lunes, 31 de enero de 2022

Venganza conurbana

 


DÍA 1

Mira la lluvia desde la ventana de su casa añeja. Esa que le dejaron los padres en San Martín. Es de noche y, luego de un sofocante ardor estival de varios días, por fin el agua refresca el asfalto quebradizo de un conurbano melancólico y febril.

Ve pasar los autos al ritmo de un porro de flores. De fondo suena Robben Ford que revienta a palos una SG de la hostia, roja y americana, al mejor estilo Angus Young. Piensa que aún es joven y que le quedan varias balas en la 22. En el auto todavía hay nafta y, en su pecho, altas ganas de reventar a los gatos del barrio 31. En particular, piensa en el sorete de Carlitos: el hijo de puta que violó y mató a su hermana.  

Pero sabe que la venganza es un plato que se desayuna al dente. Es decir, que se come en el momento exacto, justo unas milésimas de segundo antes de que todo hierva y explote por los cielos. Ahí, justamente ahí, es cuando se la va a dar bien dada. O sea, mejor esperar a la próxima entrega de falopa y, de paso cañazo, llevarse la merluza, cargarse al Pichi, al Juani y a toda la manga de hijos de mil putas que mataron a sus viejos.

Se levanta de la silla, va hasta el cajón de un mueble del comedor y revisa su revolver. Cuenta una pilita de dólares. Necesita comprar un par de fierros mucho mejores que la poronga que le dejó el tío Emanuel. No tiene miedo. Solamente siente un poco de tristeza por no poder contarle lo que va a hacer a su melliza. Por no poder traerle los testículos arrancados de la excrecencia humana de Carlitos. ¡Sí, precisamente Carlitos! ¡Quién iba a decir que su ex novio iba a maltratarla de ese modo tan inhumano, salvaje y bestial! ¿Por qué partirle la cara a martillazos a la mujer que dijiste amar, a la hermana de tu mejor amigo de la infancia, a la chica que te entregó su virginidad creyendo que ibas a ser el hombre de su vida y para toda su vida?

Ya no hay tiempo para más preguntas. Mañana es la movida de la coca y él esperó este momento mucho tiempo. O, quizá, no fue tanto tiempo pero para él resultó interminable. Qué importa ya si fueron años, meses, semanas o días. Tal vez, inclusive, puede que no hayan pasado más que algunas horas o, por qué no, hasta es probable que la sangre y los cuerpos de su mamá, de su papá y de su hermana todavía estén frescos y calentitos, desparramados en el piso de ese mismo comedor, descuartizados o no, con caras de agonía o no. Hasta puede que Carlitos jamás haya existido y no sea más que el producto de una imaginación enferma que encubrió delirantemente, alucinatoriamente el crimen más furibundo e infernal que el barrio haya visto en años, cuando no en siglos.

Eso quisiera creer, a veces, que es un psicótico que todo lo soñó, que en verdad quien mató y violó y volvió a matar fue él, en un rapto demencial de locura infinita. Pero no. Él jamás les haría semejante daño a las personas que más amó en su vida, después de Anabella.

¿Por qué pensar en su ex justo ahora? Mal momento para traerla a colación. Mejor pensar en todo el odio, en toda la rabia, en toda la furia que va a ser necesario tener cuando su destino marque que la hora de vengarse ha llegado. Ya para entonces, tendrá encima un par de litros de alcohol, algo de faso paraguayo y, quizá, una escopeta recortada.

Abel sacude su cabeza luego de mojarla en la ducha cinco minutos. Maquina un plan, piensa en llamar al Cabezón pero cree que sería un error meterlo en todo esto. Maldice el día en que eligió hacerse chorro unos meses para salir de caño con los malculiados del barrio 31. Maldice el puto día en que dejó tirado a Pepe, el primo de Carlitos, y lo reventó la yuta de un par de cuetazos en el pecho. Recontra putea el ortiva día y el jodido minuto en que decidió quedarse con toda la torta y que los demás la vieran en figuritas.

Echa de menos el tiempo en que se la pasaba culeando con Anabella al ritmo de Los piojos en Ituzaingó. Extraña sus chupadas de pija, su entregarle el orto sin miramientos. Chuparle la concha y acariciarle las tetas hasta hacerla terminar en una banda de placer. Echa de menos ese laburo de mierda en el cíber de Liniers que le consiguió su amigo Tito. Por lo menos, no había riesgo de muerte, solamente morir de embole. Pero eso es una metáfora. Acá, en la calle de caño re zarpado se muere posta. No es para imbéciles. Ni para tibios. O matás o morís. Y si no te mata la poli, te mejicanean algunos giles y la cagaste.

