lunes, 29 de junio de 2020

¿Te excita cagar con Yabrán? Terror y horror en un bosque...



(Mientras lees este cuento, el espectro de tu bisabuela bate sangre en un pote con pedazos de perro muerto a tus espaldas. No la puedes ver ni oír. Pero esta noche, a mitad de la madrugada, cuando estés durmiendo boca bajo, ella te tomará de los tobillos y largará un gritó estridente que helará todos tus sentidos. No te podrás mover, cuando apoye su hediondo cuerpo en descomposición sobre tu espalda. Te girarás de golpe, intentando respirar, pero ella apoyará su concha caliente en tu rostro y de allí saldrán putrefactos gusanos que caerán directo en tu boca.)
Aquella tarde en el bosque de Cariló, con Ramiro y Federico decidimos que íbamos a quedarnos hasta el anochecer, haríamos una fogata e intentaríamos quedarnos toda la noche. Quisimos contar historias de terror, pero no fue necesario. Ya entenderán ustedes por qué.


Caía la noche en el bosque oscuro y frondoso. Ya prácticamente nada se veía más que nuestros tenues rostros iluminados vagamente por linternas mediocres. Federico era un sujeto definitivamente extraño. Una de esas personas que no te terminan de cerrar. De hecho, era amigo de Ramiro y no mío. Creo que profesaba la religión Umbanda. Tenía un olor asqueroso y los dientes deformes.


Mientras tomábamos una bebida blanca bien ardiente, de golpe, en un instante de silencio inesperado, comenzamos a escuchar un “tin tin tin”. Una especie de campanita siniestra cuyo origen incierto nos causó gracia. Al menos, en un primer momento. No sabíamos que ese iba a ser el comienzo del horror. Del espanto más oscuro que puede un alma desprevenida sentir.

La leyenda de la campanita de Cariló, dice que es el último ruido que oís antes de la “exopsiquiasis”, una transmutación inter-espiritual entre los cuerpos presentes en el momento de escucharla. Antiguamente, esto formaba parte del ritual de la momia Bushra, cuyo significado en árabe es “buen augurio”. Sentido equívoco si los hay porque la transformación inter-psíquica es de las experiencias más horrendas que sentí.
Se escuchó un horrible aullido de perro. Los tres miramos hacia donde provenía el mismo y sentimos unos pasos humanos o, al menos, humanoides. La sombra deforme comenzó a acercarse hacia nosotros. Había llegado la hora. El espíritu de la momia del infierno nos miraba desde las sombras y nosotros, pálidos y paralizados, absolutamente aterrorizados, empezamos a sentir la disgregación de nuestra realidad psíquica en acto. El yo de Federico se impuso sobre mi ego, capturando mi mente de manera tenaz y destronando mis criterios de pensamiento que pasaron a verse absorbidos por idioteces descomunales que, en verdad, habitaban la cabeza de él. Sentí cómo mi yo a la vez se dirigía al psiquismo de Ramiro, mezclándose con el suyo.

Nuestros cuerpos hicieron una fogata. La momia de las campanitas de Cariló comenzó a desvestirse, es decir, a quitarse venda a venda. Ya no era una sombra, era una entidad consistente, pero su cuerpo era un cadáver nauseabundo.
El impulso de mi yo-Federico, es decir, la posesión en la que me convertí producto de la “exopsiquiasis” hizo que me aproximara a la campera del cuerpo de Ramiro y extrajera de allí un cuchillo. Quería impedirlo pero no podía. Comencé a apuñalar al cuerpo de Federico cuya conciencia correspondía a la de Ramiro. Es decir, era él quien en verdad moría y sentía el dolor.
   
Un temible perro negro llegó hacia el amanecer. La fogata estaba apagada. Los tres yacíamos tirados en el piso. Federico estaba muerto. Yo lo había matado. Aunque, en realidad, Federico, habitándome, había matado al Ramiro psíquico. El perro negro de ojos rojos empezó a enfurecerse y a ladrarme con rabia. De pronto, su canino cuerpo de mastín devino la imagen misma del diablo o, tal vez, fue una ilusión. Ya no lo sé. Lo único que recuerdo es que el Señor de las Tinieblas era una parca rojiza, esquelética, cuya calavera tenía trozos de carne viva y colmillos de lobo –o pantera. Sus cuernos de toro amarillentos ardían porque provenían del mismísimo infierno. La maldad encarnada, la crueldad y el sadismo personificados. Vestía debajo de su túnica negra, un traje de militar y tenía una chapa de policía. La locura que vivimos ese día fue la Dictadura del 70 en miniatura, porque él comenzó a torturarnos. Entendimos qué era el fascismo.


La destrucción de la vida, de la juventud, del amor. Del pensamiento, de la identidad. Del cuerpo. Del hombre. El retorno de la muerte. La venganza de los malnazidos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

De cuervos y tricolores

  El cuerpo del Negrito Miguel fue hallado muerto y empalado con una zanahoria en las inmediaciones de la Villa Carlos Gardel. Aparentement...