"Estar bien es leer Dostoievski
echado en la cama en un departamento bien alto de cuyo balcón francés ingresa
el sonar de la bocina de una locomotora de tren. El aroma a café que inunda el
ambiente, migajas de galletas sobre la mesa, un ventilador suave que aligera el
aire. No hace calor ni frío, templadamente transita la tarde. Estar bien es
poder escribir estas líneas que escribo diciendo esto que digo. Porque
significa que lo puedo ver y sentir, tomar y apreciar. Y esto último es estar
bien.
Estar bien es conversar con
unos amigos y tener un plan. Para estar bien hace falta gestar un plan. No debe
ser la gran cosa tampoco. Pero sí un plan, algo contingente y liviano, abierto
a una posible transformación. Juntarse a comer un asado, ver una pelea de boxeo
(tanto mejor si alguien de alguna manera conoce al peleador personalmente),
charlar. Tener un plan y, luego, vivirlo. Ponerle el cuerpo al plan. Disfrutar
la carne y sentir el vino. Preocuparse, entusiasmarse o entristecerse por la
pelea de box, según sea el caso. Algunos fumarán cigarros, otros tomarán café.
Luego saldremos a caminar por alguna zona donde haya desconocidos.
Estar bien es que el plan
contenga deseo sexual. No hay ningún buen plan que no contenga como más no sea
indirectamente algo de esto. Coronar un buen plan implica aceptar que no todo
plan está completo. Que hay cosas que no están en el plan. Y allí entra lo
femenino. Lo femenino no está en el plan sino como el suplemento del plan. Es
íntimo y ajeno al plan. Es “éxtimo” al plan mismo. Estar bien es ir a algún
confín donde haya varias señoritas con planes y deseos suplementarios.
Estar bien y estar allí,
rodeado de muchachitas bellas, graciosas, alegres, contentas. Y estar contento,
alegre, bello, gracioso uno también. Estar bien es tomar la palabra y romper la
distancia metiéndonos de lleno en lo que del plan era misterio. Estar bien es
saborear ese error de existir. Puede que los hombres no seamos más que un error
de los Dioses.
Estar bien es disfrutar del
ritmo, del agite, de la marea mundana, del roce, del ajetreo. Estar bien es que
eso cese dando lugar a un tiempo nuevo, de calma, de no agitación ni frenesí. Transcender
el éxtasis exige cierto éxtasis. Las orillas no serían tales sin la tempestad
violenta que nos arrebató cuando navegábamos. Nada sería ese fino rayo de sol
blanco que acaricia nuestro rostro sin los negros nubarrones que amenazaron con
comerse para siempre al celeste mar de las alturas. Estar bien es respetar esta
tensión polar de los tiempos que se alternan.
Estar bien es elegir no oír el
tembladeral de pensamientos que se amontonan en nuestra psique cuando estamos -
para decirlo llanamente - al pedo. No dejarse llevar por esa montaña de estiércol
insensata que nos pretende su esclavo, que nos seduce con acciones que de
realizarse nos traerían felicidad. Los budistas hablaban de cerrar los ojos un
poco y de abandonar el deseo, ese vil rastrero que nos balancea estultos de
zanahoria en zanahoria. Ellos hablaban del despertar. Quizá despertar a otro
orden del deseo, a un orden deseante no regido por la voracidad infernal de la
ambición impúdica que no nos deja estar bien. Despertar a que el deseo yace en
acto allí donde la locomotora nos saluda, donde el café nos acompaña, donde
escribir es estar bien. Ambición impúdica es querer entramparse yendo en pos de
lo irreal que no está aquí junto a nosotros en nuestro estar en el mundo.
Estar bien es bostezar relajados,
como aceptando cierto límite. Decidir no tener que ir hasta allí, cuando
sinceramente nuestro cuerpo yace aquí sano, plácido, bienaventurado. Estar bien
es silenciar esa tonta sensación de estar perdiéndose de algo mucho más
importante. Es aceptar que se está donde se está, que se es quien se es.
De algún modo, no hay
bienestar sin duelos."
Febrero de 2013.
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