sábado, 23 de mayo de 2020

Flor de empate




1

Eran aproximadamente las nueve de la mañana cuando sonó el teléfono inalámbrico por tercera vez. Decidí levantarme para ver quién era. Estaba con una resaca increíble de la noche anterior en el Bar de Antonio. Creo que estuvimos jugando al pool hasta las cuatro de la mañana, whiskies mediante, escuchando música y encarando minas sin éxito. Otra de esas noches clásicas para olvidar, como dice la canción.

“¡Al fin respondés, Julián!”, oí que me decía una voz femenina desde el otro lado del tubo. “Te estoy llamando acá porque se ve que tenés el celular apagado”. Estuve unos segundos rascándome la nariz pensando de quién se trataba. Luego me acomodé los testículos en el bóxer y me cayó la ficha. Era Samanta. Pero, ¿qué quería después de casi cinco meses sin hablar?

Mientras calentaba un poco de café, fui a correr las cortinas del departamento y la luz del día me encandiló fiero. Era una mañana espléndida, henchida de sol y movimiento, la cual se veía muy bien desde el piso 8, en especial la Plaza Sarmiento que tengo justo en frente. A todo esto, estaba escuchando atentamente –en realidad, como podía, con un sueño ebrio de pocas horas- a Samanta que había comenzado a explicarme los motivos de su comunicación. Pero antes de meternos en ese asunto, quisiera recordar un poco quién fue esta chica en mi vida.


2

Con Samanta nos conocimos hace unos años en Makena, el bar que está en Palermo Hollywood. Creo que fue la misma noche que mataron a un flaco en la puerta del lugar con un “abrecartas”. Nosotros nos enteramos al día siguiente, a raíz de un whatsapp que le llegó a ella cuando salíamos del telo. También en ese momento nos enteramos que me habían afanado el estéreo del auto, como en las viejas épocas, cosa que creí que no se hacía más. Pero como mi vehículo en ese momento era un poco viejo, se ve que aprovecharon.

La noche anterior, es decir, la noche en que nos conocimos había ido solo. Bueno, en realidad no. Habíamos quedado con Antonio ir juntos, pero él prefirió quedarse en su bar, así que nunca llegó. Si mal no recuerdo, fue un sábado en el que jugaban el clásico Banfield – Lanús. Y fui a la cancha, con lo cual hice todo el trayecto que va de zona sur hasta Palermo, fumado y en pedo (habíamos estado escabiando con los muchachos antes de entrar al estadio).

En aquella época, Samanta era un piba de veinticinco años, delgada, rubia (castaña teñida) y con una personalidad bastante jodona. Le gustaba el rock nacional, el reggae y el fernet. También los chabones como yo. Desalineados, medio bohemios, altos y silenciosos. Según me enteré después, lo que más le gustó de mí fue la remera de Banfield con el logo de La 25.

Creo que fueron ella y su amiga las que se acercaron a pedirme una seca de las flores que estaba quemando, ya con ganas de irme al carajo, porque estaba bastante cansado de haber laburado todo el día y de haber ido a ver el partido. En aquel momento, laburaba como cadete por el microcentro con el CG-150 que tenía además del auto, el cual en verdad era de mi viejo. Nos pusimos a charlar los tres. Su amiga era muy bonita también y como con las rubias siempre tuve el prejuicio de Luca Prodan, encaré para el lado de la morocha, aunque de manera infructuosa. No sólo porque era lesbiana –cosa que también me enteré después-, sino porque Samanta estaba caliente conmigo. Cuestión que descubrí ahí, en ese mismo momento, porque sin mediar palabra alguna que fuera en tal dirección, con su baile y movimiento me dijo todo.

Después de aquella noche, tardamos más o menos unos tres meses en ponernos a salir. Y un año en irnos a vivir juntos por la zona de Santos Lugares, donde quedaba una casa vacía producto del fallecimiento de su abuela materna. Las cosas fluyeron bastante bien durante dos años y siete meses. Pero el último tiempo, algo se desgastó. Nunca se termina de saber a ciencia cierta qué es lo que estropea una relación. En realidad, tampoco se sabe con exactitud qué la construye. Y así vamos, en definitiva, con más incertezas que certidumbres cabalgando al potrillo del amor. Hasta que nos caemos. Y, a veces, nos damos la cara contra el piso. Hubo algunos episodios de celos, un poco de infidelidad de parte de ambos, una pizca de maltrato y bastante descuido recíproco. En fin, lo mismo de siempre.

3

Finalmente, después de un extenso rodeo elocutivo, me terminó diciendo: “Estoy embarazada y estoy segura de que es tuyo.” ¿Por qué esperó tanto para decírmelo? Casi corto la comunicación, dejando caer el inalámbrico sin querer. Sinceramente, no me esperaba tal noticia. No podía decir que fuera mala, aunque me resultaba difícil verle el lado positivo a tener un hijo con alguien a quien ya no amaba. Samanta me preguntó qué quería hacer. Pensé que con cinco meses de embarazo como mínimo –ni recordaba la última vez que habíamos tenido sexo-, era prácticamente imposible que se sometiera a una interrupción voluntaria. “¿Querés hacerte un ADN?”, me preguntó ante tanto silencio. “No”, le dije. “Te creo”. Vacié la tasa de café de un sorbo apresurado. Fui hasta la campera a buscar los puchos. Del otro lado se escucha un sollozo. Fue un instante emotivo, aunque me encontraba –debo admitirlo- un poco desencajado. Encendí el cigarro y abrí la ventana a través de la que se veían la Plaza y la mañana. Uno no se entera todos los días de que va a ser papá. Le dije que estaba bien, que iba a hacerme cargo del niño o de la niña por venir. “Por ahora es un niñe”, me dijo la tarada. Eso del lenguaje inclusivo me parecía casi tan estúpido como no usar preservativo a la hora de coger, si no querés ser padre. Así que estábamos empatados en la boludez. Igual que aquel clásico del sur que fui a ver el día que nos conocimos, que terminó cero a cero y nos quedamos con las ganas de gritar un gol.    

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