Las calles de Floresta se habían inundado, así que aunque
suene medio raro, me puse a nadar. Nadé como quince minutos. Fui desde
Francisco de Bilbao al 3500 todo derechito por Mariano Acosta hasta Rivadavia.
No conocía esa zona, así que entre manotazo y bocanada, pispié. Vi que vendían
mucho inodoro nuevo. “Deben cagar varias veces al día estos porteños” pensé en
mis adentros. Esquivando anguilas y pejerreyes, choqué con tremenda estructura
metálica que parecía submarino. Se trataba de Pelamis, la máquina portuguesa que tiene forma de enorme serpiente
colorada y que genera electricidad a partir de los oleajes. Me resultó
exagerado eso en una Capital inundada. Es cosa que uno más bien podría ver en océano,
no en barrio porteño.
El tren estaba descontrolado intentando aparearse
con la serpiente. Miraba todo ya, a esta altura, desde un balcón vacío en el
que luego iba a aparecer señora vecina, cuarentona sexy de caderas ardientes. En
realidad, el Sarmiento había descarrilado y era esa la sensación: que se quería
coger a la serpiente. Tanto como yo a la vecinita. Terminé de instalarle
internet en la terraza (de eso trabajo) y volví a la inundación callejera. Cuerpos
lodo, cuerpos arena, cuerpos y más cuerpos como células de un organismo anónimo.
Surfeadores vespertinos de mierda y loza. Nadadores de lo profundo del Bajo
Flores. Conectando gente para desconectar personas, iba. Por eso me pagan.
Llego al lugar, enciendo el módem y desenchufo al sujeto que pasa a ser tragado
por una vorágine de imágenes aturdidoras que ya no lo dejarán ni pensar.
“No sirvo para manejarme en la tierra” pensé. Lo
mío es lo acuoso, me di cuenta. En tiempos líquidos donde por dos mangos te
liquidan (todo menos el sueldo), quizá no esté tan mal ser una mojarrita, un
pez gordo no, en todo caso, una serpiente marina. Dicen que tiene la cola como un
remo. Y que tiene un veneno muy poderoso. De mí no sé qué dice, ni tampoco me
interesa.
Esperé largo rato en un techo ajeno, creo que era
el barrio de Boedo y en un momento ya no esperé más. Volví a retomar Rivadavia a
nado: un poco de crol, un poco de espalda y finalmente mariposa. Más o menos a
la altura de Caballito frené un drone
de la empresa Übermensch que fabrica
celulares invisibles, autos a control remoto de un tamaño para adultos, plomeros
de goma espuma, amas de casa robot y prostitutas a pila. Ah, cierto. Y también
drones. Son un tipo especial de aparato volátil que te engancha por la
espalda con un garfio de goma dura que no se rompe con nada. A esa hora ya tenía
que ir a la casa del pibito que juega con el diábolo. El diablo de dos palos y
no de dos cuernos (a este último no lo vimos más desde aquella vez en Cromañón).
Habré sobrevolado la Capital inundada hasta llegar
al oeste muerto donde ya no quedan ni las ratas después del conflicto civil
entre distintas facciones que se disputaban en poder, allá por 2044. El poder
de la vida, desde que se descubrió en San Justo la máquina de hacer pendejos. Una
cosa rarísima la que inventó Don Rafael, queriendo discutir con las feministas
sobre el aborto un día dijo: “Ah, con que quieren interrumpir el embarazo.
Entonces yo me pongo a continuar la especie.” Y armó algo así como una cosa de
hacer clones. Pero en realidad no son del todo clones, son humanos nuevos. No
tienen exactamente el mismo ADN que otros ya existentes. Hace como una
fertilización, qué carajo sé yo de todo eso.
Cuando llegué a Castelar, el Tito ya estaba
comiendo gelatina canábica hacía un rato largo. Se legalizó en 2030, lector. Usted
sí que no sabe nada. Y el aborto se legalizó en 2022. El día que fusilaron a
Macri en Plaza de Mayo, ¿no lo recuerda? Pfff cómo alguien se puede olvidar de
esas cosas… Si hasta recuerdo el olor a choripán ingresando lentamente en mis
orificios nasales, al ritmo de la marcha peronista y el grito de la multitud
diciendo: “¡Muerte al traidor, muerte al gato!”. Su fortuna se utilizó para
indemnizar a las familias que peor la pasaron en la crisis que fomentó adrede
su nefasto gobierno.
Tito era famoso en el barrio, por quemar el
locutorio de mierda para el que trabajó de manera capitalista y explotadora una
década y media. Desde ese día, el Socialismo Punk del Oeste lo respetaba como
un tipo con el que no se jode. Lo hicieron pasar al frente en aquella X Jornada
de Anarco-jóvenes por un Antifuturo nacional y popular y le pidieron que dijera
algunas palabras, en especial para los más jóvenes, les chiquilles de 12 o 13
años que ya empezaban con su pañuelo verde cubriéndoles la mitad del rostro a
empuñar la AK-47 con una destreza presta para la lucha de liberación psíquica
contra el Imperio Anodino de Domingos Eternos Frente al Rey Netflix.
No fue fácil conversar aquella tarde con Tito
porque tenía colchón nuevo. Y cuando cambia el colchón se pone en modo
pelotudo. Salta, lo huele, duerme, coge con cualquiera, se engolosina. Está bien,
lector, es cierto. Los colchones de la empresa Manaos (que quebró haciendo gaseosas porque saltó la ficha que eran de pis
de rata) son una exquisitez. En el caso de que usted sea un varón cis o una
hembra les (?), puede adquirir el modelo Vaginatis 22MPSS que viene con una
imitación de la vagina femenina en el centro, para las noches de ardor
solitario. Hay otros modelos que vienen con lenguas, rectos para ser penetrados
y penes de distintos tamaños. El colchón Hermafroditis 7000 es uno de sus favoritos.
Pero no le dio la guita, así que se compró un hetero de una plaza y media…

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