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Cuando
me enteré de que el sindicato de Luz y Fuerza, en verdad, era la Fraternidad de Lucifer, nada volvió a
ser igual en mi conciencia.
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Estábamos
caminando con Samuel una fría tarde de otoño por la playa de San Bernardo y, de
golpe, sentimos el rugir de los motores en la lontananza de un horizonte opaco.
Eran dos Mirage 5P de la Fuerza Área
Peruana adquiridos por la Argentina cuando la guerra de las Malvinas a inicios
de la década del ochenta.
Pasaron
como dos halcones con mezcla de león –por su rugir- y nos dejaron impactados
por el choque que representaban en medio de un adormecido mar atlántico. Figura
de poesía que no inspiró para escribir, luego, poemas bélicos de amor a una
chica. Cada uno a la suya.
Estábamos
parando en el Hotel de la Federación Argentina de Trabajadores de Luz y Fuerza.
Es decir, dormíamos en un lugar creado para los obreros de la energía, sin
serlo nosotros.
¿Cómo
fue que llegamos allí? Por un primo de Samuel, empleado de Edenor.
***
Cierta
madrugada me levanté para ir a fumar un cigarrillo a la calle (sueños extraños
no me dejaban dormir). Al llegar al hall del hotel, escuché una voz que decía:
“In hoc
signo vinces [con
este signo vencerás].” Los empleados del lugar llevaban adelante una ceremonia
esotérica, con tenues luces rojas, recitaban ditirambos a Lucifer mientras
rociaban con sangre a un joven que yacía en el sitial de fuego. Sonaba metal
argentino al palo. Y había un par de posters de Perón. Al salir a la vereda
encendí el cigarro y vi en el paredón de enfrente el siguiente símbolo:
Y, a un
costado, había otro que parecía ser su evolución:
Al día siguiente, decidí que,
si iba a vencer con esos signos, entonces quería llevarlos tatuados en mi piel.
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Una vez que regresamos de la
Costa Atlántica, caminando por Retiro con Samuel, decidimos parar a comprarle
chipá a un paraguayo que laburaba como vendedor ambulante. Quise ir en busca del
tren que va para el lado de Tigre, pero mi amigo me dijo que “tenía cosas que
hacer”. “Entonces, le dije, aunque sea vayamos a tomar un vino junto al tótem
de la plaza”, a lo que él contestó con una sonrisa tímida.
Sentados junto al tótem de la
Plaza Canadá, tomamos vino de cartón y fumamos cigarrillos negros 43 70.
En esa época tenía mucha
tristeza por ciertas pérdidas personales que me llevaban a deprimirme todo el
día. Pero gracias a mis nuevos tatuajes, pude salir adelante. De la mano de V8
y de la Juventud Peronista (que sería como escuchar La Renga y militar en La Cámpora hoy en día). Y también gracias
a mi amiguito Samuel, con quien nos la pasábamos recorriendo lugares nuevos de
la ciudad y del conurbano, en busca de algún “filito”, de cocaína y de bandas
nuevas de heavy metal.
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En San Bernardo, Samuel se
compró una remera de Metallica. Siempre
fue medio cipayo el pelotudo.



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