"Ya sea en las familias bien constituidas, en las escuelas tristes,
en las escuelas dominicales y en las de los otros días de la
semana, o en los cenáculos de vejestorios condecorados, las
heridas de guerra ya fastidiaron bastante nuestros olvidos con
frases del estilo: “Ya lo verán, el mundo evoluciona. Principalmente
después de las guerras. Y ustedes evolucionarán con él…
Sin choques, sin violencias, todo evoluciona… El progreso…”.
Pues bien, hoy podemos imaginar ese progreso.
Después de
la guerra, y algunos años de lo que los manuales de historia
denominarán paz, la evolución marchó a pasos de gigante.
Dejemos que otros se ocupen de la tecnología (bombas ató-
micas, aviones jet, televisión, iluminación indirecta de las iglesias,
etc.) y volvámonos hacia los progresos morales, intelectuales,
culturales, sobre “el espíritu”, en resumen. Hay que confesar
que hubo una bizarra evolución. Antaño, reinaba la más
grave grosería, y toda palabra podía ser adivinada de antemano
merced a una rápida mirada al uniforme, a los guantes, a la
gorra del poseedor de la boca anunciadora.
Cuando un cura
encontraba a otro cura, se podía apostar que se contarían uno
al otro historias de curas, y cuando un militar manejaba su
pena a lo Gringoire, se podía estar seguro de que el resultado
sería un artículo sobre la necesidad de una buena y bonita guerra
que sacudiera a los jóvenes de su torpor. Hitler no escondía
su odio por los judíos y Chamberlain proclamaba en todas partes
su amor por los paraguas, mientras que el Papa no cesaba
de elogiar a su compañero Mussolini.
Candide era fascista, L’Humanité stalinista y La Croix, una
cruz. Existía incluso una derecha que estaba orgullosa de ser
derecha y de colaborar, llegado el caso, con los stalinistas para
golpear a la “izquierda” que luchaba en España.
Hoy se acabaron
las etiquetas, y si se lo busca bien no se encuentra ni siquiera
un gato que ose maullar para mostrar su naturaleza gatuna.
El viejo y amable hábito de los canas de civil prolifera. Debe ser
la guerra la que tan bien los aconsejó a todos. Comprendieron
que para llegar a algo (algo asqueroso, evidentemente) es preciso entreverar las cartas, invertir los papeles, decir lo contrario,
mezclar los tantos. Los monjes, creyendo desmentir la ridícula
“sabiduría de las naciones”, rechazan la sotana y bajo falsas
vestiduras se camuflan cuidadosamente y se colocan una máscara.
Ya no se presenta el rostro desnudo, la mentira se ha convertido
en la mejor arma de propaganda y los “falsos” siembran
la confusión, gracias a su falsedad, alcanzando, así, su
objetivo (siempre el mismo) con mucha más seguridad.
¿Los obreros? Nunca se sabe: tal vez sean curas camuflados.
La gran ambición de los curas es celebrar misas clandestinas
en los sanitarios: sin duda ganarán así más fácilmente el reino
de los cielos. ¿Y qué decir del camuflaje de los diarios, de las
obras de teatro, de las películas de curas? Se ven muchachas
desnudas, se leen historias pornográficas y, por su intermedio,
se llega sin dificultad a la conclusión de que –idéntico a las
imbecilidades evangélicas– se ha vuelto más digestivo. Es lo
que se llama “dorar la píldora”. Y el Papa habla libremente del
amor, da consejos sexuales, como el primer psicoanalista americano,
olvidando sus propias aventuras con muchachos cuando
todavía era aspirante al trono.
¿La derecha? No existe. ¿Ustedes conocen reaccionarios?
De Gaulle es socialista. Herriot un gran revolucionario, Truman
apóstol de la reforma social y todos hablan de la paz. Allá se
juntan con los otros “grandes sublevados”, los stalinistas, que
también trabajan por la paz, protegen las libertades individuales,
la justicia colectiva y… la creación artística. Diarios que
no pertenecen a nadie son dirigidos por los stalinistas o por
sus hermanos en la ignominia, los atlánticos, pero esos diarios
son todos libres y de tendencia izquierdista porque no pertenecen
a nadie.
¿Quién rumorea que los negros eran linchados en los Estados
Unidos de la libre América? Vienen negros a asegurarnos
que se trata de rumores malévolos. ¿Quién rumorea que en las
democracias libres del Este europeo inocentes son condenados
a muerte? Los propios acusados nos aseguran que son culpables.
¿Quién rumorea que los pueblos de España, de Grecia o
de la Argentina mueren bajo regímenes dignos de Hitler y de
Stalin? Hay documentos que nos aseguran que se trata de regí-
menes más que “democráticos”. Evolución en todos los lugares. Los falsos son estimados y
para poder expresarse, en la prensa u otras partes, se es obligado
a permanecer extraño a las ideas que se manipulan olvidando
sus propias creencias. Los excrementos fétidos de un Dalí
son desnudados porque se trata de falsos, mientras que un gran
pintor como Toyen vio cerrarse para él las puertas de una galería
porque, según le dijeron en lo substancial, “usted es un verdadero
surrealista, y sólo los falsos nos interesan”.
La cultura
evoluciona, la prensa se encarga de eso: todo lo que es verdadero,
sincero, es desterrado, todo lo que no adula a todo el mundo,
al burgués y al cura, es malo.
Incluso el amor no osa ya decir su nombre, y las asquerosas
aventuras de ricachones, putas en vestidos de noche, príncipes y
actores empolvados se convierten en el exutorio de aquellos que
deberían comenzar por amar, a fin de poder escupir sobre la descomposición
del orden. En síntesis, solamente los pederastas, y
al frente de ellos Cocteau, su prima-cocotte, serán bien vistos, no
solamente por sus cofrades, sino también por los bien-pensantes,
tipo Sartre, que, por exceso de pantomima, pisotean la libertad.
Los sublevados siguen a Camus, hablan de la revuelta, la
analizan, la disecan, y acaban por enterrarla (conscientemente
o no) bajo su escalpelo. Todos esos batracios modelan las ideas,
las palabras a su imagen y esas ideas, esas palabras en sus manos
se vuelven monstruosidades, callejones sin salida, vacíos.
Ellos esperan, así, que toda fuerza explosiva deserte de los grandes
relámpagos.
Pero no porque Camus viole la palabra “revuelta”, la revuelta
le pertenece. La revuelta somos nosotros, y la revuelta
no sufre contactos impuros, sigue siendo la revuelta. El amor
somos nosotros, y todos los Jean Cocteau del mundo no mancharán
el amor. Seguiremos amando y rebelándonos y dejaremos
que los perros ladren. Así, forjaremos corrientes que los
mantendrán sólidamente presos en sus fétidas perreras.
Y siempre sabremos reconocer a un padre y a un militar y a
un político y a un falso pintor y a un falso pacifista, cualquiera
sea el aspecto bajo el que se presente. Destruiremos su camuflaje
y le diremos: te abofeteo porque soy libertario, porque soy
surrealista, porque soy libre. Y clamaremos lo que somos sin
escondernos detrás de manos transparentes.Y les diremos lo mismo a los profesores escrofulosos y declararemos
las profecías de los vejestorios buenas para los animales
domésticos, y su evolución se desinflará como un globo,
con el ruido de un pedo liberador."
Adonis Kyrou, Le Libertaire, 30 de mayo de 1952
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