No tiene miedo pero siente adrenalina o algo parecido. Quizá sea angustia. El vértigo nauseabundo del inminente asesino que, corrompido por la viciosa plaga de la vindicta, acude al fatal encuentro con su objetivo existencial. Ese del que se retorna heroicamente nuevo y satisfecho… o moralmente destruido y con las patas pa´ adelante.          

 

 


DÍA 2

El barro de las calles matanceras le llega casi hasta la rodilla. Intenta ocultarse tras unos árboles medio caídos por la tormenta. Observa desde lejos a la banda de criminales a quienes se las tiene jurada. Están por hacer un negocio de drogas con una gente de Virrey del Pino. En realidad, son unos narcos de Mataderos pero que salen de Capital Federal para manejarse más sueltamente. En CABA los tienen muy junados y de hacer este tipo de transacciones allá, deberían dejarle un 30% al comisario de la 42a.

Finalmente, en lo de Ignacio Raspanti consiguió dos pistolas automáticas de las mejores: 9mm, livianas, limadas e impecables. También rescató un chaleco antibalas y unas gafas anti-esquirlas bien chetas. Por último, una granada de mano por si algún disparo no diera en el blanco.

Son aproximadamente las ocho PM. Hay pocos coches en la calle. Se cortó la luz en un par de cuadras de la zona pero no donde se hará la transa. Se siente confiado. Cree que es una síntesis de Arnold Schwarzenegger con Sylvester Stallone. Recuerda esas películas de los noventa en las que caían solamente “los malos” y en donde “los buenos” no recibían ni un rasguño. Sabe que esto no será así pero está dispuesto a perder una mano o una pierna con tal de ver concretada su Justicia terrenal personal amasijando a estas lacras inmundas.

Ve llegar una camioneta negra con una gigantesca calcomanía en el vidrio de atrás que entremezcla una “L” gótica con una “P” cursiva mayúsculas. Es el símbolo de “La Parroquia” como se conocía en aquella época a la banda de Carlitos. Les quedó ese nombre porque se juntaban de pendejos en una iglesia de Retiro.

Siente su propia respiración y algunas gotas de sudor. El corazón bombea. Le tiemblan las rodillas y eso lo enoja. No se puede cagar ahora. Un retorcijón lo hace recular. Cagaría toda La Matanza si no fuera porque eso pondría en peligro su plan mortal. Atina a pelar la verga y echarse un meo, “total, ya se hizo de noche” piensa. Pero la guarda. Salieron más rápido de lo que supuso. Un error de cálculo en una secuencia así es echar todo a perder hasta vaya a saberse cuándo. Esta es su ocasión. Sabe que no la puede desperdiciar.

Entonces, antes de que la camioneta se ponga en marcha, avanza por la calle a pasos acelerados pero firmes desde atrás, con la imponencia sanguinaria de quien vino a quedarse con la presa. Se coloca a la izquierda del vehículo y alza ambas 9mm apuntando a las ventanas polarizadas. Dispara. Vacía los cartuchos y escucha que las puertas del lado derecho se abren. Retrocede, ve que se asoma una mano con una 45 y, entonces, se agacha. Tantea el bolsillo de la camperita buscando la granada. Quita la espoleta y la lanza hacia la mano sangrienta que se esfuma tras una cortina de fuego y humo atronador.

Algo aturdido (no tomó la distancia necesaria), con su pequeña 22 en la mano se aproxima hacia lo que queda de chatarra, huesos y tripas. Murieron Juani, el Pichi y el gordo Leo. Carlitos agoniza con la mitad de la cara destruida, sin dientes, con un ojo y una oreja menos. Oye que intenta decirle algo pero no se comprende nada. Son los balbuceos salivosos y ensangrentados de un muerto por llegar. Le quedarán, como mucho, cinco minutos de vida. Tiempo suficiente para bajarse los pantalones y llenarle la moribunda cara de mierda. De paso lo mea. Lo patea en el estómago cuatro o cinco veces. Introduce su pistola en el agujero del ojo faltante. Los gritos de dolor de Carlitos son terribles pero no lo hacen frenar ni detenerse. Al contrario: lo excitan. Apura una paja y le acaba en la boca. Con largas gotas de semen en los labios, Carlitos muere.

Ahora sí puede irse. En la esquina lo espera el Cabezón en un Falcón hecho mierda de la década del 70. Si no fuera porque reventó a una manga de mafiosos violadores y asesinos, se sentiría un milico torturador hijo de yuta. Torturó, mató y se subió a un Ford Falcón. Pero no. No es un militar cagándose en los derechos humanos. Puede que sea un canalla, lo desconoce. Pero lo suyo responde a otras coordenadas. A otra lógica. Esto que había hecho no había sido el mal por el mal en sí. Era hacer el mal para que reine el bien. O, al menos, así lo pensaba.    

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