Aún no recuerdo cómo llegué a ese
espacio de murgas uruguayas en Moreno. Me estaba tomando una cerveza bien
helada. Y claro, era pleno verano. La estación del año en la que hay que ir por
la sombra e hidratarse. Ella me miraba fijo desde hacía más o menos quince
minutos. Y empecé, como siempre, con la duda cartesiana. O más bien hamletiana.
Que sí, que no. Que me mira a mí, que mira a otro, otra, otre… ¿y si es ciega?
En un momento tenés que dejar de pensar porque estás al horno sino. Me acerqué
con cualquier excusa.
-
¿Vos estabas la otra vuelta en el Transfo de Haedo, no?- arranqué mintiendo.
-
Hola…- dijo y me clavó esa mirada penetrante que tanto
encendía mi deseo.- No conozco ese lugar.
-
…
Fue un momento difícil. ¿Cómo siendo
del oeste no conocía uno de los pocos espacios culturales que tenemos? “Me la
bajó”, como se dice. Pero después, me aclaró que era de Mar del Plata y que
había venido a visitar a su prima. Le ofrecí un pucho y me preguntó si tenía
faso. Le dije que no pero que conseguía. Al rato volví con “eso” y fuimos al
patio a fumar. Me presentó a la prima y a su novio (el de la prima). Ella
estaba soltera. Tenía veintiocho años y estudiaba abogacía. “Qué embole”, pensé
por dentro, pero no se lo dije.
Después de escuchar a las murgas,
bastante más sueltos que al principio, transamos en la oscuridad de un pasillo
que daba a la cocina del lugar. El espacio era como una casona abandonada, con
un patio enorme. Ella con su prima habían venido en el auto del novio de esta y
me ofrecían llevarme hasta la estación del Sarmiento, a donde iba a ir a
esperar el primer tren de domingo para llegar a Morón. Acepté.
En el auto seguimos chapando pero, en
esta ocasión, nuestras manos empezaron a atreverse un poco más. Más allá del porro y del alcohol, el éxtasis propio de la
excitación sexual nos transportaba lejos de allí, estábamos en el coche y no.
Como cuando en un sueño, resulta que estás en un lugar que es como cuatro
lugares juntos.
Me estaba por bajar del auto y me
preguntó si quería pasar lo que quedaba de noche en la casa de la prima. “Qué
te parece”, pensé por dentro. Fuimos. Ellos vivían por el lado de La Reja. En
realidad, estaban parando en una especie de quinta muy piola, con pileta y
blablablá. Como hacía mucho calor, nos metimos en el agua, acompañados por
fernet, vino y cervezas. La prima de mi chica estaba buenísima también. A esa
altura, flasheé orgía. Aunque nunca había estado en una misma escena sexual con
otro flaco. Creo que me leyeron el pensamiento porque inmediatamente pidieron
que “en la pileta, nada de ropa”. Me avergoncé un poco, pero lo superé rápido.
Cada uno empezó a coger por su lado. Yo
estaba con Mercedes en una punta y Flavia con Tiago estaban en la otra. Ella me
recorría el cuello con su ardiente lengua, de vez en cuando me mordía pero a mí
no me molestaba. Al contrario me excitaba más. De fondo se empezaron a escuchar
los gemidos de los otros dos. Eso le daba un toque a la situación entre bizarro
y altamente erótico. Me di cuenta que el preservativo en la pileta iba a estar
complicado (ni que hablar de sexo oral) pero me las ingenié como pude y me lo
puse. Al penetrar a Mercedes ella pegó un grito que contrastó enormemente con
el silencio del campo en el que estábamos. Por dentro pensaba que tenía que ir
despacio, ya que si no me iba a pasar como la última vez con aquella pendeja de
Quilmes, después del recital de Divididos en Flores, en la que acabé al toque. Esta
vez iba a ser diferente. Lo que no me imaginaba era cuán diferente.
Mientras lo hacíamos se acercaron Tiago
y Flavia. Esta empezó a chapar a la prima (¿eran primas realmente? ¡Qué sé yo!).
Le acariciaba los pechos y de pronto bajó una mano hasta el clítoris de quien
hasta ese momento solo conmigo gozaba. “Alto trío”, pensé por dentro. Pero rápidamente
se me cruzó por la cabeza: “¿Y el novio?” Al novio lo tenía atrás. Me masajeaba
la espalda y poco a poco empezó a darme besos en el cuello. A esa altura del
partido, sinceramente, mis prejuicios y condiciones heterosexuales ya estaban
bastante borrosos. ¡Imaginate si te vas
a poner a pensar qué es el bien y qué es el mal en semejante situación!
Continuamos teniendo relaciones los
cuatro en la piscina unos cuantos minutos. Ahora Mercedes estaba de espaldas
mientras la penetraba con suavidad pero sin cobardía. Agarraba sus pechos y besaba
a Flavia que a la vez masturbaba a su novio. Este último había empezado a
meterme un dedo en el culo. Nunca me habían penetrado por allí. ¿Qué se
sentiría? El chabón estaba evidentemente muy interesado en probarme. Hizo un
primer intento y corrí el culo con disimulo. ¿Era necesario que para hablar de
una “orgía” tengamos que estar “todes con todes”? Parece que sí, porque
insistió. Finalmente, dije. “Bueno, me estoy cogiendo a la novia… voy a darle
una satisfacción a cambio.” Me incliné un poco y le permití penetrarme. Fue
bastante menos doloroso de lo que creí y bastante más placentero de lo que
suponía.
No crean que terminó todo allí. Luego
de que acabáramos, cada une en el orificio correspondiente y al tiempo que
hubiere sido, fuimos a la habitación, en donde un poco a la fuerza me
terminaron atando a la cama. Acá la cosa se puso más picante. Porque empezaron
a jugar con mi cuerpo de un modo bastante sádico, infringiéndole pequeñas lastimaduras
con elementos cortantes, punzantes. También comenzaron a quemarlo. En ese
momento empecé a gritar dado que no me gustaba ya tanto nivel de agresión, ni
me excitaba, cosa que a elles evidentemente sí. Me desataron y continuaron
haciéndolo elles, mientras yo miraba. Cada une a su turno se dejó atar y
humillar por el otre. El momento más asqueroso fue cuando Mercedes y Flavia
defecaron sobre Tiago, que parecía enardecidamente excitado ante la situación. ¿Pueden
creer que lo obligaron a comerse la caca? No aguanté más y vomité en un
costado.
Nunca más volví a ver a este trío de
chiflades. Pero cada tanto me masturbo pensando en la piscina. Nunca más volví
a experimentar semejante goce. Excepto cuando escucho opera y tomo whisky. O
también cuando pongo mi disco favorito y lo acompaño con el piano, después de
haberme fumado unas buenas flores. Jamás sentí la necesidad de llevar el sexo hasta
el extremo del dolor, ni propio ni ajeno. Pero tampoco juzgo a quienes así gozan,
ya sea de manera sádica, masoquista o como fuere. Por lo demás, en el fondo,
¿quién de nosotres podría decir que, más allá de la práctica sexual en sí,
nunca jamás amó de alguna extrañísima manera?





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