fuimos y somos capaces de hacer desde nuestro humilde lugar por él al no condenarlo injustamente sino a tratar de saber la verdad de su defunción aún impune. Como agradecido por ser pensadores críticos y éticos, por movilizarnos y seguir teniendo sensibilidad por lo que le sucede al otro. Por haber estado ese día en la Plaza o aquel otro subiendo un video dónde decíamos dónde estábamos nosotros y nos preguntábamos por dónde estaba él. Quienes esperan Justicia hoy ya no es él, sino su dolida familia y también todos nosotros, los que permanecemos del lado del Río de la verdad y no de la negación. Todos nostrxs nos merecemos justicia y no impunidad, no más impunidad. Tarde pero llega. Es cuestión de saber esperar.  

La mirada de Santiago es una presencia hecha de una ausencia, una nada real que angustia por la eficacia simbólica a la que se anudó en el imaginario popular. Santiago ya no ve, pero mira. Mira el horror y causa miedo al horror. Y mirará eternamente hasta que los culpables de su muerte paguen las consecuencias de sus acciones y no queden impunes.  Recién ahí, coincidiendo con la cicatrización de la herida de sus dolos queridos, él podrá definitivamente cerrar sus bellos ojos y descansar en paz.

Buenos Aires, 24-2-2019         
    



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