Pociones del cielo anaranjado
Me propongo relatar un fragmento de existencia. Quizá tan sólo una semana, o menos que eso, un día de la vida de algún@. Por qué no unas breves horas… antes de morir. O el momento exacto donde su amado partió para jamás regresar. ¿Puede un sutil escombro de realidad ejemplificar el recorrido entero de esa subjetividad toda? Acaso sí, acaso no. No estoy aquí para confirmar especulaciones sagradas, ni para desplegar conjeturas imposibles. Tal vez sea más divertido – y enriquecedor – narrar sin metas, desde un lugar no teleológico, vagar errante por las líneas que se ofrezcan, pero sin perder ese mínimo y primer eje; decir sobre un sujeto. Apelar a la memoria, cuál será nuestro método, inventar lo que nunca fue, mezclar vivencia con fantasía, articular pasado/derrotado con futuro/prometedor. O enunciar el presente, seco. Opaco, casi mudo, vacío, silente, lento. Relatar algo que está por suceder en alguna parte o en ninguna más que en nuestra imaginación infinita. O describir lo que va siendo en acto, a medida que un protagonista elige por dónde irán sus pasos, sigilosos pasos de homicida, crueles muecas de psicópata, desanimados pensamientos de enamorado, ilusiones rosas e infatigables de niñita amante.
Todo esto es una basura. No es más que un agónico preámbulo de un escritor cadavérico. Que, en verdad, ya ha empezado a hablar de sí mismo, de su intencionalidad, de sus trabas intelectuales, de sus falsas preocupaciones por abordar seriamente un tema. Soliloquio masturbador que reproduce goce mental, peligrando al lector líquido. Liquidez detestable la de hoy día, prostibular e incestuosa, donde los escritores parecen bacantes y la Literatura su gran ramera. ¿Qué más da? Si a fin de cuentas, en el tormento de la lengua estamos todos y queremos parir-nos, aflojarnos de ese bicho afectivo que nos corroe. Escribir supone un ejercicio de auto-nacimiento. De rememoración, trabajo psíquico de duelo-pérdida de algún yo pútrido, que necesitamos desahogar, dado que lo creemos vetusto objeto presto para ser arrojado al tacho de residuos inservibles. Mantenerlo es demasiado costoso y corremos el riesgo de volvernos esquizoides (como si no lo fuésemos un poco, por cierto).
Recuerdo un sueño. Será este un primer material para descomprimir las ganas. Plena Avenida del conurbano, antigua morada de los vagos juveniles, y en el centro dos luchadores marciales libran terca batalla, innecesaria, por puro prestigio y agresividad, con armas orientales. Ninguno cree que el otro será capaz de… hasta que un tercero se vuelve valiente y lo hace. Sangre, no mucha. Un poco. Lo suficiente para que el soñante se angustie. Muerte, ¿deseo? ¡Por qué desear que alguien muera! Opino que lo que fallece es ese EGO del que hablé hace un rato. La propia violencia dirigida contra sí misma, termina por matarla, y deviene no-violencia, paz, pacto de palabra, crecimiento humano, ético, crítico. Asesinar al nene caprichoso que se lo buscó implica toda una lección. Tener coraje para ir por la vía de la Ley que involucra hablar de las cosas, evitando la acción directa.
Entre. Nuestra vida transcurre mucho tiempo así. Ir de vereda en vereda, cruzando tarados con carritos de bebes, cirujas, perros sueltos, qué hacer al caminar. Ir tranquilo – lo que más cuesta. Patrulleros vigilantes detienen sospechosos vagabundos. Las señoras del barrio se amurallan tras las rejas, los alambres electrificados. Nadie voto a Macri pero a la vez sabemos que lo votaron todos. Mi barrio es bastante burgués y superficial. Predomina esa necesidad de sentirse superior al resto, “a la gente”. Soy de la república separatista de Ramos Mejía, esa parcela matancera neoliberal y derechosa. Por ahí debe de andar algún peronista olvidado. El kirchnerismo es mala palabra. Corruptos, ladrones, lo peor de lo peor. Yo soy K. No tengo vergüenza ni miedo en decirlo. Sucede que no miro TN [todo negativo], ni leo Clarín, por que miente. Provengo de una familia trabajadora, hijo de padre periodista, gran lector, hincha del Ciclón, amante del asado y el buen vino. Un tipo abierto a lo desconocido, que me enseñó a pensar críticamente, a ver las cosas en toda su complejidad, sin creerse el amo absoluto de la verdad y preñado de un buen humor envidiable. Madre ama de casa, uruguaya, devenida empleada doméstica a consecuencia de la crisis social del 2001. Una persona fuerte, tenaz, incondicional, pero a la vez terca, obstinada, demandante. Pese a su origen socioeconómico, una mujer más bien conservadora. Por momentos, de mucho silencio acerca de su pasado, como si ocultara algún secreto desagradable sobre sí o sobre los suyos. Dificultades para elaborar lo que pasó. Un hombre, en cambio, más apostador e inteligente. No sin sus defectos, desde luego, sin sus faltas/fallas. Tampoco el inicio de siglo fue fácil para él. Se deprimió a su manera, estando molesto durante una década, hasta que logró revertir esa satisfacción pulsional en la que uno puede caer ante los imponderables de la existencia.
Acróbata mujer treintañera. Al ritmo de mi acústica improvisación, seduce miradas ocasionales trepando una tela. Su cuerpo es un vaivén zigzagueante, nauseabundo y sensual, que se acompasa al sonar de este arpegio ancestral donde cada maravillosa nota golpea en su lomo y la hace gemir de resonancias. Languidece el deseo si no media una comunicación mínima, no ideal sino profunda, no de carácter metafísico, trascendente o ni siquiera dialéctico, intenso, poderoso, corporal, terrenal, materialista. Es por eso que, estoy convencido, es muy importante que antes de desplegar nuestro acting, transitemos algo – un esbozo – de intimidad. Charla y sexo. Cenas, pláticas y cogidas. Las marabuntas del terror son hormigas enemigas que acechan por lo bajo del yo consciente. Reaparecen en dolores y problemas, como termitas dérmicas que estropean el torrente del placer. Sé que trabajan duro por complicarme el acto. Hablan a mis espaldas, caminan por mis venas y a veces salen a la superficie (durante las noches de mayor cansancio). No estoy muy seguro de su color, si es gris o azul. Sólo sé que aunque parezcan diminutas, en la dimensión paralela son ingentes, cual montañas de la mismísima cordillera. Me pregunto si esta joven de Castelar que ahora vive en Constitución – barrio nocturnamente infernal -, no será tan sólo una de estas. O su Reina. ¿Y yo mismo no seré también un pobre diablo o, mejor, un Diablo pobre? Un demonio decaído, arrastrado entre afantasmados caminantes taciturnos, de poca valía, mañoso pero febril, impúdico aunque impedido.
La Matanza. Setiembtre MMXVII
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