No
se sabe con exactitud qué día comenzaron los actos de vandalismo. Solamente
comenzaron a suceder. Primero en una Farmacia, luego en un Banco, más tarde en
una Panadería, después en un Geriátrico y, finalmente, por todos lados. En esa
época, la Ciudad no estaba plagada de cámaras de seguridad como hoy en día, que
existen tanto privadas como municipales. Tampoco eran habituales las garitas,
ni los serenos. Apenas la propia policía merodeaba cansinamente las calles del
barrio, con una patrulla destartalada manejada por un gordo suboficial
apellidado Salvatierra.
“Pitufo”
Giménez era el Comisario de la zona de Villa Estridencia. Manejaba todos los
negocios paralelos que le son dados a un señor en su rol: prostíbulos, narcotráfico,
trapitos, bolicheros, casas de cambio
ilegales, etc. Hacía dos meses que se había recuperado milagrosamente de un cáncer
de testículos que lo tuvo cagado hasta las patas y a maltraer un año y medio. Pero
ahora, este vandalismo imprevisto -estos piromaníacos disidentes, estas lauchas
criminales irracionales- era el nuevo tumor de la sociedad. Y el Intendente
Mariano Valverde no paraba de hacérselo saber. Tanto él como el Gobernador de
la Provincia de Quimeras y su respectivo Ministro de Seguridad quienes, a su
vez, recibían presiones directas de la mismísima Presidenta de la República
Occidental de la Conformidad.
-
¡Cómo
carajo puede ser que en un pueblucho de mala muerte como el nuestro se esté
armando tanto alboroto y no podamos apagar este incendio!
-
Estamos
trabajando en eso, Marianito. Quedate tranquilo que en cuestión de días ya
vamos a tener identificados a estos peleles y, muerto el perro, se acabó la
rabia.
-
¿Pero
vos sos pelotudo? ¡Horas, no días! Resolvé esto ya, Giménez o te prometo que no
te salva ni la madre tierra...
-
Quédese
tranquilito, don Mariano. Yo estuve en la guerra del 66, allá en el Sur, y le
juro que estos pendejos no saben con quién se metieron. No me gané este puesto
jugando al truco y comiendo medialunas. Ya mismo voy a armar una brigada anti-vandalismo
especial, una elite de gente preparadísima para la victoria. Inteligentes
hombres de logística y acción.
Esa
tarde, Giménez salió del despacho del Intendente con más desorientación y
julepe que con ideas claras. Lo de la brigada era todo chamuyo. Le faltaba
poquito para jubilarse. No quería que lo rajaran antes de hora. Además, su
carrera había sido impecable. Flor de botón. Participó activamente en todas las
dictaduras, estuvo metido en atentados terroristas, con lo cual no podía ser
que existiera alguien a quien tenerle más miedo que a sí mismo. Él era el
Hombre a temer en el condado, pero con estos episodios subversivos e
inexplicables, estaba quedando como un tremendo logi.
***
Los
grafiteros y skaters de antes, ahora se habían convertido en free stylers que se juntaban a batallar
como gallitos en el medio de cualquier placita. La Plaza Serpiente Negra era la
favorita de Mauro “El canario” Ortiz y de Marcelito “El narigón” Ojeda, no sólo
para rapear y tomar cerveza barata, sino también para fumar y vender sus flores.
-
Dale,
guacha, empezá vos ahora- agitaba el negrito Paulo.
-
Bueno,
ahí va- respondió la rusita Belén.- Esta es para vos, gil…
Negrito,
pito virgen, cabeza de chocolate
A
ver si te diriges directo hacia el remate
No
te olvides que los blancos no se bancan a los niggas
Y
vos para esta paloma sos como un cacho de miga
Y
a eso, respondía Paulo:
Mirá,
blanquita loca, vos no te hagas la pro-aborto
Te
vimos el otro día sacudiendo bien el orto
Ahora
con los pibes vos te haces la distraída
Pero
yo sé que en el fondo querés “salvar las dos vidas”
Al
terminar cada lúcido o mediocre recitado, el resto de los allí concurrentes –habituales
u ocasionales- aplaudía y ovacionaba más a alguno de los dos, según lo que su
preferencia le dictara.
Una
de esas reiteradas y monótonas tardecillas hiphoperas,
Canario y Narigón secretearon largo rato bajo el sauce del linyera. Se reían a
lo lejos, se ponían serios. Hacían gestos rarísimos con las manos y ponían caras
misteriosas. Mucho enigma en esos desposeídos, en esos atorrantes bohemios que
habían abandonado el secundario sin terminarlo y que yiraban como perros
callejeros el día entero en busca de un hueso amigo. Melisa observaba todo,
detrás de sus anteojos rojos que combinaban con las lágrimas del mismo color tatuadas
en su carita de ángel maldito. Ella tenía diecisiete años, pero no era ninguna
gila. No sólo porque se la pasaba tomando pastillas de cualquier índole con tal
de flashear, sino además porque provenía
de una familia de militantes de centroizquierda. Sus abuelos, sus tíos, sus
viejos eran gente de convicciones fuertes y de una ideología prominente, trabajadora,
popular y nacional. Detrás de su aspecto hípster, habitaba una subjetividad mucho
menos conformista y careta. La gentrificación de Villa Estridencia hizo que se
tuviera que ir a vivir con su familia al barrio de al lado, San Receloso, pero
eso nunca impidió que durante las tardes volviera a Plaza Serpiente Negra para
verse con sus amigos y con sus ex compañeros del colegio.
-
¿Qué
traman?
-
Tomatelá,
amiga. Vos no tenés que saber nada de todo esto.
-
Dale,
pelotudo. No soy ninguna idiota. ¡Zum
Teufel mit dem Chef!
-
Uff…
Mauro
“El canario” Ortiz y Marcelito “El narigón” Ojeda, luego de pensar un rato
largo y de hacerse los interesantes con el asunto, decidieron contarle el plan
que tenían en mente a Melisa.
-
Bueno,
mirá. Estamos planificando ir haciendo mierda todo poco a poco. ¿Entendés? Ya empezamos
por algunos lugares, como habrás visto, con ayuda de otres pibas y pibes. Pero ahora
queremos pudrirla del todo. Estamos podridos del capitalismo, del femicidio y
de la colonización. No queremos vivir más en Conformidad. Queremos desatar la
hecatombe. No creemos más en nadie ni en nada. Llegamos a un punto ultimísimo
de hartazgo. Esto se termina acá. Sin embargo, no queremos que la destrucción deje de ser un hecho
artístico.

No hay comentarios:
Publicar un comentario