lunes, 4 de febrero de 2019

Pesa-ladilla nocturna, entre Goya y Sigmund Freud





A Emanuel nunca le había gustado encasillarse en una tribu. Por eso, más allá de sus intereses estéticos, desde el punto de vista de su aspecto, no llamaba especialmente la atención ni portaba elementos o vestimentas que dieran cuenta de los mismos. Sus pensamientos se encontraban especialmente escondidos y sólo a determinadas personas les contaba lo que realmente opinaba o sentía.  

Emanuel se decía satanista por haber comprado la “Biblia Negra” de Szandor LaVey en la galería Bond Street. A esta lectura, sumaba música oscura como ciertas bandas de black metal del estilo de Dark Funeral. Este joven de veinte años del barrio de Merlo, estudiaba Filosofía en la UBA (en realidad, estaba haciendo el CBC en Puán).  

Era época de primeros parciales. Tenía que rendir la materia Filosofía propiamente dicha, lo cual se suponía que era una evaluación obvia y sencilla para los alumnos de la carrera. Si bien no estudiaba mucho, puesto que se encontraba abocado a lecturas esotéricas y espiritistas, de todas maneras, era un muchacho inteligente, con cierta capacidad de argumentación y recursos lingüísticos por encima de la media.

Aquel lunes del mes de Mayo, bajó del tren Sarmiento en la estación de Caballito alrededor de las 12:30hs, es decir, apenas pasado el mediodía. Era un día soleado, con pocas nubes y se sentía una brisa suave que acariciaba el rostro de manera sutil. Emanuel iba con su mp3 a todo volumen y no vio el auto que, a toda velocidad, pasó a escasos centímetros de su pie izquierdo allí, en la calle Yerbal.
“Qué boludo” pensó. Exactamente lo mismo que le grito el conductor del palio rojo, modelo 99, patente LSD 666.

Siguió caminando y encendió uno de esos cigarrillos armados que tanto le agradaba disfrutar. Este en especial, estaba mezclado con marihuana. Al llegar a Rivadavia, y justo luego de pasar por debajo de una escalera, un gato negro se cruzó en frente suyo. Maulló, le echó un vistazo y desapareció de su vista casi como un roedor, más que como un felino. En ningún momento nada de todo esto llamó su atención. Ni siquiera el hecho de que al terminar de cruzar la avenida, casi mágica e imprevisiblemente comenzará a llover.

No alcanzarían las palabras para relatar todo lo que fue sucediendo entre el trayecto de la estación de tren y la Universidad, más exactamente, la sede de Filosofía y letras en Puán 480, Caballito. Desde el suicida del quinto piso del edificio de la Avenida Alberdi hasta la vieja ladrona de frutas en la verdulería por la que siempre pasaba y que entró en conflicto con un policía de la Federal. Nada lograba llamar verdaderamente su atención. Tampoco los motochorros del CG 125 azul que portaban una careta terrorífica y gritaban cosas inentendibles. Ni toda la marcha sindical que transitaba por Pedro Goyena, a las puteadas.

Llegando a la facu, un hippie de los que venden libros en la vereda, casi cansado de la distracción en la que transitaba este pibe, lo tomó de la remera y lo sacudió hablándole en alemán. Tenía los ojos rojos y furiosos como los de Satán. Le enterró un sahumerio en el oído derecho y se quedó pasmado viendo como el humo le salía por la nariz. Chicas estudiantes lo desnudaron y algunas mearon su cabeza. Removieron el cuerpo hasta el patio y seguía lloviendo. Su alma fue hasta el aula del piano y a todo esto el día se había vuelto noche. La Facultad era como su Secundario y los compañeros eran a la vez parte de una cofradía secreta. Su padre-cabra leyó frases en voz alta desde un ascensor que flotaba sobre el famoso árbol de Puán. Se hizo viernes festivo, quemaban apuntes, comían profesores, todo era una orgía de saberes universales. Las llamas del infierno ardían en Puán. Todo era muy Puán. Demasiado Puán. Zaratustra escabiaba con Hegel, Don Juan y Castaneda fumaban un “nevado” en el pasillo del segundo piso. Regresaba su alma de tocar el piano y él subía sonámbulo (¿cuándo se durmió?) hasta una terraza que para los demás no existe.

El examen fue bastante fácil. Lo internaron a los meses en un Psiquiátrico de la Av. Warnes, por la zona de Agronomía. Se hace llamar EL ÁGUILA AUTOGENERADA POTENCIALMENTE SAGAZ. Parece que se hizo filósofo antes de tiempo...
Febrero de 2019    

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